A pesar de lo que pueda opinar el señor Trump y sus asesores en lo que respecta al cambio climático, lo cierto es que las pruebas de su existencia son innegables, lo que significa que la amenaza es real y exigirá una respuesta global si queremos conservar el planeta tal y como lo conocemos.

Lo cierto es que los cambios que ocurrirán en la climatología tendrán efectos irremediables en la economía mundial, algunos de un alcance que modificarán todo el equilibrio geopolítico a nivel mundial.

De acuerdo a los expertos del Foro Económico Mundial, la economía mundial pierde el 1,5% del PIB anual debido a la desaceleración del crecimiento a causa del cambio del clima en el planeta. Además de las evidentes pérdidas en la agricultura, los daños causados por sequías, inundaciones y demás calamidades meteorológicas, las implicaciones abarcan un espectro mucho más amplio, que va desde la aparición de brotes de enfermedades en latitudes cada vez más altas, hasta movimientos migratorios relacionados con el empeoramiento de las condiciones de vida en según qué zonas.

De hecho, las consecuencias económicas causadas por el calentamiento global pueden ser agrupadas en cuatro categorías:

La primera aproximación al coste económico que podría producir el cambio climático se realizó en el Reino Unido, con el informe Stern (Stern Review on the Economics of Climate Change), el primero realizado por un economista a instancias de un gobierno, en lugar de un climatólogo. El artículo fue publicado en octubre de 2006 y su principal conclusión es que se necesita una inversión equivalente al 1% del PIB mundial para mitigar los efectos del cambio climático. De no tomarse estas medidas el mundo se expondría a una recesión que podría alcanzar el 20% del PIB global. A día de hoy este informe es la base de las políticas económicas respecto al cambio climático llevadas a cabo por la mayoría de los Gobiernos.

En este sentido, si bien es cierto que nadie puede predecir con total certeza las consecuencias del cambio climático, sí que contamos con suficientes conocimientos para reconocer los riesgos a los que nos exponemos. Por ello, la puesta en práctica de medidas para reducir el impacto del calentamiento global deberá entenderse como una inversión para evitar consecuencias muy graves en el futuro. Si estas inversiones se realizan acertadamente, los costes serán razonables y, al mismo tiempo, se abrirá una amplia gama de oportunidades de crecimiento y desarrollo. Pero siempre teniendo en cuenta que las consecuencias de nuestras acciones presentes sobre los futuros cambios climáticos no serán inmediatas, de tal manera que lo que hagamos ahora tendrá un impacto limitado sobre el clima de los próximos 40 o 50 años.

Lo que sí es cierto es que los grandes causantes del cambio climático, que no han sido otros que los países desarrollados, deberían ser los que asumieran los costes de esta inversión, ya que, en buena medida, su bienestar actual proviene de los excesos cometidos sobre el medio ambiente desde los tiempos de su revolución industrial.

Por tanto, estamos hablando de una injusticia social a nivel mundial, agravada por el hecho de que la mayor afectación de los cambios climáticos tendrá lugar en las latitudes más bajas, en los países con menor desarrollo. Éstos serán los países más afectados por los fenómenos meteorológicos extremos, por la caída de la producción agraria (se estima que África perdería hasta el 33% de su capacidad productiva de alimentos con una subida de 5º C de media de temperatura) y por la falta de acceso a fuentes de agua potable.

Estos países, que no son grandes consumidores, ni de plástico, ni de productos tecnológicos, que los residuos que generan son en su mayoría orgánicos (y por tanto biodegradables), que no son grandes consumidores de energía, serán los que sufran en mayor medida las consecuencias del cambio climático. Y será, como afectados, los que llamen, cada vez con más insistencia, a las puertas de los países desarrollados para reclamar unas condiciones de vida que cada vez se les niega más en sus países de origen.

Según el informe de la FAO “El estado de los mercados de productos básicos agrícolas”, la mayoría de países africanos, asiáticos y sudamericanos correrán un riesgo “desproporcionadamente alto” que provocará que se ensanche la brecha económica entre los países desarrollados y en desarrollo, no solo por la alteración de la temperatura, también por los desastres naturales. La FAO insta a los Gobiernos a tomar medidas urgentes contra el aumento de temperaturas, pero también a que se tomen medidas para paliar las alteraciones en el mercado agrícola mundial. Alteraciones la cuales perjudicarán en mayor medida a los países situados más al sur, cuya productividad descenderá, aumentarán sus importaciones y sufrirán más plagas, enfermedades y el azote de la pobreza.

Por poner un ejemplo, Senegal acaba de afrontar su tercera sequía grave en seis años, la cual ha dejado este verano a 245.000 personas sin alimento. Ya en mayo, la ONU advirtió que la falta de lluvias, el aumento de los precios de la comida, los conflictos y la debilidad estructural del país condenaría a cinco millones de personas a pasar hambre.

Paradójicamente, en latitudes más septentrionales, la tundra retrocede, el permafrost que ha tenido la tierra congelada durante miles de años desaparece y, paulatinamente, enormes extensiones de terreno habitualmente vedadas a la agricultura se ven favorecidas por las nuevas condiciones climáticas. Pero no todo iban a ser cosas buenas, la subida del nivel del mar amenaza con inundar una buena cantidad de ciudades, la mayoría de las cuales, por tamaño e importacia económica, están en los países desarrollados del norte. La tormenta migratoria está preparada.