Con el segundo asalto de las consultas para la formación de Gobierno en marcha, nadie duda a día de hoy de que la incertidumbre política está empezando a hacer mella en la confianza de los mercados. Rajoy no quiere quemarse en una investidura imposible y lanza la pelota al tejado de PSOE-Podemos. Sánchez no quiere apostar por un “todo vale” para ser presidente, lo que le está socavando dentro de su propio partido, y las pocas intenciones que pudiera tener de pactar con el PP se han visto bombardeadas por el enésimo caso destapado de corrupción del partido gobernante. Que no se sabe dónde el PP tiene el límite para dejar de hablar de casos aislados de corrupción y empezar a reconocer que tiene un grave problema con la misma a nivel estructural.

Lo que está claro es que no se descarta ya ningún escenario, incluida una segunda vuelta a las urnas, y que ni aun esa opción sería capaz de solucionar el problema ya que nadie garantiza que no volviera a plantearse el mismo escenario tras las nuevas elecciones, con lo que tendríamos la misma situación que ahora con el agravante de que daríamos la sensación de no poder arreglarlo.

La España de hoy ha salido, más o menos, de la crisis tras sufrir la peor recesión desde la Guerra Civil que tuvo su origen en el exceso de endeudamiento de empresas, familias y bancos, muy relacionado con el boom inmobiliario entre 1998 y 2004. El pinchazo de la burbuja provocó la destrucción de 1,5 millones de puestos de trabajo, dos de cada tres empleos destruidos entre 2008 y 2011. La situación que recibía Rajoy era mala y por eso los españoles le concedieron la mayoría absoluta. Pero su gestión económica ha provocado enormes penurias a los votantes y por eso el PP ha perdido millones de votos.

A duras penas hemos alcanzado el nivel de empleo del 2011, hay 700.000 parados más que han perdido la prestación y son pobres, a todos los españoles nos han subido todos los impuestos, tenemos peor educación, peor sanidad, menos ayudas para los discapacitados, menos becas, menos gasto en I+D+i, un gran agujero en el sistema de pensiones públicas y 300.000 millones de euros más de deuda pública que hace cuatro años.

La compra de deuda del BCE y la bajada del precio del petróleo han permitido que volvamos a crecer y a crear empleo, pero los salarios están estancados, algo insólito en una economía en crecimiento. En 2015 Rajoy cerró el déficit 10.000 millones de euros por encima de lo previsto y en 2016 habrá que recortarlo en 20.000 millones. Las comunidades autónomas han reducido su déficit a la mitad. Pero el déficit conjunto de la Administración central y la Seguridad Social fue en 2015 casi un 50% superior al que dejó Zapatero en 2011. Rajoy ha subido los impuestos 25.000 millones, gasta 10.000 millones más en pago de intereses de la deuda y 10.000 millones menos en prestaciones por desempleo.

En cuanto al sistema público de pensiones, Rajoy deja un desfase de 32.000 millones de euros y se ha comido la mitad de la hucha heredada. En 2015, con creación de empleo, los ingresos crecieron 1% y los gastos con las pensiones congeladas un 3%. Si no cambiamos nada en 2019 el desfase de las pensiones será de 45.000 millones, el 4% del PIB.

A modo de justificación, se puede alegar que la actuación en términos de política económica del Gobierno se ha desarrollado en un entorno de limitado margen de maniobra, iniciado desde antes del inicio de legislatura y marcado por las exigencias impuestas por Bruselas y la presión de los mercados. Y es un hecho que un cambio de signo del Gobierno sólo puede generar incertidumbre e inquietud entre los agentes económicos, acostumbrados al “dejar hacer” del Sr. Rajoy y poco amigos de los profundos cambios del modelo productivo que promete su alternativa en el Gobierno. Ya que previsiblemente su mayor trabajo sería desmontar todas y cada una de las medidas del PP a lo largo de estos cuatro años, desde la reforma laboral, que aun incompleta y no del todo satisfactoria, era necesaria, hasta la Ley de Educación, que sufriría su enésima (y de nuevo sangrante) reforma, como cada vez que hay un cambio de signo del Gobierno.

Por ahora sólo vale esperar a que alguno de los dos candidatos cuente con los suficientes apoyos para formar Gobierno, y cruzar los dedos para que, si es el ganador de las elecciones, aprendida la lección, intente gobernar un poco más para aquellos que le han de votar y limpie de una vez la casa de toda esa generación de corruptos que usan sus cargos públicos como si fuera su cortijo y, si es la opción alternativa, centren más sus esfuerzos en construir un modelo económico eficaz que en destruir lo que se ha hecho en la anterior legislatura, que no todo ha sido malo.