El sector financiero, tras su rescate, está dedicando sus esfuerzos a llevar a cabo una profunda reconversión. De tener una banca diversa con un buen puñado de entidades relativamente pequeñas que se expandieron excesivamente en los tiempos de la burbuja inmobiliaria, estamos asistiendo al nacimiento de una banca mucho más concentrada, teóricamente más saneada y que no hace sino soltar lastre en forma de sucursales y de empleados.

De hecho, el FMI sostiene que “la racionalización de oficinas de manera que la ratio entre depósitos y oficinas de cada muestra alcance la media europea, podría reducir los costes operativos en cerca de 23.000 millones de dólares en toda Europa, el equivalente al 23% de los beneficios después de impuestos de los bancos analizados”.

Nuestro país, ha tomado diligente nota en este punto y lo está aplicando de tal manera que, debido a la disminución de entidades, una de cada cuatro pymes españolas utiliza ya un solo banco en su operativa, hecho reforzado tras la absorción del Popular, que era el banco especializado en pymes, con un 17% de cuota de mercado. De hecho, el cierre de sucursales, desde el 2008 hasta enero de este año, ya ha alcanzado la cifra de 15.500 oficinas, según datos de la Asociación Española de Banca (AEB).

La consecuencia lógica es la necesidad de disminuir también los costes salariales. Y en este sentido, entre prejubilaciones, acuerdos o directamente despidos, sólo en el año pasado 8.550 personas dejaron de trabajar en bancos, según datos de CCOO, cifra que representa más del 10% del total de los 81.000 empleados forzados a abandonar su trabajo en el sector en los últimos ocho años. La plantilla total, incluyendo cooperativas de crédito y cajas de ahorro restantes, apenas supera 189.000 personas actualmente.

No hay que olvidar que, además de la propia crisis del sector, que ya le golpeó duramente, la política de tipos de interés bajos llevada a cabo por el BCE, propició el descenso del volumen de negocio del sector en un 16%, sobre todo en lo que se refiere a la concesión de créditos. La reacción de la banca fue la disminución de costes, el incremento de las comisiones y la colocación de otros productos como seguros y fondos de inversión. Sólo la posibilidad de que el BCE inicie una subida de tipos el año que viene es vista como el fin de las estrecheces y la llegada de un nuevo ciclo positivo para la banca.

Sin embargo, el problema, ahora que parece que por fin la crisis parece estar zanjada, viene de la mano de la excesiva concentración bancaria, que ha provocado que de las más de 40 entidades que había en 2007, hoy apenas queda una docena, perdón, once, tras la absorción de BMN por parte de Bankia.

Esta concentración, reconocida por el presidente de Bankia, José Ignacio Goirigolzarri, provoca que, en nuestro país, las cinco primeras entidades acaparen el 72% de los activos (frente al 42% de 2008), “una tasa muy superior” a la de todos los países europeos, excepto Holanda.

Las consecuencias de esto no son otras más que las derivadas de cualquier mercado de tipo oligopolista: un encarecimiento de los productos ofertados (en este caso el crédito y la financiación) y una desviación del excedente de los consumidores hacia las empresas dominantes.

El sector de la banca se defiende sobre este extremo, alegando dos argumentos principales: por un lado, que “Europa está sobrebancarizada” y que precisamente España es la que ha hecho sus deberes al reducir el número de operadores bancarios, por otro lado, desde la AEB se señala la existencia de una feroz competencia en el mercado, aunque invisible para el consumidor. Tal competencia se debe a la aparición en el mercado de nuevos operadores financieros de la mano de las nuevas tecnologías. La banca tradicional empieza a mirar de reojo a los nuevos agentes financieros, englobados dentro de lo que se conoce como “fintech” o empresas financieras tecnológicas que, a través de portales electrónicos comienzan a colocarse donde más margen tienen los bancos, ofreciendo tarjetas de crédito, préstamos al consumo, financiación de proyectos y otros productos con los que empiezan a concurrir en clara competencia con el sector bancario tradicional.

La realidad, sin embargo, todavía no es esa. Si bien es cierto que el sector de las fintech esté claramente en auge, no lo es menos que todavía se trate de un sector naciente, cuyas posibilidades de crecimiento se hayan aún muy limitadas por la falta de una regulación legislativa clara. De hecho, sólo la Ley 5/2015 de 27 de abril, de fomento a la financiación empresarial, regula de alguna manera el Crownfunding.

Así las cosas, lo ocurrido con el mercado eléctrico puede dar alguna pista sobre el futuro de la banca: asistimos a una concentración bancaria sin precedentes, que conlleva un adelgazamiento del sector tanto en número de oficinas como de empleados. Por otro lado, la implementación de la banca electrónica intenta dar solución a este adelgazamiento del sector y, mientras las entidades se esfuerzan en trasladar su negocio a internet, nuevas empresas con ideas, agilidad y sin el lastre de las entidades tradicionales, intentan hacerse con un hueco en el mercado. La regulación incompleta o inexistente posibilitará que, en un futuro, cuando la banca tradicional esté más preparada, una nueva legislación golpee a estas empresas emergentes, de modo que el negocio bancario no sufra en demasía. No vaya a ser que una competencia inesperada dañe un sector que hemos rescatado entre todos.