Ahora que está tan de moda hablar de estudios de postgrado y de formación superior, así como del uso que a esta formación le dan algunos de nuestros políticos, salta al escenario otro problema endémico de nuestro mercado laboral: la sobrecualificación. Según el estudio de Bankia y el Instituto de la Empresa familiar “Orientación Profesional y Formación Digital: Hacia un Modelo Integrado para el Empleo Juvenil”, cerca de 700.000 personas, entre 2014 y 2017 con formación superior se ha incorporado al mundo laboral, al tiempo que, paradójicamente, nuestra economía no genera unos niveles tan elevados de puestos de trabajo para titulados superiores, sino más bien todo lo contrario.

De hecho, mientras que, según la EPA, en 1996 apenas había 3 millones de personas con titulación superior, número que se aproximaba a las demandas del mercado laboral, veinte años más tarde eran 10.932.500 titulados para 5.922.600 puestos de trabajo acordes. Lo que significa que 4 millones de personas están condenadas a engrosar las listas del paro o a aceptar un puesto de trabajo por debajo de su cualificación.

Este hecho, se debe sencillamente a dos fenómenos que van en el mismo sentido y que tienen el mismo origen, que no es otro que la falta de empleo. Según Michael Spence, premio Nobel de Economía en 2001, y su “Teoría de la señalización del mercado”, los empresarios, a la hora de escoger personal, valoran de forma ponderada la formación, a veces incluso por encima de la adecuación al puesto de trabajo. El empleador asume que existe una correlación positiva entre el nivel educativo y las mayores habilidades para el desempeño de un puesto de trabajo. Es decir, considera que si el candidato “es bueno para los estudios también debe serlo para el trabajo”. Los empresarios ante el riesgo de reclutar trabajadores poco productivos y a falta de mayor información, optan por reclutar aquellos trabajadores que poseen mayores estudios al considerarlos más productivos y susceptibles de un mejor desarrollo personal a través de la promoción interna. Lo que significa al fin y al cabo que el tener elevada formación ayuda a conseguir un empleo.

Por otro lado, los demandantes de empleo ante la falta de puestos de trabajo de calidad acordes con su preparación formativa o experiencia, optan por cualquier tipo de empleo, aunque los mismos no tengan nada que ver con sus niveles de competencia. Con el agravante de que, conforme la situación se perpetua, el trabajador va asumiendo la situación permanente de degradación del mercado laboral. Estos trabajadores consideran que la precariedad laboral forma parte de sus profesiones y que el encadenamiento sucesivo de contratos son parte de un modelo normal de integración profesional. Con lo que se está asumiendo que los empleos temporales y la precariedad son las características estructurales propias de los mercados de trabajo actuales.

Pero lo verdaderamente preocupante para los universitarios es la sobrecualificación persistente; esto es, acumular durante años empleos para los que se está sobrecualificado. Por un lado, las capacidades, conocimientos y habilidades que no se ponen en práctica se deterioran y deprecian; por otro lado, porque acumular experiencias en trabajos menos cualificados da señales negativas a los potenciales empleadores futuros. En conclusión, que los trabajos menos cualificados no actúan como una plataforma para obtener más experiencia laboral y acceder a puestos mejores, sino que en buena medida son callejones sin salida que en muchos casos contribuyen a perpetuar el desajuste educativo. Hasta tal punto puede ser así, quienes acumulan experiencias laborales en puestos para los que están sobrecualificados tienen menos probabilidades de escapar de esta situación que quienes están en la inactividad.

Según las estadísticas de Eurostat, las tasas de sobrecualificación en España superan ampliamente al conjunto de la Unión Europea en todos los sectores. Con datos de 2016, se aprecia que las cifras, en muchos sectores, doblan las de la media europea. Por poner un ejemplo, en el sector de la construcción, el 57,4% de los trabajadores tienen una formación superior a la requerida por el puesto que ocupan, mientras que la media europea se sitúa en el 29,5%.

Lo que significan estos datos es simplemente que existe un enorme desajuste entre la oferta de trabajo en el país y la demanda, posiblemente ocasionada por motivos meramente políticos. Durante muchos años se ha estado intentando universalizar la formación superior, de modo que dejase de ser privilegio de unos pocos afortunados que pudieran permitirse el coste de la misma. El problema es que se ha creado la oferta sin que el país pudiera absorberla adecuadamente. De hecho, las políticas llevadas a cabo para la mejora de la competitividad del país han ido precisamente en sentido contrario, ya que se han centrado principalmente en la devaluación del trabajo.

En cuanto a las iniciativas para subsanar este desajuste, en opinión de la OCDE alguna está dando resultados, como es la reforma de la Formación Profesional Dual, que acerca el entorno académico al laboral. No obstante, estos avances son limitados, debido principalmente a la falta de coordinación de las políticas entre las distintas Comunidades Autónomas. A este respecto, la OCDE estima que existe la información necesaria para tratar de ajustar demanda y oferta de empleo, pero que apenas se utiliza. Y, por ello, realiza una serie de recomendaciones:

En definitiva, la OCDE identifica problemas del mercado laboral y qué medidas ejecutar para mitigar o solucionarlos a partir de un mejor aprovechamiento de la información disponible, de modo que permita optimizar el cuadre entre demanda y oferta de empleo.