Ayer leí la noticia de que en Ibiza los precios de la vivienda y de los alquileres son tan altos que se están quedando sin muchos profesionales necesarios para el funcionamiento de cualquier ciudad.

«Largas colas, retrasos en la gestión y la imposibilidad de hacer frente a las necesidades del servicio, son una constante que se va agravando día a día y que si no se resuelven nos llevará al colapso». Advierten los responsables de los servicios públicos básicos que garantizan el bienestar y la seguridad de la población en ámbitos fundamentales para el día a día: sanidad, defensa, administración pública, instituciones penitenciarias, policía, guardia civil, seguridad social, justicia, hacienda, extranjería, costas, meteorología investigación…

Realmente no es para tomárselo en broma y es un problema que llevan arrastrando en la isla durante varios años en donde muchos funcionarios han tenido que renunciar a su plaza ya que nos les llega para vivir.

Esto me ha recordado a un artículo que publicamos hace cinco años sobre la «paradoja de la riqueza» perfectamente aplicable a lo que ocurre en Ibiza.

Atrapados en un cohete construido a medida, los motores se encienden y el viaje al espacio comienza. El copiloto también lleva años soñando con con este viaje. Ha trabajado en el ejército como piloto de caza toda su vida por salarios de clase media, y tiene unos ahorros que son una pequeña fracción que los del más ilustre de los pasajeros. ¿Cómo será cuando llegue a Marte? ¿La gran disparidad de riqueza causará problemas porque el copiloto y el millonario de turno esperarán un nivel de vida diferente? Es fácil ver en este escenario que no las habrá. Una vez que dejen el planeta Tierra, sus diferencias de ingresos y riqueza acumulada no tendrán sentido. Todos en Marte serán económicamente iguales por la sencilla razón de que no habrá bienes o servicios para comprar.

La riqueza es una construcción social. No es posible que un individuo sea rico (es decir, que tiene mayor acceso, en relación con otras personas, a los bienes y servicios que la sociedad produce) si no hay sociedad que produzca bienes y servicios, en ese caso el concepto de riqueza no tiene sentido.

En los tiempos modernos, la riqueza depende de una sociedad funcional en la que todos los miembros tengan un nivel mínimo de bienestar y satisfacción vital, porque la mayor parte de la riqueza es de naturaleza contractual. Las personas ya no «poseen» la mayor parte de sus bienes como lo hacían en el pasado. En tiempos bíblicos cuando la riqueza se medía en acres de tierra, o sacos de grano, o cabezas de ganado, los ricos poseían sus bienes. Hoy en día, la propiedad de la tierra se concede mediante una escritura presentada en el registro, y pocas personas utilizan sus tierras para producir sus propios alimentos.

Las cuentas bancarias se han convertido en creaciones digitales. A través del depósito directo y servicios de pago de facturas, el intercambio de salarios por trabajo y dinero por bienes y servicios. Todo se logra mediante la conmutación de bits dentro de las computadoras. El comercio de acciones es enteramente electrónico. Las empresas ni siquiera se molestan en emitir certificados de acciones en papel como se hacía en el pasado. Lo que se llama «dinero en efectivo» no es más que trozos de papel emitidos por el gobierno que ya no son canjeables por metales preciosos. Incluso el oro no se utiliza casi como metal precioso si no más bien para guardarlo en la caja fuerte de un banco.

Sin una sociedad que reconozca, honre y haga cumplir todos estos contratos, la mayor parte de lo que llamamos «riqueza» desaparecería.

Los servicios, tanto públicos como privados, que utilizamos a diario requieren de millones de personas, que necesitan ser alimentadas, alojadas y atendidas cuando uno enferman. En las aquellos sitios en donde las disparidades de riqueza se han vuelto extremas, resulta problemático proporcionar servicios básicos.