A mediados del 2014 empezamos a asistir a un proceso de caída libre de los precios del petróleo. La debilidad de la demanda debida a la crisis, unida a un desacuerdo generalizado por parte de los productores para ajustar la producción desencadenó una caída libre de los precios que sólo se frenó en 2016, cuando, al fin, Arabia Saudí dio su brazo a torcer y permitió un ajuste de la producción.

Pero dentro de este escenario participan muchos actores en los que se mezcla lo económico con lo geopolítico. El principal papel lo ha tenido, y lo tiene, Arabia saudí que, embarcada en dos guerras necesita mantener el control del mercado para sostener su papel en el mundo. La primera de estas guerras es la que mantiene en Yemen contra Irán, otro de los grandes en producción de petróleo, en un pulso por mantener su liderazgo el primero y recuperar su cuota de mercado el segundo, tras el levantamiento de las sanciones de la ONU. La segunda es la guerra económica que mantiene por destruir/dañar/torpedear la producción petrolífera a través de procesos de fracking, en la que Estados Unidos, sobre todo, está invirtiendo a fondo. No hay que olvidar que, tanto en 2013, como en 2014, Estados Unidos fue el mayor productor de crudo gracias a esta técnica.

A día de hoy, la inestabilidad en los precios es la tónica. Nadie sabe la evolución futura de los precios, sobre todo debido a que dos de los principales consumidores mundiales siguen reposicionándose. China, a costa de un elevado coste medioambiental, intenta desde hace años mejorar su independencia energética quemando carbón. No en vano tiene las dos terceras partes de las reservas mundiales. Además, lleva años interviniendo políticamente en lugares productores de petróleo como en Darfur, al margen de sus tradicionales reclamaciones de archipiélagos aledaños de sus costas en los que se sospecha que podrían existir importantes reservas. Por su parte Estados Unidos, desde la llegada de Trump, ha intensificado su interés por lograr la independencia económica, y el fracking, que ya parecía un mal recuerdo debido a las numerosas quiebras de empresas que tuvieron lugar durante la bajada de precios, vuelve ahora con fuerza debido a dos razones fundamentales:

Por un lado, la rápida monetización de estas instalaciones. En apenas un año se puede se puede perforar un pozo vertical, comenzar la fracturación horizontal y tener producción.

Por otro, la mejora tecnológica juega a favor del fracking, haciendo viables explotaciones a precios de 50-60 dólares el barril. Algo impensable hace unos años. A mediados de 2014, con el precio del barril por encima de 100 dólares, Arabia Saudí decidió iniciar la guerra contra los productores de fracking, con unos costes de producción más altos, y empezó a bombear para inundar el mercado de barriles de petróleo, bajar drásticamente el precio del oro negro y expulsar del mercado a los productores de fracking que estaban robando rápidamente cuota de mercado a los países productores de la OPEP. Dos años más tarde, con múltiples quiebras por parte de estas empresas por en medio, las empresas supervivientes han incorporado tecnologías que les permiten reducir sus costes de los 80 dólares/barril a poco más de 30. Por lo que es de esperar, bien un renacer de estas empresas, que con su producción restarán poder a la OPEP, o una nueva guerra de precios que mandará a los mismos a extremos cercanos a los 20 dólares/barril.

Así, tras la reducción de la producción de petróleo llevada a cabo por la OPEP, que llevó consigo el repunte de los precios del crudo a los 50 dólares/barril, el número de pozos en Estados Unidos no ha dejado de aumentar, pasando de algo más de 400 en abril de 2016 casi el doble en la actualidad. Lo que lleva a la producción estadounidense a los 9 millones de barriles diarios, muy cerca del pico de 9,6 millones de mediados de 2015. El significado de esto es que puede que la OPEP haya perdido el control sobre el mercado del oro negro.

Los grandes damnificados por ahora de todo este embrollo son Venezuela y Rusia, que con poco poder de decisión asisten impasibles al pulso entre Irán y Arabia saudí por controlar la producción de petróleo y a la bajada de precios, parece que ahora controlada. Venezuela, miembro de la OPEP y con las reservas más grandes conocidas a nivel mundial, tiene el problema de una difícil y cara extracción, lo que hace que necesite precios del barril por encima de los 50 dólares. Rusia podría ser el tapado, no es miembro de la OPEP y tanto su producción como sus reservas son también importantes. Además, con un potencial desconocido: a causa del calentamiento global, el descongelamiento de Siberia podría propiciar el descubrimiento de importantes yacimientos que condicionarían un nuevo equilibrio geopolítico.

¿Cuáles son las ventajas y desventajas de una nueva eventual caída de precios?

Como ventaja, para países como el nuestro, que sólo produce el 0,4% del petróleo que consume, los precios bajos del carburante son una buen anoticia, aunque estas bajadas no se transmitan al consumidor final. Por otra parte, la bajada de ingresos en los países productores tiene un efecto arrastre sobre las economías regionales e incluso mundial. En el caso de España, esta amenaza se focaliza en países productores donde hay una amplia presencia de empresas españolas, comoBrasil o México.

Además, existe otro componente negativo: un crudo barato podría frenar la ejecución de medidas dirigidas a impulsar energías alternativas como las renovables o de inversiones en eficiencia energética.