Hace casi 8 años, comentabamos por aquí un fragmento del libro “El Dinero” de John Kenneth Galbraith que me gustaría rescatar de nuevo.

Como el marco se inutilizó en gran parte como medio de cambio en la Alemania de después de 1945, se empezó, como siempre, a usar sustitutos. Más concretamente, hubo un retorno a una de las monedas clásicas de antaño, a saber, el tabaco. Este podía tenerse ahora en una forma muy superior. En vez de la hoja que pasaba torpemente de mano en mano, o del a veces sospechoso certificado del almacén, estaba el recién acuñado y estandarizado cigarrillo. Era el equivalente, en todos los aspectos, de una moneda reputada. El cigarrillo suelto era una excelente calderilla y el paquete de veinte cigarrillos o el cartón de doscientos eran múltiplos adecuados para mayores transacciones. La forma decimal resultaba modificada, pero no hasta el punto de presentar dificultades matemáticas.

Pocas formas de dinero han sido más difíciles de falsificar. Y ninguna tuvo una tendencia tan grande a la autorregulación de su valor. Si el valor en cambio de los cigarrillos tendía a bajar, es decir, si la oferta era demasiado grande y el precio de los productos a cambiar por los cigarrillos era demasiado alto, el poseedor de esta moneda podía preferir fumársela a ponerla en circulación. Esto producía el efecto de reducir la oferta y sostener el valor. Hubo algunos abusos de los que recogían colillas y las «reciclaban» en nuevas monedas de menos valor. En 1946, en los lavabos de la oficina del general Lucius Clay y de otros altos funcionarios militares americanos había un rótulo en alemán: «No tiren colillas en los sumideros.» Un soldado, que había observado la diligencia con que eran buscadas éstas para el «reciclaje», añadió al pie del letrero esta explicación: «Se humedecen y son difíciles de fumar.» Sin embargo, esta moneda inferior podía reconocerse fácilmente y sólo era aceptada con un descuento adecuado. El instinto de los primeros colonos americanos, en el sentido de que el tabaco era un admirable medio de cambio, fue firmemente confirmado por la experiencia de los alemanes después de la Segunda Guerra Mundial.

Incluso los paracaidistas de Normandia, a los cuales precisamente no les sobraba espacio en sus mochilas, llevaban tabaco.

La mochila que llevaban a la espalda, era del modelo 1936 y era conocida como ‘Musette’. No era muy querida porque, a pesar de que los paracaidistas necesitaban una gran cantidad de espacio, era más bien pequeña. No obstante, sólo disponían de esta, así que solían llevar raciones de combate, brazaletes para detectar gases o armas químicas o ponchos para evitar la lluvia. Y por supuesto tabaco, un ‘arma’ esencial durante la Segunda Guerra Mundial para los soldados. Y es que, aquellos que fumaban lo cambiaban por otras cosas para no verse obligados a pasar el síndrome de abstinencia, y los que no, trapicheaban con él a precio de oro.

«Los cigarros se cotizaban mucho, no solo entre los soldados, sino entre la población de las ciudades que visitaban. De hecho, en aquella época era posible cambiar dos paquetes de tabaco americano por un pollo» añade el experto español.

¿Y qué ocurriría si poco a poco la gente empezase a dejar de fumar,? ¿Qué pasaría con una moneda que perdiese su valor?

Pues que aparecería otra.

Y eso es justo lo que ha ocurrido en las prisiones de los EEUU, en donde el tabaco ha sido el «dólar» de uso corriente durante décadas. Dos causas han sido las principales para su pérdida de liderazgo, por un lado la menor demanda de su uso final y por otro la creación de una necesidad nueva que el tabaco no cubría. En este post de Magnet cuentan muy bien lo ocurrido.

Desde los años 2000 y por un cambio en los contratos otorgados a empresas privadas para que gestionen la alimentación de los presidios, ha bajado enormemente la ingesta calórica por interino. Si la alimentación media de un estadounidense es de 3700 calorías por adulto masculino, en las cárceles ha pasado a ser 3000. Y de tres comidas calientes diarias, a dos más una fría entre semana y sólo dos los sábados y domingos.

Eso ha llevado a los delincuentes a buscar una alternativa lo suficientemente barata y manejable y de alta unidad calórica. Los paquetes de 80-100 gramos de fideos a más de 350 calorías se han convertido, pues, en los reyes de las cárceles, y la gente negocia sus intercambios y su reparto de tareas en “unidades de sopa”. Tal y como le contó uno de los reclusos a Gibson-Light, “he visto peleas por el ramen. Hay gente que muere en disputas por esa sopa”.

Así es, el nuevo «dólar» de las prisiones son los paquetes de fideos instantáneos, que de alguna manera comparte muchas similitudes con el tabaco. Son bastante duraderos, difíciles de falsificar y si el valor baja demasiado, te los comes. Estamos ante un ejemplo más de un valor refugio que deja de serlo. Da igual que sea tabaco, oro, inmuebles, acciones o incluso dólares, nada te garantiza en un futuro que algún factor externo haga que tus inversiones pierdan valor.