Desde hace años se viene incrementando la inquietud por la incorporación de mecanismos automatizados y autónomos (o robots de toda la vida) a los procesos productivos de cada vez más sectores de la economía. Y no es para menos, ya que se habla del advenimiento de la “Segunda Era de la Máquina”, que se estima que destruirá (o está destruyendo ya) siete millones de empleos en cinco años en la economía punteras, según un estudio del Foro Económico Mundial. En el mismo lapso de tiempo, calculan que se crearán sólo dos millones.

La OCDE habla de un 12% de trabajos automatizables en España, mientras otras investigaciones sitúan la disminución de empleos en la manufactura, la agricultura y los servicios en cerca de un 60%. En lo único en lo que parece haber cierto consenso es en que los nuevos empleos serán muchos menos que los que se destruyan.

Es por eso que en junio del año pasado la Unión Europea se sumó a la creciente inquietud y presentó al mundo un informe que, tras dos años de elaboración, constituye la apertura de un debate, por primera vez en el seno de una administración pública, que habla, tanto de los derechos de una especie de “ser electrónico” derivando la propiedad intelectual de estos artefactos (incluyendo software), como del hecho de ser vistos como “agentes laborales”. También, por supuesto, si a medio plazo contribuirán a las pensiones de los seres humanos.

Así, este informe contiene reflexiones y sugerencias en torno al estatus legal de los robots y plantea la hipótesis de instaurar un impuesto para paliar la destrucción de empleo. Su propuesta pasa por “supervisar de cerca la evolución del empleo para que, si en algún momento los robots reemplazan de manera masiva a los trabajadores, estemos preparados para asegurar la viabilidad de la Seguridad Social”. Se trata de ejercer cierto control para evitar un repunte aún mayor de la desigualdad y la precarización actuales.

Sin embargo, dentro de este debate conviene tener en cuenta unos cuantos factores con los que complicar un poco más la ecuación.

Definición de robot.

En la actualidad no se cuenta con una definición clara. La concepción que hay ahora es que el robot es una máquina, a pesar de que esa definición también serviría para un martillo. Lo que cuesta reconocer es al robot en una cadena de montaje, o al robot que se encarga corta tableros o chapa con láser, o el que conduce un vehículo, sea el que sea, cada vez de forma más eficiente, así como el que, basándose en las premisas del inversor, recomienda un producto financiero u otro.

Es decir, en la definición de robot, independientemente de la forma física que adopte, ha de entrar el concepto de inteligencia artificial, el verdadero motor del cambio que se vive.

Envejecimiento de la población.

Es un hecho que en los países industrializados el crecimiento vegetativo de la población ya no alcanza para asegurar el relevo generacional. De hecho, sólo la llegada de inmigrantes y la mayor tasa de natalidad de éstos, logra reequilibrar la balanza generacional. Se estima que nuestro país, al igual que todos los países del primer mundo, tendrá una pirámide poblacional con forma invertida, es decir, el grueso de la población se hallará representada en la parte más envejecida de la pirámide: la esperanza de vida se habrá visto incrementada enormemente; mostrándonos cómo la población mayor de 85 años aumenta increíblemente. Por otra parte, el grueso se habrá movido por encima de los 35-40 años, dejando una población infantil y juvenil minoritaria. En este sentido, una economía en la que haya menos puestos de trabajo, pero capaz de suministrar una mayor cantidad de bienes y servicios gracias a una mayor participación tecnológica es algo positivo y necesario, de lo contrario el colapso está asegurado.

Por otro lado, esta mayor tecnificación puede ser positiva en los países desarrollados, debido a su propia evolución demográfica. Sin embargo, en países menos desarrollados, con una estructura demográfica “normal”, la aparición de la robotización, que eliminará mano de obra de manera más o menos abrupta, dará lugar a tensiones mucho más acusadas que terminarán por abocar a su población a la miseria, la emigración o a estallidos violentos.

Abaratamiento progresivo de la tecnología en relación al coste de la mano de obra.

Es incontestable que la evolución tecnológica ha conllevado siempre una sustitución del trabajador por la mejor tecnología, de hecho, el avance tecnológico se produce precisamente para liberar a la persona de un trabajo mecánico y/o peligroso. La diferencia de esta revolución tecnológica con las anteriores es una cuestión de implantación temporal. Las anteriores innovaciones, que van desde la aplicación de la rueda hasta la aparición de las primeras máquinas, fueron tan lentas, que más que un perjuicio para nadie, fueron percibidas como una bendición para las sociedades.

Sin embargo, los problemas empezaron a surgir con la primera revolución industrial. Los cambios fueron tan rápidos y profundos que una gran masa de la población se vio perjudicada, desplazada de su puesto en la sociedad. Tuvieron que ocurrir profundos ajustes en la sociedad, que incluyeron alguna que otra revolución y guerras más o menos mundiales para que se volviera a un equilibrio. Éste parece estar rompiéndose desde hace unas décadas.

Y es que el cambio que se avecina ahora es mucho mayor y más rápido que todos las anteriores. Mayor porque afectará a todos los sectores y aspectos de la sociedad, más rápido porque la evolución tecnológica es cada vez más acelerada. En definitiva, es un cambio de paradigma que se alimenta a sí mismo.

Y aquí es donde aparece la propuesta del informe de la UE: los robots dotados de inteligencia artificial deben estar sometidos a una tasa o impuesto de nuevo cuño que ayude a conseguir los fondos necesarios para, por un lado, paliar la pérdida de puestos de trabajo que su implantación provocará, al menos al principio, y, por otro, colaborar en el pago de las pensiones de una población envejecida y longeva. En este sentido se declara incluso Bill Gates, uno de los mayores colaboradores en la revolución digital, que alega que los robots no pueden pagar impuestos porque no son personas, pero sus dueños sí y que el efecto principal de esto sería la ralentización del proceso, hasta que la sociedad fuera transformándose poco a poco. Además, señala que la forma de realimentar el sistema sería a través de una renta básica universal.

El resultado de todo esto es inimaginable, puesto que cabe casi cualquier posibilidad. Hay que tener en cuenta que la innovación es exponencial. La humanidad ha vivido en 150 años tanto progreso como en los 50.000 años anteriores. En los próximos 20 años el ser humano innovará tanto cómo lo ha hecho en toda su historia completa. El problema es que los cambios sociales no pueden seguir un ritmo tan rápido si no es a costa de penosos ajustes.