Una economía como la nuestra, tan dependiente del sector turístico desde hace ya tanto tiempo, tiene como característica principal la activación del empleo en los meses de temporada. Este aumento de la intensidad de la demanda de empleo no está exento de prácticas abusivas (aunque legales) o incluso de dudosa legalidad.

Así, la precariedad sigue ganando enteros frente a la estabilidad laboral y así, las estadísticas del INE hablan de que el segundo trimestre de este año, con la campaña veraniega empezando, unas 31.900 personas fueron contratadas por 24 horas o menos. Lo que confirma la tendencia al alza de estas prácticas, ya que supone un aumento del 10% respecto al año anterior, según datos de la EPA.

Y concretando en el sector servicios, los datos son aún más contundentes. El número de contratos de 24 horas o menos en este sector ha alcanzado la cifra en este año (hasta donde tenemos datos) de 26.800, lo que significa que se han triplicado en la última década.

Pero no sólo se produce esta precariedad. No son pocos los empresarios que aprovechan la necesidad de trabajar de esa buena parte de la sociedad que vive al borde de la ruina económica. Y así, no son pocos los fraudes que se producen aprovechando la necesidad de los trabajadores: horas extras sin cobrar, contratos que no se corresponden con el trabajo realizado o incluso la ausencia misma del contrato de trabajo.

En este sentido, la forma que las empresas han ideado para poder tener empleados a los que no tener que asalariar ha sido la creación del voluntariado. No son pocos los eventos veraniegos en los que un ejército de trabajadores, sin más salario que la entrada gratis, posibilita su realización.

Festivales de música, certámenes de cine y eventos de todo tipo, en los que la cantidad de voluntarios supera con creces a la de trabajadores contratados, y que sería imposible su realización de no poder contar con esa masa laboral gratuita. Pero hay más casos, en los que el delito parece evidente. Así, por ejemplo, no son pocos los albergues en temporada turística que echan mano de voluntarios para cubrir turnos de trabajo a cambio de alojamiento.

Y esto nos lleva a las distintas situaciones y motivaciones que pueden impulsar a una persona a trabajar de gratis, lo cual se contradice con la teoría económica clásica, que sólo entiende el trabajo si es a cambio de un salario, obviando otras motivaciones más inmateriales, como puede ser la adquisición de experiencia, por prestigio o por motivos meramente altruistas.

En este sentido, la universidad de Karlstad, en Suecia, ha elaborado un estudio en el que se clasifican los distintos motivos que pueden darse para que una persona acepte trabajar gratis.

Así, por ejemplo, la figura del aprendiz, o becario, como ahora se le denomina, suele ser el tipo más habitual de trabajador sin coste. En este sentido, el becario acepta trabajar sin salario a cambio de participar en un proceso de aprendizaje que redundará en beneficio de su currículum. El caramelo de esta situación viene dado por la posibilidad de que, si demuestran una actitud lo suficientemente atractiva, tienen posibilidades de quedarse en la empresa una vez finalizado el periodo de formación. Esta vez a cambio de un salario.

En este sentido, la contraprestación inmaterial de este trabajo es la esperanza y se podría aplicar también a todas aquellas personas que aceptan trabajar horas extra sin remunerar para conseguir que el empleador tenga un buen concepto de ellas a la hora de repartir mejoras laborales.

También es cierto que trabajar como becario sin cobrar, durante un periodo corto, puede ser beneficioso para empresa y trabajador, dependiendo de la seriedad de la empresa. Las empresas que se toman en serio las actividades de formación, preparan los planes de aprendizaje, nombran tutores y supervisan actividades, con vistas a formar a los posibles futuros trabajadores. Los becarios que no están sujetos a ninguna supervisión académica ni a ningún formalismo que conduzca a enseñarles, que suelen tener horarios completos y que son utilizados para cubrir bajas laborales o periodos vacacionales, se convierten en correturnos prescindibles. Y esto es así porque las empresas olvidan que un becario es una persona que está para formarse, no para realizar la misma tarea que un trabajador asalariado.

Pero no hace falta que no se cobre nada para que exista una explotación laboral. En muchas ocasiones, los salarios irrisorios y la poca capacidad para elegir de los empleados hacen que el coste laboral sea despreciable, en comparación con el beneficio obtenido por la empresa con el trabajo. Esto tiene su máxima expresión en países en desarrollo en donde los avances sociales no son ni una sombra de lo que son en occidente. Sin embargo, la precariedad y la necesidad están motivando que buena parte de los trabajadores, sobre todo en puestos de baja cualificación, estén dispuestos a renunciar a sus derechos sociales simplemente por necesidad.