A las puertas de las nuevas elecciones, hemos asistido a toda una enciclopedia acerca de cómo desgastar al adversario, cómo bloquearse los unos a los otros, cómo eludir el bulto y mirar para otro lado mientras le echas las culpas a los demás, y demás lindezas que, lejos de recordarnos al Príncipe de Maquiavelo, más nos ha recordado al género literario español por antonomasia: la picaresca. Lo triste es que sin los grandes autores del siglo XVII estos protagonistas de novela barata nos proporcionan tramas llenas de hastío, desespero y costes.

Tras el resultado electoral tocaba pactar y crear un gobierno de coalición, pero nuestros amados líderes políticos no han cumplido con la primera tarea que les fue encomendada: formar gobierno. La lista más votada ni lo ha intentado, pero ha dejado bien claro que si se formaba un gobierno ellos debían liderarlo. La segunda opción lo intentó, pero con un ojo puesto en la retaguardia por si alguien de su propio partido le arrebataba el puesto y el otro en impedir un nuevo gobierno del PP casi a toda costa. Sea como sea, lo que es claro es que el coste de estar sin gobierno durante más de seis meses, además de tener que celebrar nuevas elecciones es claramente un despilfarro en un país que tiene como uno de sus máximos problemas uno de los déficits públicos más elevados de toda Europa.

Ahora toca afrontar los 80 millones de coste directo que tiene la nueva convocatoria de elecciones. Sin embargo, la cifra real puede llegar hasta los 192 millones de euros, si se tiene en cuenta el gasto que hacen las administraciones públicas, la logística, el escrutinio y sistemas informáticos y el voto por correo. Por poner un ejemplo, las pasadas elecciones, las fallidas, tuvieron un coste de 130.244.505,08 euros según ha publicado el propio Ministerio del Interior. Pero además, a esto hay que añadir el de seguir manteniendo el gobierno en funciones, que no puede gobernar pero sí seguir cobrando sin realizar la mayor parte de sus tareas, además de que todos los diputados y senadores electos están cobrando sus remuneraciones sin ni siquiera trabajar, a la espera como están de revalidar su cargo o dejarlo según sea el resultado de la nueva cita con las urnas. Y para algo que éticamente podrían hacer y que deberían sentirse obligados a hacerlo, como es renunciar a cobrar de nuevo las subvenciones o, al menos, a aligerar las cargas económicas de la nueva campaña, tampoco se han puesto de acuerdo y los ciudadanos volveremos a pagar unas elecciones de tres platos, café, copa y puro.

No importa que el 86,8% de los ciudadanos esté en contra de repetir el envío de papeletas y propaganda o que el 83,1% opine que los partidos deban renunciar a la subvención, con campaña de change.org incluida, de hecho, todos los partidos coinciden en que se deberían aligerar los costes de la nueva cita electoral, pero todos igualmente alegan que esto ha de hacerse de manera consensuada entre todas las formaciones, y aquí volvemos a encontrar el problema: son incapaces de llegar a cualquier tipo de acuerdo entre ellos.

En cuanto a los beneficiarios, si atendemos a los resultados obtenidos en diciembre, la formación de Mariano Rajoy es la principal beneficiada de las subvenciones, al tratarse del partido con mayor representación. El PP tendría derecho a una subvención de 17,4 millones, sin envíos postales, aunque la ley sólo permite recibir hasta 12 millones. Mientras que la formación de Pedro Sánchez tendría derecho a 11,8 millones, aunque si se cumplen sus pronósticos, sólo llegaría a ingresar nueve. La misma circunstancia se produce con el partido de Albert Rivera, cuya subvención podría superar los tres millones y medio de euros, pero sólo ingresarán lo que gastaron: cuatro millones.

En peores circunstancias se encuentra IU-Unidad Popular, debido a que al no obtener grupo propio ha incurrido en importantes deudas. La subvención que percibiría no llega al millón de euros, mientras que la formación llegó a gastar más de dos. Su situación empeoraría notablemente si ahora se recortan las partidas de gastos. Que me perdonen mi maldad al suponer esto un acicate a su unión con Podemos. En cuanto a éstos, aseguran no depender de las subvenciones, ya que se financian a través de microcréditos, pero podría cobrar los algo más de dos que reconoció haber gastado durante la campaña aunque le correspondieran hasta 8,2 millones.

Estamos por tanto nuevamente invitados, a nuestro pesar, a una nueva fiesta de la democracia, carteles, mítines, escuchar despropósitos, debates, encuestas… la bolsa de cotillón completa. Sin embargo, para mí lo peor no es eso, lo peor lo tendremos si repetimos resultado. Es decir, ¿y si los resultados obligan nuevamente a nuestros políticos a pactar entre ellos para formar gobierno?