La semana pasada, en una conversación con un amigo, salió el tema de que se quiere comprar un coche. Si antes tal decisión era complicada, al tener tantas marcas y modelos donde elegir, a día de hoy, la tarea se vuelve inabordable. La decisión debe comenzar por el modelo de propulsión del vehículo, gasolina, diésel, híbrido, GLP, eléctrico, etc.

Sin embargo, esta desazón que puede invadir a un eventual comprador de un coche es poca, comparada con la que parece sentir toda Europa y, sobre todo, el sector de la automoción ante el cambio de paradigma que se está produciendo.

No hace tantos años, Europa lo tenía mucho más claro. Había apostado por el diésel fuertemente. Llegó un punto en el que los motores diésel de última generación aportaban una eficiencia y unos menores niveles de contaminación que superaban amplia y tecnológicamente los de los motores de gasolina. Sin embargo, Estados Unidos, viendo que su ya maltrecho sector de la automoción iba a recibir un duro golpe ante la competencia que comenzaba a llegar de Europa, destapó y magnificó el escándalo del falseamiento de las emisiones de los motores diésel.

Y no es que los norteamericanos no tuvieran razón, porque es un hecho que Volkswagen falseó los informes de emisiones, y han pagado largamente por ello. Pero lo que sí es cierto es que la cobertura mediática provocó que el impacto, a nivel comercial fuera una losa demasiado pesada para el incipiente mercado del vehículo diésel en Estados Unidos. Quizás si los legisladores europeos hubiesen hecho mejor su trabajo, el fraude hubiese sido detectado aquí y a tiempo, lo que hubiera podido minimizar el impacto económico.

El caso es que la crisis se cernió sobre la industria automovilística europea, a pesar de ser poseedora de una tecnología basada en el diésel totalmente optimizada y más competitiva, a todos los niveles, que su competencia.

Y entonces llegó la fiebre por acabar con el consumo de combustibles fósiles. Y con ella la esperanza en que el coche eléctrico iba a ser el futuro de la automoción en todo el planeta. Y así comenzaron las agresivas políticas medioambientales en diversos países europeos, casi todas ellas basadas en prohibiciones. Noruega prohibía los coches propulsados por combustibles fósiles en el 2.025 o Francia anunciaba que el 2.040, ni gasolina ni gasóleo se podrían vender en su territorio, y así, en mayor o menor medida, la mayor parte de los países europeos se han ido sumando a las restricciones y las prohibiciones.

Esto se ha traducido en una caída de las ventas del sector, que alcanzan en lo que llevamos de año una contracción del 3,1% con respecto al año pasado, que ya fue malo. Y si esto es a nivel europeo, a nivel nacional, la caída de las ventas en los primeros 8 meses del año es del 9,2%. Y estopor no hablar de las perspectivas, puesto que los proveedores de componentes para el automóvil, que es uno de los indicadores del sector automovilístico, están sufriendo unos todavía más acusados descensos de pedidos, lo que no augura nada bueno para los trimestres venideros.

Y aquí se enlaza con la guerra comercial con China, de efectos terribles, la mayoría aún por descubrir. Pero en el sector automovilístico, si se sabe que están dejando de comprar coches, tanto norteamericanos, como europeos, y que empiezan a dar sus frutos los esfuerzos y el empeño dedicados a poner a su país a la vanguardia en desarrollo tecnológico del coche eléctrico.

Y mientras tanto, la falta de una legislación común a nivel europeo, no hace sino añadir inseguridad al sector, provocando que muchos europeos se muestren indecisos frente a qué tecnología de automóvil adquirir. Y así no acaben de decidirse porque aún no tienen claro si su decisión les podría conducir a un costoso error. Es decir, la falta de la creación de un marco común europeo provoca una falta de seguridad jurídica que pueda avalar una decisión de compra.

Y ahora un giro de la política europea para acabar de complicar la situación. Parece ser que alguien se ha despertado y se ha dado cuenta de que el sector automovilístico europeo arroja unas cifras apabullantes: emplea a casi 14 millones de trabajadores para producir, el año pasado, 19,2 millones de vehículos, que generaron unas exportaciones de 138.400 millones de euros (contra unas importaciones de vehículos de 54.000 millones). Y buena parte de ello gracias a una tecnología diésel que, sin ser perfecta, es de las más eficientes en cuanto a emisiones y ahorro de carburante.

Es, por tanto, lógico que a alguien se le haya ocurrido que todas esas legislaciones en contra de los motores de combustión y a favor del eléctrico, quizás no sean oportunas. Es decir, se estaba poniendo la alfombra roja al coche eléctrico y enterrando al motor de combustión, sin darse cuenta de que el entierro iba a salir demasiado caro. Y no es que apostar por el coche eléctrico no sea una política de futuro, es que tal vez se estaba haciendo demasiado pronto y aceleradamente, poniendo a la industria europea en la picota y preparando el camino a la invasión del eléctrico chino.

Así, en boca de la comisaria de Industria y de Mercado Interior, Elzbieta Bienkowska, Europa confirma que la prohibición total de la venta, importación o matriculación de vehículos con motor de combustión por ahora “no es compatible” con la legislación europea, dejando claro que en el corto y medio plazo los coches eléctricos y los de combustión convivirán en nuestras carreteras y (tal vez) en nuestras calles. Ya que, lo que no cierra es que, por temas de contaminación, las ciudades, en sus ordenanzas municipales puedan restringir el uso de éstos últimos.

Después de todo esto, mi amigo ha decidido comprarse un patinete eléctrico, por cierto, chino, que no lo hay de otra clase en el mercado.