Desde su fundación en 2.015, la empresa Glovo ha llevado sus repartos a más de 100 ciudades de todo el mundo. Fundada por Sacha Michaud y Oscar Pierre, ha llenado medio mundo de mochilas amarillas, ya que, tras España, vinieron Italia, Francia, Portugal y no hace mucho que han ampliado a Turquía, Ucrania, Georgia, Costa Rica, Puerto Rico… Hasta un total de 100 ciudades en 23 países.

De esta forma, en sus 4 años de vida, Glovo ha entregado en el mundo más de 10 millones de pedidos, a más de tres millones de usuarios registrados en su aplicación y procedentes de 10.000 establecimientos asociados. Recientemente cerró una ronda de financiación de 150 millones de euros, con los que espera crear su propia cadena de supermercados online.

Pero junto a las llamativas mochilas vienen los detractores a su modelo de negocio. Críticos con el mismo, señalan que la empresa se está enriqueciendo de manera ilegal “sustentando su modelo de negocio en la elusión de la normativa laboral”, contratando falsos autónomos. Desde el momento en que los repartidores de Glovo (o glovers, o riders) han de ser autónomos, la empresa se ahorraría 10.000 euros (4.000 euros en salario y 6.000 en cotizaciones) anuales por cada uno de ellos, según UGT.

Así, según el sindicato, la Seguridad Social estaría dejando de ingresar una cantidad estimada de 93 millones de euros anuales, y subiendo. Además, estos trabajadores no tendrían derecho a vacaciones pagadas, ni estarían cotizando a la Seguridad Social (a no ser que se dieran de alta como autónomos), ni tienen turnos previsibles ni las medidas en prevención y seguridad que una relación laboral establece legalmente, obligándoseles, además, a estar geolocalizados para poder asignárseles pedidos.

Según la empresa, que dice tener 21.000 repartidores en el mundo, de los que una tercera parte está en nuestro país, la lista de espera para trabajar, sólo en Madrid, es de más de 1.000 personas. Se defiende diciendo que un 44% de los repartidores activos estaba en el paro antes de empezar su “colaboración” con la plataforma y gana una media de 4-5 euros por reparto, lo que les lleva a unas ganancias de 1.000 euros al mes de media por trabajar unas 27 horas semanales. Dice igualmente que el 79% de esta no plantilla está satisfecha con su trabajo porque valoran la flexibilidad del horario, el poder conseguir un complemento a sus ingresos y la facilidad para hacerlo.

Pero claro, este taburete aún tiene una pata más. Al fin y al cabo, la existencia de la precariedad laboral no es culpa de Glovo, esta empresa sólo se aprovecha de la misma. Como tampoco es culpable de las cifras de paro de nuestro país ni de que la desigualdad económica y social hayan aumentado con la crisis y no se hayan reducido con la recuperación económica.

La Comisión Europea señala nuestro país como uno de los que presenta mayores diferencias de renta en su población. En la media de la UE, el 20% de la población que más gana obtiene cinco veces más que el 20% de la población que menos ingresos tiene. En España no son 5 veces, son seis veces y media, lo que significa que la brecha entre población con altos ingresos y población con menos es más profunda que la de la media europea. Con nosotros en el furgón de cola, los de siempre: Grecia, Bulgaria y Lituania.

Sin embargo, estamos dando buenos datos macroeconómicos sobre crecimiento, como tampoco son malas las cifras de empleo. Pero se dan una circunstancia determinante. El sector de la construcción, intensivo como pocos en mano de obra, fue el más dañado por la crisis, generando cifras de paro que sólo ahora están siendo enjugadas por el crecimiento de dos sectores: comercio y hostelería, por un lado, y el sector industrial enfocado, sobre todo, a exportaciones.

Estos dos sectores han tirado de la economía de tal manera que hemos alcanzado niveles de riqueza similares a antes de la crisis, pero con 1,7 millones de trabajadores menos. Esto, bajo una perspectiva moderna globalización, progreso y desarrollo económico, significa un avance, ya que demuestra que somos más productivos al haber disminuido los costes laborales para producir lo mismo.

Normalmente, uno de los indicadores más usado para medir la desigualdad suele ser el coeficiente de Gini, que lo que hace es medir cuánta concentración hay de rentas en una sociedad, siendo 0 el caso en el que todos los individuos tienen la misma y 1 el supuesto en el que una sola persona se apropia de todo.

Según este índice la desigualdad no se estaría reduciendo tras la salida de la crisis, como ha sucedido en otras, ya que estaríamos enfrentándonos a factores que está incidiendo sobre la economía con un papel desconocido hasta ahora. La globalización, que propicia, entre otras cosas, que las empresas puedan ubicar la parte de su producción más intensiva en trabajo en países donde éste sea más barato y los avances tecnológicos, que proporcionan un avance de la robotización, o sustitución de empleados por máquinas en trabajos más mecánicos y que requieren poca o nula formación, están incidiendo negativamente sobre el mercado laboral para personas con poca formación. A pesar de que sean fenómenos muy buenos para los márgenes de negocio, y por tanto, para los inversores, y para el consumidor final.

Así, el elevado desempleo de larga duración, el mayor peso de los contratos de corta duración, la escasa intensidad de horas trabajadas entre los menos formados, la reforma laboral o la división del mercado de trabajo entre fijos y temporales y entre los que han mantenido el empleo y los que no, son factores que están incidiendo de forma negativa sobre la corrección de la desigualdad, explicada por un peor comportamiento del índice de Gini.

Es decir, la desigualdad no ocurre por un crecimiento desaforado de lo que ganan los de arriba, que también lo hay. Según los expertos, se debe a que hay menos horas trabajadas en los colectivos de menos ingresos, bien sea por el desempleo, por la alta rotación de contratos o por el trabajo a tiempo parcial no deseado. Da igual el indicador que se tome, todos ponen de manifiesto que el ajuste en horas y salarios ha golpeado más a quienes perciben las rentas más bajas. Y los colectivos que aparecen peor son los trabajadores poco formados, jóvenes, inmigrantes y mujeres.

En este contexto, la “glovolización” tiene un caldo de cultivo y unas expectativas de crecimiento acordes con la desesperación y la falta de alternativas de los repartidores que hacen posible su existencia.