Cuando pensamos en un país, lo asociamos rápidamente a su bandera, su idioma y su moneda. Una divisa parece algo indispensable para que una nación funcione, gestionada por su banco central para regular la economía. En muchas crisis recientes, hemos señalado a los bancos como culpables, pero rara vez se apunta a los bancos centrales, que también jugaron su papel: fueron ellos quienes, bajando los tipos de interés a niveles mínimos, empujaron al crédito fácil y generalizado.
Si imaginamos un mundo sin bancos, probablemente deberíamos incluir en ese sueño la desaparición de los bancos centrales. Al fin y al cabo, suelen estar gestionados por personas elegidas a dedo por los políticos, lo cual no transmite mucha tranquilidad.
Y aunque parezca una idea sacada de un ensayo libertario, no hace falta irse a la ciencia ficción para encontrar ejemplos de países sin banco central. Andorra o Panamá son buenos casos. Este último, en particular, ha conseguido mantener una economía estable durante décadas sin necesidad de una autoridad monetaria propia.
Panamá no emite moneda. El país adoptó el dólar estadounidense como divisa oficial, y más recientemente ha planteado estudiar la introducción del euro como moneda complementaria. Al no poder imprimir su propio dinero, el país tiene que ganarse cada dólar produciendo y exportando bienes o servicios reales. Es decir, no puede financiarse «fabricando dinero». Este sistema recuerda, en cierta forma, al antiguo patrón oro. Y los resultados son curiosos: en los últimos 20 años, la inflación media ha rondado el 1 %, generalmente por debajo de la de Estados Unidos.
Además, Panamá ha sido una excepción en América Latina: no ha vivido crisis de divisa ni estallidos económicos desde su independencia en 1903. Su crecimiento ha sido constante hasta que la pandemia provocó un parón, como en casi todos los países. Aun así, su recuperación ha sido notable y rápida en comparación con otros vecinos de la región.
En el siglo XIX, como muchos países del continente, Panamá usaba monedas de oro y plata, y coexistía con billetes estadounidenses, que llegaron con la construcción del ferrocarril interoceánico en 1855. Aunque Panamá se independizó de España en 1821, formó parte de Colombia hasta su definitiva separación en 1903, con el respaldo de Estados Unidos, interesado en construir el canal.
Tras esa independencia, los panameños quisieron evitar errores del pasado como la imposición forzada de billetes colombianos. Por eso incluyeron en su Constitución de 1904 el artículo 114, que dice:
«No habrá ninguna divisa forzada en circulación en la República. Por lo tanto, cualquier persona podrá rechazar cualquier billete que no le parezca fiable.»
Con esta cláusula, Panamá se aseguraba de que el mercado decidiera qué moneda utilizar. Aunque al principio el dólar no era bien recibido y muchos preferían seguir usando el peso de plata, la ley de Gresham acabó imponiéndose, y las monedas de plata desaparecieron de la circulación.
En 1971, Panamá aprobó una ley bancaria que abrió por completo su sistema financiero, sin una autoridad nacional supervisora ni impuestos sobre los intereses o transacciones del sector bancario. Esto atrajo a entidades de todo el mundo: en poco más de una década, el número de bancos pasó de 23 a 125, la mayoría internacionales. Como el país tiene un sistema fiscal territorial, los beneficios obtenidos fuera del país no pagan impuestos, lo que convirtió a Panamá en un centro financiero global muy atractivo.
A diferencia de otros países de la región, Panamá no impone controles al movimiento de capitales. Así, cuando llegan fuertes entradas de dinero, los bancos lo prestan en el exterior, lo que evita desequilibrios internos como burbujas o picos de inflación.
El Estado panameño tampoco puede monetizar su déficit. Si necesita liquidez, debe recurrir al endeudamiento internacional. Y cuando intenta estimular la economía con dinero externo, los bancos suelen sacar ese exceso enviándolo al extranjero, equilibrando el sistema sin necesidad de una intervención oficial.
En Panamá, los bancos no emiten billetes y compiten entre sí, lo que hace que no puedan controlar la inflación como bloque. No existen pánicos bancarios generalizados, y cuando alguna entidad entra en problemas, otras más grandes suelen comprarla antes de que la situación se descontrole. No hay seguro de depósito ni prestamista de última instancia. Si un banco comete errores, lo asumen los accionistas. No hay rescates públicos.
Cuando llega una recesión, los bancos se ven obligados a ajustar el crédito por sí solos. No hay estímulos artificiales ni barra libre de liquidez. Eso hace que las crisis sean más cortas y vayan acompañadas de caídas de precios que facilitan la recuperación.
Panamá es un caso particular, eso está claro. No es extrapolable a cualquier país por su tamaño, su historia y, también, por su condición de paraíso fiscal, que le ha dado ciertas ventajas competitivas. Pero sigue siendo un experimento curioso que obliga a reflexionar sobre el papel real de los bancos centrales. Y ahora que medio mundo vive endeudado y dopado de dinero barato, resulta interesante ver cómo le irá a un país que, simplemente, no tiene impresora de billetes.
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