Desde los años 70 y 80, las grandes marcas han ido desplazando la confección de los países industrializados a las nuevas economías emergentes de Asia e Hispanoamérica. Este desplazamiento fue motivado por la búsqueda del aumento de la productividad y la reducción de los costes de los salarios, que en estos países son mucho más baratos y tuvo lugar tras un baldío intento de mejora de la productividad invirtiendo en tecnología y disminuyendo carga salarial en los países de origen.

Es por eso que a día de hoy una prenda de vestir con etiqueta española puede haber seguido un proceso como este: el algodón de India, hilada en Turquía y tejido en Bangladesh. La tela se estampa en Italia con tintes de Polonia y China. El forro de la prenda es suizo y finalmente se empaqueta en nuestro país. Todo este viaje es más que rentable para la empresa al tener subcontratados a empresas locales todos estos procesos productivos. Sólo ha subsistido en los países occidentales la rama industrial que ha adoptado alta tecnología, calidad, moda y diseño y una mínima parte de mano de obra muy especializada.

De este modo las empresas textiles, a fuerza de subcontratar a empresas locales o de montar sus propias factorías (menos frecuente) aprovechan la mejor fiscalidad de los países emergentes, el menor coste de la mano de obra y las menores presiones sindicales y/o legales para mejorar las condiciones de trabajo en los centros de producción. De hecho se calcula, según la ONG Setem en su campaña Ropa Limpia, que el coste de la mano de obra en el sector textil supone entre el 1 y el 3 por ciento del precio final de la prenda. Con ello consiguen unos beneficios astronómicos que se reinvierten en buena parte en controlar la comercialización y diseñar las campañas publicitarias, para lo cual no se duda en gastar hasta el 60% de los beneficios para pagar con importantes honorarios a aquellos personajes famosos que darán la imagen de la marca, ya que saben que estas campañas generaran nuevas ventas y un mayor aumento de los beneficios.  La mayoría de campañas publicitarias dan una imagen errónea de la realidad de la marca: lujo, consumismo, competitividad, éxito. Pero nunca nos enseñan la realidad de los talleres donde se elabora la ropa. En definitiva, estas campañas de publicidad se diseñan y se destinan a los consumidores en Europa, Estados Unidos, Canadá y Japón.

La explotación laboral en las fábricas asiáticas es un tema tabú que pocas marcas quieren abordar. Siempre ha sido objeto de polémica y la mayoría prefiere eludir el tema. Las denuncias de que había menores trabajando en las factorías que hacen la ropa para grandes marcas en sitios como India, Camboya o Bangladesh han hecho que en las últimas décadas los principales grupos con presencia mundial hayan extremado los controles.

Y si bien es cierto que los controles han aumentado, más por evitar la propaganda negativa que por defender al trabajador, probablemente, no lo es menos la enorme dificultad que entrañan tales controles. Esto es debido a que la empresas subcontratadas pueden a su vez subcontratar los trabajos a terceras empresas, con lo que habría que extender los controles a todas las ramificaciones de la producción, lo cual es algo poco menos que imposible.

Las medidas adoptadas pasan, desde el 2.003, por hacer que sean ONG con personal del país las que lleven a cabo los controles. Además, las grandes marcas, debido sobre todo al impacto que las noticias de explotación laboral pueden representar para sus cuentas, se esfuerzan por formar a las empresas productoras en temas tan amplios como política ambiental o derechos laborales.

El problema viene de las marcas más pequeñas. El margen de ganancia de producir en un país emergente (o del tercer mundo, por no emplear más eufemismos) y comercializar en los países desarrollados es tan grande que muchos empresarios no tienen ningún escrúpulo en saltarse cualquier tipo de legislación laboral, de seguridad o medioambiental. Si en un momento determinado la fábrica en cuestión es precintada o algún envío intervenido, se cambia la marca, se cambian los nombres y se vuelve a empezar.

Por otro lado, gracias al gran desarrollo del comercio electrónico, cada vez es más fácil el acceso a los mercados y más difícil el control de las empresas productoras. Y no solo eso, cuando se compra ropa a través de un portal de internet, de los muchos que, cada vez más, abundan en la red, el consumidor adquiere el producto sin ser consciente ni de dónde ha sido fabricado, ni de qué empresa lo ha fabricado. Para el consumidor, el producto tiene la marca del portal en el que lo ha adquirido. Esto significa que esta lucha para mejorar las condiciones de trabajo en los lugares de origen de las prendas está recibiendo un nuevo revés conforme mejoran las cifras de estos portales.

Así pues, que Inditex gaste en auditorías a sus proveedores entre 700 y 1.200 euros anuales por fábrica, o que H&M tenga implementado un Programa de Auditoría Completa, que vela para que en estos lugares se respeten los derechos laborales, o que Primark tenga un equipo especializado que realice 2.500 auditorías al año, es bueno, significa que estas grandes marcas han comprobado el daño que su firma puede recibir de destaparse episodios de explotación en la cadena productiva de sus productos.

Sin embargo, empresas más pequeñas a las que no les importe tanto la continuidad de su marca como el negocio rápido, o aquellas que venden bajo marca blanca a través de portales de comercio electrónico, serán las que no impongan ningún tipo de control y, además las que, en consecuencia, más competitivas se muestren en cuanto a precios.

Por último, dos detalles a tener en cuenta. Por un lado, que no podemos juzgar desde nuestra acomodada mentalidad las penurias de una familia que depende del escaso sueldo que obtienen en esas fábricas, independientemente de las jornadas maratonianas de trabajo, de las insalubres condiciones del mismo, del escaso salario o de si quien lo obtiene es un niño. Si ese salario es indispensable para el sustento, esa familia no pensará seguramente en reivindicaciones laborales.

Por otro lado, nuestro sistema de valores también influye: es más escándaloso que una prenda cara de una gran marca sea fabricada por niños que no una prenda barata de una marca desconocida, aunque la explotación pueda ser igual o mayor. En el primer caso la noticia da la vuelta al mundo, en el segundo la carencia de morbo hace que no le importa a nadie.