Según la última Encuesta de Población Activa (PDF), la desocupación se volvió a incrementar en España en enero con un repunte de 77.980 personas, lo que sitúa el total de personas sin empleo en 4.525.691, según datos publicados por el Ministerio de Empleo y Seguridad Social español. Al margen de haberse obtenido unos buenos resultados generales, respecto a lo que enero tradicionalmente ha venido brindando en datos históricos, sigue dando unos resultados altamente inquietantes. La alta proporción de contratos eventuales realizados respecto a la contratación fija, lo que significa un mayor avance de la precariedad.

De hecho, según fuentes de Eurostat, la proporción de trabajadores eventuales en España dobla en todos los sectores a la media europea, siendo el caso especialmente llamativo cuando hablamos del propio sector público. El sector público tiene la misma actividad y el mismo cometido en España, en Francia, Suecia o el Reino Unido. Sin embargo, la temporalidad en el sector público español es muy elevada: llegó al 25% en los buenos tiempos, en aquellos todavía de bonanza económica, y pese a los recortes, aún se mantiene por encima del 20%. Es decir, que la temporalidad de la Administración española es superior a la de cualquier otra Administración de casi cualquier país europeo.

Las razones de este fenómeno pueden ser variadas. Una de ellas es la propia estructura de nuestro modelo productivo: el hecho de que nuestro país sea tenga como motor principal de su economía un sector turístico enfocado en el “sol y playa” conlleva un alto componente de estacionalidad en nuestra economía: el país se activa durante la temporada y se aletarga en invierno. Aunque es indudable que un alto componente de nuestro mercado se rige por esa ley, no se explican tales cifras sólo por este motivo. Por tanto, es evidente que existe un motivo aún más poderoso.

Lo cierto es que tradicionalmente parece darse a todos los niveles una especie de dualidad en el mercado de trabajo, una clara diferenciación en cuanto a costes, derechos y responsabilidades entre los trabajadores. A nivel de los trabajadores, siempre ha existido la sensación de distintas categorías a la hora de ser contratados, siendo la categoría más baja el eventual y la más alta la que se obtiene al alcanzar el estatus de funcionario, que expresa, quizás, el colmo de las aspiraciones del trabajador español y que representa (sin entrar en si los funcionarios trabajan mucho o poco) el máximo nivel de seguridad y de derechos adquiridos. De hecho, el seno del funcionariado es la máxima expresión de defensa de derechos de los trabajadores, así como de prebendas adquiridas del sindicalismo en este país. Lo que significa que, a nivel sindical también existe esta clara diferenciación.

A nivel empresarial, sin duda existe: un empresario, si a costes nos referimos, siempre preferirá trabajadores eventuales. De hecho, es muy común en este país el hecho de trabajadores desempeñando durante años su trabajo en la misma empresa enlazando contratos eventuales que, cuando se han de transformar en contratos indefinidos, se van unos días al paro para ser contratados nuevamente por otra sociedad perteneciente al mismo grupo empresarial. De esta manera, el trabajador permanecerá como eventual siempre, de hecho el caso más sangrante es que con cada cambio de sociedad, al trabajador le pertenece un finiquito, al cual, en muchos casos se le pedirá que renuncie ya que “va a continuar trabajando”.

La causa de esta dualidad quizás habría que buscarla en la excesiva regulación que tradicionalmente ha tenido el mercado del empleo español. Desde los tiempos del sindicato vertical, que casi siempre protegía efectivamente al trabajador, pasando por la generación de empresario paternalista que llevaba su empresa como si de su familia se tratase (con lo bueno y lo malo que eso pueda conllevar) y, posteriormente, con la falta de una reforma profunda del mercado laboral, el mercado de trabajo ha tenido una gran regulación que ha protegido a los trabajadores indefinidos y no tanto a los eventuales.

Así, las empresas, ante la elección de contratar personal fijo (con un coste salarial elevado, salarios ligados a precios, indemnizaciones, etc.) o contratar personal eventual, que carece de buena parte de estos costes, tienen clara su elección. De hecho, antes de asumir los costes de un trabajador fijo, se barajan las opciones de poder mantener un grupo de eventuales en rotación (trabajadores que rara vez acabarán convirtiéndose en indefinidos) o bien alguna figura regulada con una serie de grietas, como es el caso del “falso autónomo”, o el autónomo que sólo tiene un cliente para el que realiza su único trabajo.

De esta manera, las empresas se adaptan a las cada vez más variables condiciones de los mercados en los que operan. No hay que olvidar que la precariedad no sólo existe en el mercado de trabajo, todos los mercados son ya precarios debido al continuo y cada vez más rápido cambio de todas las variables: la información, la posibilidad de que empresas de cualquier lugar del mundo puedan producir, financiarse y/o vender productos en cualquier lugar del planeta hace que las empresas hoy en día ajusten sus costes a todos los niveles, siendo el coste laboral uno de los principales, de modo que la política de eventuales se convierte en un mecanismo para adaptar los costes de personal a la coyuntura económica de la empresa.

Puestos así, la alta temporalidad del mercado de trabajo español se debe más a un tema de regulación del propio mercado que a una consecuencia del ciclo económico o a que nuestros empresarios sean unos malvados. Se debe a que la regulación del mercado prima en su protección a los trabajadores indefinidos frente a los eventuales y, vistos los primeros resultados de la última reforma, parece que más que arreglarse, la diferenciación se ha acentuado.