De todos los despropósitos de la construcción desmedida en nuestro país, mi favorito, por volumen de inversión, por faraónica desmesura y por ridículo espantoso, es sin duda el Aeropuerto de Ciudad Real. Es por eso que sigo con especial cariño esa muestra de despilfarro desmedido, símbolo de una época en la que los españoles “vivíamos por encima de nuestras posibilidades” y cuyas consecuencias seguimos pagando todos (y seguiremos por unos años más).

El Aeropuerto Don Quijote (que así se llamó durante un tiempo) se concibió durante la época de los 90 como alternativa a aliviar la congestión que desbordaba a Barajas, al límite de su capacidad, con el fin de ubicar en él a las compañías de bajo coste, en plena expansión y para las que el aeropuerto madrileño no tenía espacio. La otra alternativa era ampliar Barajas. Como buenos que somos, ante una alternativa con dos opciones, o realizamos las dos o ninguna. En este caso se hizo lo primero: es decir para aliviar a Barajas, se planificó la construcción del Aeropuerto de Ciudad Real y al mismo tiempo se aprobó la ampliación con la famosa Terminal Cuatro. Tras una serie de retrasos relacionados con temas ambientales (hay que decir que en esto también somos unos campeones: primero hacemos la inversión y luego valoramos los estudios de impacto ambiental), el aeropuerto fue inaugurado el 18 de diciembre de 2008. Dos años más tarde de su inauguración el aeropuerto, un monstruo que se proyectó para dar servicio a 2 millones de pasajeros al año, apenas operaba 2 vuelos diarios, lo que suponía una media de 20 pasajeros al día. De hecho, el proyectado enlace con el AVE que comunicaría con Madrid ni siquiera llegó a construirse. En octubre de 2011 el aeropuerto dejó de operar líneas regulares y en abril de 2012 hizo lo propio con vuelos privados, cerrando sus puertas hasta el día de hoy.

Y así, tras un coste de construcción que puede rondar los 1.100 millones de euros, tras haberse llevado por delante a la Caja Castilla La Mancha (CCM aportó 400 millones de financiación al proyecto y se vio al final empantanada porque prestó a su círculo de empresarios amigos para invertir lo prestado en obras del propio aeropuerto) y haberse llevado también por delante al gobierno autonómico de la región, el aeropuerto fue tasado en 40 millones de euros y se dispuso su subasta judicial, siguiendo el proceso de concurso de acreedores.

A día de hoy el aeropuerto está en venta pudiendo pujar por el 70% del valor de tasación: 28 millones. Sin embargo, la noticia curiosa y alarmante ha surgido cuando una empresa constituida hace apenas tres meses en Madrid ha realizado una puja de 10.000 euros tras depositar la fianza de dos millones de euros que le permitía concurrir a la subasta. El grupo supuestamente chino Tzaneen Internancional fue el único oferente en la subasta realizada por el Aeropuerto Central de Ciudad Real, lo cual no le convirtió en dueño del mismo, ya que no alcanzó el mínimo del 70% del valor de tasación, pero lo posiciona para que sea así si tras el transcurso de los plazos reglamentarios no se presenta una oferta superior. Las reacciones han sido variopintas: desde la negación de que esta venta se vaya a producir a este precio, ya que los avales depositados podrían no ser válidos, hasta la indignación más extrema por parte de algunos sectores de la ciudadanía. Por su parte, la empresa ha expresado que no sólo es el precio de compra el único coste asociado a la operación, ya que el aeropuerto acumula deudas por valor de 319 millones, además de que para hacerlo operativo habría que realizar inversiones por valor de 100 millones adicionales de euros.

Lo cierto es que la historia de este aeropuerto reúne todos los elementos clásicos de lo peor de una época: la puesta en marcha de un proyecto descoordinado y apresurado, el intento de zanjar los problemas a golpe de amiguismos, una financiación irregular con pelotazo de libro que ha llevado a una buena parte de la clase política y empresarial de la Comunidad de Castilla-La Mancha ante la fiscalía anticorrupción, una obra faraónica con unos costes disparatados, un breve funcionamiento subvencionado y con unos costes monstruosos y un proceso judicial de subasta pública que venderá el activo a precio de saldo, sea cual sea el resultado, o peor, que no lo venderá dejando al aeropuerto como monumento a lo que nunca debió ser.

Como nota final, las declaraciones de Carlos Fabra en la inauguración de otro célebre aeropuerto fantasma, el de Castellón, que ni siquiera tenía permiso para operar:

“Hay quienes dicen que estamos locos al inaugurar un aeropuerto sin aviones, pero no han entendido nada. Durante el próximo mes y medio cualquier ciudadano que lo desee podrá visitar la terminal o caminar por las pistas de aterrizaje, algo que no podrían hacer si fueran a despegar o aterrizar aviones”

El único consuelo es que en este la inversión fue mucho menor: apenas unos 150 millones de nada. No está mal como lugar para pasear.