Existía en la antigua Roma y Grecia un método de ejecución en donde se le ofrecía al penado la posibilidad de ahorrarse la publicidad, tanto del juicio como de la ejecución, al tiempo que se garantizaba la integridad de sus bienes y el respeto a su familia. Este era el suicidio forzado y se reservaba normalmente para aristócratas sentenciados a muerte.

Ejemplos de tales prácticas fueron los suicidios de Sócrates, o de Séneca, a instancias de Nerón, que fue posteriormente también obligado a seguir este camino. A cambio de quitarse de en medio, los afectados recibían la promesa del respeto a su honor y a que ni su familia ni sus bienes fueran arrastrados en la desgracia.

Esta táctica ha sido llevada a la práctica posteriormente por la “cosa nostra” siciliana, siguiendo las directrices de la “omertá” o ley del silencio, que se establecieron, precisamente, intentando remedar la organización, la obediencia y la disciplina de las legiones romanas.

Y dicho esto, y sin que tenga nada que ver, resulta que las investigaciones han demostrado que Miguel Blesa se suicidó el otro día de un disparo en el pecho. El que posiblemente haya sido uno de los hombres más investigados y con un enorme equipaje de causas pendientes, el que ha sido íntimo del expresidente Aznar, aupado al poder por el mismo, y el uno de los que seguramente más información ha acumulado acerca de las cloacas del Gobierno de los últimos años, decide, quizás abrumado por la presión, poner fin a su decadencia y al juicio moral al que se estaba viendo sometido, al tiempo que a su vida.

Y es que Blesa ha formado parte estos años atrás de la élite de empresarios allegados a la política que han acuñado el término de “capitalismo clientelar”, o capitalismo de amiguetes nacido en torno al poder político. De hecho, fue compañero de pupitre y amigo de juventud de Juan Villalonga (que llegó presidente de Telefónica tras varios empleos en consultoría y banca internacional) y, por supuesto, colega de cuerpo, de oposición y de primer destino del que, años más tarde, sería el Presidente del Gobierno, Jose Mª Aznar. A la sombra de éste tuvo lugar su crecimiento profesional y económico, y merced al clientelismo, llegaron los cargos. Así alcanzó un puesto en el consejo de administración de Caja Madrid en 1.996, que le abriría las puertas a su presidencia. Eso sí, siempre siguiendo las directrices del partido que le había aupado, hasta que una presunta guerra de poder entre Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz-Gallardón propició su sustitución al frente de la entidad financiera por otro paladín del capitalismo de amiguetes como fue Rodrigo Rato.

Durante su gestión al frente de Caja Madrid tuvo lugar la creación de la operativa de las “tarjetas black”, que significó un aumento encubierto de la remuneración de los consejeros y que le supuso, 21 años más tarde una condena de seis años de prisión.

Igualmente, fue su gestión la que permitió a Caja Madrid conceder sin apenas control miles de millones en hipotecas y créditos para promociones, así como saltarse los propios estatutos de la entidad para propiciar subidas injustificadas de sueldos de los directivos de la misma. Igualmente fue en esos años en los que se ideo y se puso en marcha el sistema de colocación de las acciones preferentes, es decir, la colocación de 3.000 millones de euros a clientes de Caja Madrid, la mitad de ellos a personas de avanzada edad.

Pero ya su estrella había caído. Su declive comenzó cuando, con su negativa a que Caja Madrid comprase Bancaja y saliera a bolsa, acabó en el bando de Ruiz-Gallardón, enfrentándose a Esperanza Aguirre y Rodrigo Rato. Se produjo entonces su salida forzada de la entidad financiera dando comienzo, poco después, su carrera como imputado (o investigado) en varias causas.

Pero no se habla de un señor cualquiera. Blesa, o más bien sus abogados, supieron pelear sus causas pendientes tan bien que lograron incluso hacer caer al juez Elpidio José Silva por diversas irregularidades, el mismo que le estaba juzgando y que le hizo pisar dos veces la cárcel.

El cerco se estrechó a partir del 2.012, cuando Bankia tuvo que ser rescatada. Los informes y documentos del sumario de Bankia que se filtraron señalaron que la mala gestión de Caja Madrid y su política de concesión de hipotecas durante los tiempos de Blesa influyeron mucho más en el desastre de Bankia que la salida a bolsa de 2.011 y las decisiones de Rato.

Desde entonces, decadencia, acoso por parte de medios de comunicación, claramente a favor de los preferentistas, y el peso de las medidas judiciales, que fueron cercando y acorralando al que fue una vez uno de los hombres del Presidente.

El caso es que las fianzas y la condena de las “tarjetas black” y las remuneraciones irregulares habían debilitado las finanzas de Blesa, que argumentó en el último juicio que apenas podía hacer frente a sus facturas. De hecho, sus principales propiedades inmobiliarias, en La Florida (Madrid) y Jaén estaban embargadas por la Audiencia. Además, también quedaban pendientes la causa por las preferentes de Caja Madrid, que lleva años paralizada en la Audiencia Nacional.

Con su muerte, todas las responsabilidades penales quedan extinguidas, queda ver la responsabilidad patrimonial para sus herederos, que puede ser nula si renuncian a la herencia. Sobre todo, teniendo en cuenta el proceso de “adelgazamiento” al que se ha sometido en los últimos años el patrimonio del exfuncionario y exbanquero.