Estos últimos años hemos vivido uno de los periodos inflacionistas más importante de los últimos tiempos y aunque parezca mentira, a las empresas no les gusta subir el precio de sus productos porque saben que si lo hacen venderán menos, así y intentan hacerlo sin que nos enteremos, quizás el más conocido sea la reduflación que viene a ser reducir el producto manteniendo el precio.

¿Cómo subir los precios sin subir los precios?

Por ejemplo, una habitación de hotel puede costar lo mismo que hace un año, pero en muchos ya no incluye el servicio de limpieza diario. Ellos dicen que es por el medio ambiente pero todos sabemos por qué es. Algunos restaurantes pueden ofrecer un peor servicio reduciendo el número de camareros. En otros casos, directamente el tiempo en servirte el producto se retrasa en muchos meses, como ocurrió hace un par de años con algunos coches o las bicicletas Si tu quieres algo ahora y te lo dan dentro de un año, en el fondo te está costando más.

Las agencias gubernamentales de estadísticas intentan tener en cuenta los cambios en la calidad de los productos al calcular la inflación. Pero ese proceso, conocido como ajuste hedónico, se aplica más comúnmente a los objetos físicos y se utiliza en el cálculo de inflación especialmente en EE. UU. y en menor medida en Europa. Por ejemplo, si un televisor se encarece en un 10% y el televisor es exactamente el mismo, eso significaría que refleja una inflación del 10% pero si la calidad del televisor ha cambiado y estás pagando un 10% más de precio por un televisor un 20% más grande, entonces es más complicado: el precio más alto refleja una combinación de precios más altos y calidad más alta con lo que la subida de precio computada en el cálculo de la inflación podría ser de un 0% en este caso.

El problema lo tenemos en los servicios ya que los cambios de calidad  ahí son difíciles de medir.

Cuando hay escasez de mano de obra o de suministros, la mayoría de las empresas terminan rindiéndose y se ven obligadas a subir precios. Otras encuentran formas menos obvias y menos fáciles de medir para adaptarse. Imaginemos que te vas de vacaciones donde siempre y haciendo lo de siempre, te das cuenta de que el billete de avión te cuesta lo mismo, el hotel también pero el coche de alquiler ha subido un 5%. Piensas que la inflación no es para tanto.

Comienzas el viaje y te das cuenta de que en el avión han metido 4 filas más de asientos, no te dan el desayuno y te dejan en una terminal más alejada. Además sale a las 5 de la mañana con lo que tienes que ir en taxi. Has pasado de «clase turista» a «clase tercermundista» pagando lo mismo. Coges el coche de alquiler y es el de siempre, menos mal, aunque eso sí un 5% más caro. Es evidente, en un coche de alquiler no puedes quitar nada, no hay apenas servicio y el coche es el que es. Llegas al hotel y tras esperar más de lo normal te das cuenta de que ya no hay botecitos de champú y gel en el baño, que el desayuno son dos máquinas de café con bollería industrial y además la habitación no está tan limpia como siempre además este año no hay socorrista en la piscina. Cuesta lo mismo de siempre pero no es lo de siempre.

El problema aquí es que la inflación solo mide el incremento de precios del alquiler del coche pero sin duda tus vacaciones van a ser más caras y con un servicio peor.