A principios de marzo, el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, presentaba su Libro Blanco acerca del futuro de la Unión Europea. Un documento que, en unas cuantas páginas, esbozaba el panorama de Europa, tras la salida del Reino Unido, y dibujaba las cinco posibles alternativas de futuro que se abren para la Unión.

Es evidente que desde el seno de las instituciones europeas se palpa el creciente desencanto de muchos sectores de la población, que se materializa en el creciente ascenso de partidos políticos con un claro componente nacionalista, en detrimento de la idea de una Europa unida. Por primera vez, en países tradicionalmente europeístas, se ha visto cómo partidos políticos que desean un control y una marcha atrás en la idea de construir Europa, han ganado peso en el escenario político. Por primera vez se ha asistido a algo inédito, tras décadas construyendo un espacio europeo en el que todos querían entrar, uno de los países de dentro ha votado salir, lo que indica el estancamiento en el que la UE se encuentra.

El análisis de posible futuro abarca hasta el año 2025 y contempla cinco posibles alternativas de futuro de la Unión. En ellas muestras las ventajas de lo que sería una Europa más integrada, pero también lo que significaría un retraso en la integración, una contracción de la misma y hasta una renuncia a lo alcanzado hasta ahora. Tales son los cinco escenarios de futuro:

  1. Seguir como hasta ahora. Referido como el “modelo de Bratislava”, en referencia al encuentro en septiembre del año pasado en dicha ciudad, en la que fue la primera reunión de jefes de Estado y de Gobierno de la UE sin Gran Bretaña. Este modelo defiende continuar la tónica que nos ha traído hasta aquí, con sus ventajas y desventajas. Confiando en que, una vez superada la crisis y vuelto a la senda del crecimiento, las aguas regresen a su cauce y terminen las disputas entre los distintos países. El problema es que, a día de hoy, el sentimiento generalizado es que Europa, con su inmovilidad y su excesiva burocracia, ya no es una solución de futuro, sino un problema para mejorar el mismo. Es una solución de no hacer nada y confiar en que todo se arreglará por sí mismo: sin duda muy del gusto de nuestro Presidente del Gobierno.
  2. Limitarse a una Europa con mercado único. Es decir, volver a la Comunidad Económica Europea, poco más o menos, con libre circulación de bienes y capitales, pero no de personas. Esta posibilidad, no desdeñada por muchos, supondría una marcha atrás en parte de los avances ya hechos en las últimas seis décadas. Supondría centrarse en la economía y olvidarse de una política común en defensa, refugiados, inmigración o seguridad. Esto significaría la retirada de una buena parte de la legislación europea vigente y, aunque no hay ningún estado miembro que la defienda, el mero hecho de su inclusión en este documento ya supone la apertura de la posibilidad como algo tangible.
  3. La Europa de las dos velocidades. Una idea de la que se lleva décadas hablando, políticamente viable pero complicada en la práctica. Esta posibilidad supone que el avance de los 27 países en la idea de la Unión se daría en bloques, dependiendo del grado de alcance en las metas predeterminadas. Esto daría lugar a coaliciones y alianzas entre países para avanzar o permanecer en determinados aspectos, como podría ser seguridad, medio ambiente, etc. Europa se dividiría entre los países que desean ir más rápido y los que desean alargar la espera hasta encontrar más apoyos o más sensibilidad en su población o en los países vecinos o, simplemente, tiempos mejores. Esta es, posiblemente, la solución que con más apoyos cuenta, ya que permitiría a los países entrar o no en según qué medidas, algo que realmente ya se está haciendo, por ejemplo, con la unión monetaria: hay países que no han adoptado el euro a pesar de pertenecer a la UE.
  4. Menos integración, pero mejor. Es, sin duda, el escenario más complicado, porque supone consensuar las áreas con voluntad para avanzar, desarrollarlas al máximo y lo más deprisa posible, convertir Europa en un Estado federal en base a esas áreas comunes y devolver todo lo demás a los Estados. Parcelas como la salud pública, políticas sociales o de empleo, en las que se percibe un limitado valor añadido, estancamiento o imposibilidad de avanzar se devolverían a los Estados, avanzándose en el resto hasta conseguir una política realmente común. Quizás muy poco, pero tangible y real. El problema es que confirmaría el fracaso político de la Unión, que no habría logrado cumplir su objetivo fundacional de unión política, militar, o geográfica.
  5. La opción de “hacer más cosas juntos”. Es el extremo opuesto de centrarse en el mercado único y supone abandonar las excusas y avanzar buscando una respuesta europea a todo, olvidándose de nacionalismos, competencias o soberanías. El problema es la falta de fe en este modelo, el auge de los nacionalismos antieuropeistas, hasta el extremo del “Brexit” da una idea de hasta qué punto hoy se ve más a la Unión Europea como parte del problema que como la solución al mismo.

Lo que está claro es que Bruselas está cansada de las críticas a la UE por parte de los Estados miembros sin que les acompañen propuestas para solucionar los problemas. La creación de este Libro Blanco debe servir de base y de toque de atención a los Jefes de Estado y de Gobierno, con el fin de que se posicionen por fin en uno de los cinco escenarios, con lo que se iniciaría el debate acerca de lo que Europa debe ser.

El debate europeo es, sin duda, imprescindible, porque Europa es más una restricción que una oportunidad. El abismo entre países y entre las instituciones, la élite política y la burocracia comunitaria con la ciudadanía es tan profunda que se acerca el momento de reinventar la Unión o abandonar la idea de la misma.