En 2017, el ex economista jefe del Fondo Monetario Internacional (FMI) Kenneth Rogoff), profesor de políticas públicas en Harvard, publicó un libro llamado “Reduzcamos el papel moneda”, en el que hacía un llamamiento a acabar progresivamente con los billetes para reducir la corrupción, la evasión fiscal, el tráfico de drogas y la economía sumergida apostando, en su lugar, por la tecnología. El planteamiento proponía acabar con “el lado oscuro” del papel moneda hilvanando un plan para hacer desaparecer gradualmente la mayor parte de los billetes durante los próximos 15 años, comenzando por los de mayor valor.

En este sentido, ya en enero del 2019, el Banco Central Europeo dejó de emitir billetes de 500 euros, aunque no haya una fecha para su retirada de la circulación. Se prevé que el billete de 200 euros no tardará demasiado en seguir este camino.

Un caso aparte lo constituyen las monedas de bajo valor de 1 y 2 céntimos de euro. Éstas, al contrario que los billetes grandes, que son atesorados y se acumulan en manos de los grandes evasores de impuestos y de los actores de delitos de toda índole, van pasando de mano en mano, sin que nadie las quiera porque vale más el espacio que ocupan y la molestia de llevarlas, que su valor como medio de intercambio.

El caso es que el efectivo en circulación, sostiene el autor, alimenta la evasión fiscal, la corrupción, el lavado de dinero, el terrorismo, el tráfico de drogas y de personas y la economía sumergida, en especial el papel moneda de mayor denominación, por lo que su restricción dificultaría estas actividades delictivas.

El que fuera economista jefe del FMI de 2001 a 2003 propone desvincular la economía del papel moneda, un elemento que “puede entorpecer” la política monetaria, debido a que los inversores acumulaban efectivo. En este sentido, el plan de Rogoff pasa por eliminar el dinero físico paso a paso y, para esa transición, aborda cuestiones como la estabilidad de los precios y la necesidad de proporcionar tarjetas de débito subsidiadas a los más desfavorecidos.

Pero no queda ahí la propuesta. El libro detalla cómo la desaparición de los billetes podría beneficiar a las monedas digitales, en un ámbito que en su opinión en el futuro debería estar controlado por los gobiernos y no en manos privadas. Ya que pocos elementos hay más asociados a los Estados y a la soberanía que la emisión de una moneda propia.

Y es en este sentido en el que quizás se muestre un encaje al documento publicado por el Banco Central Europeo “Report on a digital euro”, de octubre de 2020, en el que se habla de un eventual lanzamiento de un euro digital.

Independientemente del libro de Rogoff, lo cierto es que el lanzamiento de la Libra de Facebook (que sin tener el éxito que se preveía ha servido como un serio toque de atención a las autoridades monetarias de todos los países), unido al anuncio de lanzamiento de la moneda digital china, ha servido para que el BCE se lance a anunciar el posible nacimiento del euro digital, como una apuesta para frenar a “los proveedores de pago extranjeros”, así como “al dinero digital extranjero”.

En ese informe se expone que el planteamiento del BCE no es otro que preservar “la independencia estratégica de la UE”, reforzando el papel del euro a la hora de atraer a inversores extranjeros. Esto quiere decir que el nacimiento del euro digital está más ligado a aspectos de carácter político, directamente ligados a la soberanía y a la competencia entre Estados, que a una necesidad real del mercado.

¿Pero en qué consistirá este euro digital? Partiendo de que el euro digital no es una nueva divisa, ni un criptoactivo, ni siquiera dinero bancario, y de que para el consumidor no va a existir diferencia a la hora de realizar sus pagos o cobros, la principal característica de este euro consistirá en la eliminación de intermediarios entre el banco central y el ciudadano.

Cuando realizamos un movimiento con dinero bancario (el que tenemos en nuestras cuentas), hay que tener en cuenta que éste forma parte de la oferta monetaria como dinero creado por los bancos comerciales. El dinero en efectivo, sin embargo, forma parte de la base monetaria: es dinero creado directamente por el banco central. El euro digital será, en este sentido, como el efectivo, creado por el banco central directamente y puesto a disposición del ciudadano. El euro digital pondrá a disposición de todo el mundo un dinero electrónico “público”, permitiendo a la gente abrir una cuenta directamente con el banco central, sin intermediarios. Hoy, solo los bancos privados (y otras contadas instituciones financieras) tienen acceso a ese tipo de dinero electrónico a través de las reservas que guardan en el banco central. Los saldos de nuestras cuentas en esos mismos bancos están mayormente formados por dinero creado por la banca a través del multiplicador monetario.

Aunque se afirme desde todos los estamentos de la Unión Europea que el euro digital no pretende sustituir al efectivo (aunque lo cierto es que, en su implantación, por cada uno digital que se emitiera, se retiraría uno físico), lo cierto es que éste se usa cada vez menos y seguramente será cuestión de tiempo que vaya cayendo en desuso.

No obstante, este proyecto aún se encuentra en ciernes y quedan muchas preguntas por responder. ¿Cómo se accederá a este euro digital? ¿Se les permitiera a los ciudadanos abrir directamente una cuenta digital en el BCE, lo que podría, en la práctica, significar otro golpe más para la banca? ¿Si se diese el caso, se aplicarían a esta cuenta bancaria tipos de interés negativos, como los actuales? ¿Hasta qué punto supondrá una amenaza para el papel intermediador de la banca tradicional?