Semana que prometía mucho en los mercados por el lío italiano, la cumbre por la presunta desnuclearización de Corea del Norte en Singapur y, sobre todo, por las decisiones que iban a anunciar tanto la FED como el BCE… pero que hasta ayer fue bastante sosa. Italia ha calmado los ánimos reafirmando su adhesión al Euro, la cumbre de Kim y Trump ha desconcertado por el aparente buen rollo aunque no parece haber tenido consecuencias palpables más allá de las intenciones, la subida de la FED no aportó nada nuevo… Pero ayer el discurso del BCE (que bajará las compras mensuales de deuda a la mitad a partir de septiembre y en 2019 no comprará más, apuntando a subidas de tipos ya en la segunda mitad del próximo año por lo que se supone que veremos el euribor en positivo en unos meses) sí impactó, al menos en la Eurozona. Eso se ha traducido en muy pocos cambios tanto bursátiles como en el crudo, materias primas y fórex hasta ayer que las bolsas eurozoneras subieron con fuerza y el € cayó hasta el entorno de 1,16 contra el $. Ignoro si es un flor de un día o por fin los mercados europeos van a tomar algo del impulso que, este año también, están perdiendo respecto a Wall Street. En cualquier caso, poco más que añadir por lo que hoy me decanto por hablar de otro tema de actualidad: la “economía colaborativa”.

Tengo un amigo que tiene ya los 50, está soltero y lleva años empalmando empleos temporales. Por suerte tiene la casa pagada pero aparte de eso siempre está “corto de pasta” y como le gusta viajar y vive en Granada (los que viven en Madrid o Barcelona tienen otros problemas pero los viajes suelen ser más baratos), siempre le había resultado bastante caro el hacerlo. Pero es inquieto y con un curso gratuito para parados en formación aprendió a usar las redes y gracias a ello, desde hace un tiempo, usa una app. para compartir coche y por poco dinero se mueve tanto hacia al sur como hacia el norte, y además ya ha hecho amistad con dos que en su día fueron sus conductores. El pasado verano, gracias a una web que se dedica a estas cosas, se marchó -a cambio del billete, el alojamiento y poco más- a Inglaterra a trabajar en las obras de una casa señorial y de paso apuntarse a un curso en el pueblo de al lado para aprender inglés. Esa es la esencia de la economía colaborativa que ha existido siempre (“me sobran tomates de los de mi huerto, te los cambio por los higos de tu higuera”) pero que gracias a las redes permite extenderse a muchos sectores y geografías.

El problema evidente es que la generalización de estas actividades supone por un lado menores ingresos para el fisco que no ve nada o muy poco de estas actividades económicas, y una cierta indefensión en el usuario porque faltan controles (por ejemplo alimentarios en el caso del trueque). Y es un debate que no debería ser politizado porque es evidente que es algo que ha venido para quedarse y que hay que encajar de algún modo sin prejuicio para los que libre y voluntariamente decidan apuntarse a ello. Para mi el caso de Uber, que es probablemente el más famoso, no entra en esta clasificación de economía colaborativa –y recientemente la UE opinó igual- porque no deja de ser una empresa de alquileres de coches con conductor que pretende tomar una porción del negocio del taxi, rompiendo (y por ello tienen mis simpatías) un monopolio y para mejora del consumidor, si bien su modelo de negocio no parece que esté triunfando precisamente ya que no para de perder dinero mes tras mes. Y otro grave problema que tiene, y así ha sido confirmado por diferentes estudios, es que sus trabajadores carecen de una protección social adecuada.

Uber es probablemente el mayor culpable de la mala imagen que está tomando la economía colaborativa entre mucha gente pero no se debería generalizar. Otro caso es el de las empresas relacionadas con el turismo siendo la más destaca Airbnb. Es cierto que en su origen y repentino éxito ha habido muchos problemas pero son achacables a la novedad y a que no creo que imaginaran que crecerían tan rápido. Ahora es una plataforma en la que la gente puede alquilar sus viviendas a otros y esa libertad debe ser respetada. Por supuesto, deben pagar sus impuestos e imponer multas a la empresa si alguno de sus clientes provoca molestias en el vecindario. Sólo hace falta regulación y cumplirla pero es un avance económico que alguien pueda sacarse un extra de dinero alquilando igual que el que gente con no demasiados recursos pueda disfrutar de vacaciones, es un avance social. Toda la vida he conocido alquileres en negro en nuestras costas, si se controla bien a estas plataformas la desaparición de esas prácticas estará muy cercana.

Si bien es cierto que en otros ejemplos de economía colaborativa es casi imposible que Hacienda pueda sacar una tajada, hablo por ejemplo de las personas que se ponen de acuerdo en prestarse las viviendas sin intercambio de dinero. Si yo me pongo de acuerdo con uno de Varsovia para que él pase una semana en Barcelona mientras yo estoy ocupando su piso en Polonia, nadie debería impedírnoslo aunque no haya impuestos por el medio. De todos modos es muy probable que él haga un gasto como turista en España superior al que haría yo como residente así que también hay beneficios. En cualquier caso, la economía colaborativa ha venido para quedarse y es absurdo tomar una postura radical de a favor o en contra sin tener en cuenta cada caso. Como imagen, la edad mediana por continente

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