El mundo de las previsiones económicas sólo se ve superado en volatilidad por los propios cumplimientos de esas previsiones. De hecho, ante un acontecimiento económico, como puede ser el crecimiento del PIB de un país a lo largo de un año, podemos encontrar previsiones para todos los gustos, continuamente actualizadas y modificadas en función de los eventos que vayan ocurriendo, para dar con un resultado final que puede no corresponder a ninguno de los escenarios previstos.

Es por eso que, a pesar de los grandes avances acaecidos en tecnologías de la información, en capacidad de trabajo con grandes volúmenes de datos, en las técnicas de recogida de datos, etc. Lo cierto es que las previsiones económicas se hayan todavía sujetas a un componente de aleatoriedad nada despreciable.

Un ejemplo lo estamos viendo con las previsiones de crecimiento para le economía española en este año. Tras los avances de las distintas entidades y organizaciones, que cifraban el crecimiento en una continuación claramente alcista pero moderando la cifra del año anterior, nos encontramos con revisiones al alza o a la baja casi cada día dependiendo en muchas ocasiones de cómo evolucione algún asunto que, en principio puede parecer tan alejado de la economía como de nuestro país.

Así, hasta no hace mucho más de dos semanas, organismos como el Banco de España, el Fondo Monetario Internacional o el BBVA, elevaban sus previsiones de crecimiento para la economía española de entre el 2,4 al 2,6 (horquilla en la que se movían), hasta el 2,7 y el 3% (los más optimistas).

Las previsiones del Banco de España, en concreto, mejoraron su previsión desde el 2,4 al 2,7% su previsión de crecimiento del PIB para 2018, mejorando también su pronóstico para 2019 (del 2,1% al 2,3%) y para 2020 (del 2% al 2,1%).

En lo referente al empleo, el organismo supervisor apunta también mejoras, lo que permitirá que la tasa de paro se reduzca hasta el 14,2% este año, hasta el 12,6% en 2019 y hasta el 11% para finales de 2020.

Y en cuanto a los precios, la previsión es que el IPC podría reducirse desde el 2% con el que se cerró 2017 hasta el 1,2% en 2018. Posteriormente aumentaría al 1,4% en 2019 y al 1,7% en 2020. Por último, el déficit público se situaría en el 2,5% a finales de este año, ligeramente por encima del objetivo pactado con Bruselas. En años venideros, se reduciría al 2,1% en 2019 y al 1,7% en 2020.

Sin embargo, a pesar de las buenas perspectivas en lo que a previsiones se refiere, lo cierto es que se están gestando una serie de acontecimientos que pueden dar al traste con esas cifras, con las siguientes y con la bonanza económica de la que, según se deduce de las mismas, estamos disfrutando.

Según palabras de Luis de Guindos, España había sido capaz de aprovechar las circunstancias geopolíticas mundiales mejor que ningún otro país. Es decir, los bajos precios del petróleo, o los tipos de interés casi inexistentes, unido a las inestabilidades políticas de buena parte de nuestros competidores en el mercado turístico, crearon un círculo virtuoso para nuestra economía que ha permitido el crecimiento de la misma por encima del resto de los países de la zona euro.

En lo que respecta al petróleo, la subida, de la que no se conoce todavía final, está ya en los 30 dólares en menos de un año. Esto afecta tanto a la balanza comercial, lo que amenaza con acabar con los tiempos de superávit de la misma, como con el repunte de la inflación. Sólo este factor podría lastrar el PIB hasta en siete décimas sólo en este año.

En lo que se refiere a la evolución de los tipos de interés, se vislumbra ya que el Banco Central Europeo acabará con sus compras de deuda, con lo que el dinero se encarecerá y se acabará la financiación barata de la que se han aprovechado España, Italia o Portugal de manera especial. Llegado ese punto, nuestro país tendrá que pagar más por colocar su deuda, lo que provocará tensiones sobre la prima de riesgo.

Pero lo que seguramente se acabará plasmando como un problema será la paulatina recuperación de destinos turísticos como Túnez, Egipto y Turquía. A día de hoy ya empieza a notarse esta recuperación de tal forma que se está empezando a reducir de manera notable el número de turistas que visitan nuestro país, a medida que los mismos van superando sus episodios de incertidumbre política o incluso ataques terroristas que beneficiaron a la economía española.

Este escenario puede venir acompañado de una desaceleración de la zona euro. El propio BCE ha constatado que se está produciendo una desaceleración en la Eurozona, situación que sin duda afecta a España a pesar de que el país crece todavía a niveles cercanos al 3%. Sin embargo, esa cifra o una cercana parece insostenible en el futuro.

Pero si hay un factor totalmente imprevisible para la economía es, sin duda, la naturaleza humana, la cual ni mucho menos es siempre racional o predecible. De hecho, la política norteamericana de los últimos tiempos es un claro ejemplo acerca de cómo crear incertidumbres, tiranteces y desconfianza en los mercados. Desde el principio de su mandato y fiel a sus promesas electorales (lo que debería restar incertidumbre a sus medidas) ha ido regando de perlas la marcha de la economía mundial.

Desde provocar el enfrentamiento con México a causa de sus cambios en los acuerdos comerciales, y su política inmigratoria, amén del famoso muro y la financiación del mismo, hasta la insensatez de retirar a EEUU del acuerdo nuclear con Irán, o sus escarceos proteccionistas hacia China y la Unión Europea. Las inconveniencias y salidas de tono del presidente norteamericano han provocado recelos incluso en sus socios tradicionales hasta tal punto que la canciller Merkel ha declarado nada menos que “Europa ya no puede confiar en EEUU”, y el presidente francés, Emmanuel Macron, que “no podemos dejar que otros decidan por nosotros”.