En radio y televisión, en cualquier momento, casi a cualquier horario y, sobre todo, en todo lo que rodea casi cualquier evento deportivo, sobre todo en el futbol. Las casas de apuestas deportivas han pasado de no existir a serlo todo en apenas unos pocos años. De la mano de las principales empresas de juego del país, y con un sostén de miles de locales físicos en los que el juego, de cualquier tipo, es el rey indiscutible.

Nada más salir de casa, es muy probable encontrarse de frente con una pizarra en la que te muestran que, por una pequeña apuesta de unos pocos euros, en unos resultados que tu sentido común te indica que no son ni mucho menos descabellados, puedes quintuplicar tu beneficio. Si entras, será muy posible que esa tarde ya te haga descubrir una experiencia con posibilidades de cambiar tu vida para siempre.

Suelen ser lugares agradables, con una estudiada penumbra, para destacar lo que importa: las máquinas tragaperras, las ruletas, las pantallas de televisión retransmitiendo eventos deportivos, los puntos de apuestas y la barra, en la que te sirven alcohol o algo de picoteo, a precios más baratos que los de un bar.

Todo vale con tal de que, una vez hayas entrado, no puedas salir fácilmente. El diseño un tanto laberíntico, a cada paso algo que te llama la atención (menos la puerta de salida, que esa, desde dentro es bien discreta, como el cartel de “Juega con responsabilidad”) y unas ventanas inexistentes, todo para que se pierda la noción del tiempo, para que no se sepa si es de noche o de día, porque cuanto más tiempo esté el cliente ante las tentaciones, más fácil será que vaya cayendo en todas ellas.

Para colmo, cada empresa de apuestas tiene una página web y una aplicación móvil. Esas mismas máquinas y ruletas (y otras muchas más), esas mismas apuestas más la posibilidad de jugar al póker online, están disponibles desde el sofá de casa. Todo al alcance de un clic.

Después de pasar un tiempo indeterminado perdido en el local, llega la vuelta a casa, los eurillos de la apuesta inicial que te incitó a entrar se han convertido en unos cuantos más, quizás nada grave, puedes pensar. Pero el gusanillo ha entrado. La tarea de condicionamiento a la que has sido sometido empieza a tener sus frutos desde el momento en que piensas que no es un mal plan para pasar una tarde tonta, no sale tan caro y además puede acompañarte la suerte y sacar un buen pellizco. A partir de ese momento, cada vez que entres te será más difícil dejar de entrar, porque como en todas las adicciones lo malo no es su uso en sí, sino que la dosis cada vez ha de ser más alta para intentar alcanzar el mismo estado de bienestar.

A esto se le llama ludopatía, y a lo que hacen esas empresas de manera evidente y desvergonzada es fomentarla. Está claro que no todo el mundo que entre a una casa de apuestas es o se convertirá en un ludópata, pero todos se verán sometidos a la misma presión ambiental que les empujará a jugar, algunos cederán y otros resistirán. Unos y otros sin apenas ser conscientes de ello.

Y todos, desde los legisladores permisivos o ignorantes de las tretas y argucias psicológicas empleadas, pasando por los clubes deportivos que se prestan a llevar publicidad a cambio de patrocinio, hasta los presentadores de televisión que lo mismo te invitan a una partida de algo que a tener una cita con una persona desconocida (que no deja de ser otra clase de apuesta), son responsables del aumento de la ludopatía que está teniendo lugar en nuestro país, sobre todo en la gente más joven.

Por poner un ejemplo, sólo en Madrid, en cinco años, el número de personas que han decidido inscribirse voluntariamente en el llamado registro de prohibidos, para que no se les permita la entrada a estos locales se ha multiplicado por cuatro. De 4.227 que había en 2.013 pasó a 17.735 a finales de 2.017.

Según la Dirección General de Ordenación del Juego, dependiente del Ministerio de Hacienda, el perfil medio del jugador es claro: hombre de entre 18 y 43 años, que vive en pareja y tiene un bajo nivel de ingresos y estudios. Por regla general existe un detonante a la hora de caer en el juego patológico, como la muerte de un amigo o familiar (presente en el 53% de los casos), los problemas económicos (45%) y cambiarse de domicilio (34%). Sólo el 7% de los jugadores habituales son mujeres.

Pero son los más jóvenes los que más crecen en las estadísticas, sobre todo en el campo de las apuestas deportivas junto con los casinos y de modo online. Mientras que otros juegos como bingo y póker van disminuyendo su peso específico, después del auge habido de éste último hace unos años.

Sobre la presencia de menores en salones de juego o que directamente apuestan online es el deber de cada operador de juego asegurarse de que ninguno usa su plataforma. Algo que, según comprobó un estudio de la OCU, no siempre se realiza: son numerosas las casas de apuestas que no piden el carné de identidad a sus clientes, ni cuando entran en el local ni cuando juegan.

Lo que está claro es que estas empresas del juego se han beneficiado de las reformas legales habidas que lo único que han conseguido es demostrar que el legislador siempre ha ido dos pasos por detrás del problema.

Así, hasta la irrupción del juego por internet, sólo se permitía, en buena parte de las autonomías, el juego en locales autorizados, cuya actividad no se viera desde la calle o que estuvieran a una distancia mínima del núcleo de población, lo que provocó que los casinos estuvieran en las afueras de las ciudades.

Con la llegada del juego online en los primeros años de los 2.000, las casas de apuestas y casinos online fuero ganando adeptos año tras año. En aquellos momentos, estas empresas online tributaban los ingresos obtenidos en España en países como Malta o Luxemburgo, donde habían logrado licencias por tratarse de naciones que regularon esta actividad de forma temprana.

Con el cambio de legislación del 2.011 de Zapatero se obligó a que estas empresas que obtenían sus ingresos en España tuvieran también que tributar aquí y acogerse a su legislación. Lejos de controlar el mercado, lo que provocó esta ley fue el estallido del mismo. El negocio online abandonó su periodo de incertidumbre y dio el salto al establecimiento físico.

Pero, además, coincidiendo con el patrón de jugador, estos establecimientos parecen tener mayor presencia en barrios y distritos con rentas bajas, mientras que los de rentas altas apenas están viviendo este boom de aperturas.

El Ayuntamiento de Madrid es el único con datos lo suficientemente completos como para poder comprobar tal sospecha. El resultado es que barrios humildes como Usera, Tetuán o Carabanchel tienen una densidad mucho mayor de establecimientos por habitante que los barrios de rentas superiores como Fuencarral, Hortaleza o Retiro.

Por si fuera poco, este aumento de apertura de locales tampoco ha tenido un gran impacto sobre el empleo, ya que la mayoría de jugadores no necesitan para jugar más que un panel luminoso con botones por software.

Esto ha llevado a que la industria de los juegos de azar (sin contar ONCE y Loterías y Apuestas del Estado) presentase en 2.017 un volumen de negocio de más de 20.000 millones de euros. Una cantidad muy superior a la de otras industrias en España como la musical, la del alcohol o la del tabaco, y casi al nivel de lo que facturan Telefónica, Orange y Vodafone combinadas.

Puestos así, y ahora que los nombro, la ONCE y todas las loterías y quinielas del Estado ¿se pueden considerar como incitadoras a la ludopatía? La respuesta es no. Incitan al juego, se publicitan y mucha gente gasta semanalmente bastante dinero en ellas. Pero a todos estos sorteos les falta un componente básico para la generación de comportamientos ludópatas: la inmediatez de la recompensa. Un ludópata necesita recibir inmediatamente la respuesta a su comportamiento, cosa que estos sorteos no proporcionan.