Médicos, soldadores, carpinteros, ingenieros, etc., casi trescientos mil trabajadores españoles de casi todas las profesiones han abandonado el país desde el 2008, año del estallido de la crisis. La mayoría ha ido con destino a la UE, pero, tanto los países de Oriente Medio, como Hispanoamérica y Canadá también se han dirigido unos profesionales lo suficientemente preparados y emprendedores para llevar a cabo la aventura de dejar tu país y ganarte la vida en un lugar extraño.

Mientras tanto aquí, casi seis millones de parados, más de un 25% de la población activa sin encontrar trabajo y, según un estudio elaborado por Randstad, 73.000 puestos de trabajo vacantes en España, y lleva siendo aproximadamente la misma cifra desde el 2007. ¿Cómo puede ser esto posible? La explicación es muy sencilla, muchas vacantes se quedan sin cubrir porque las empresas no dan con el perfil adecuado, debido sobre todo al nivel de especialización requerido para el puesto. Y aunque esto es una realidad que se da en todo el mundo, en España reviste especial gravedad debido a la gran cifra de la que se trata en proporción a la población activa y a las cifras de paro que se registran. Y así ocurre que proyectos se quedan sin ver la luz por falta de la mano de obra especializada que los pueda llevar a cabo, o sectores no pueden desarrollar todo su potencial por el mismo motivo.

Esto viene a reforzar lo que se viene advirtiendo desde hace bastante tiempo: la formación de nuestros profesionales, en lo que a estudios universitarios se refiere, difiere en mucho de lo que el mercado laboral necesita, dándose una grave disonancia entre los jóvenes profesionales que terminan su carrera y los profesionales que las empresas necesitan. Los jóvenes intentan paliar esta diferencia realizando formación extra, nunca barata, mientras que las empresas aportan su granito de arena ofertando plazas de becarios, de modo que forman a estos jóvenes mientras trabajan. Lo que nadie controla es que esas plazas de becarios se eternizan en el tiempo, de modo que siempre están ocupadas por becarios: todos los años una nueva promesa se incorpora al puesto que la promesa del año anterior acaba de abandonar. Y es que el problema es que las empresas se preocupan muy poco o nada, por regla general en este país, por la formación de sus empleados, tanto actuales como futuros.

Las Universidades españolas, como el resto de las instituciones altamente politizadas padecen ineficacia, burocratismo, gestión opaca, multiplicación de entes superfluos y problemas de dependencia y clientelismo, pero sobre todo de falta de sentido de la realidad y de sentido común. Sin olvidar los estragos fatales del nacionalismo. Y es que un altísimo porcentaje de nuestros profesores universitarios han llegado a sus puestos sin conocer siquiera el mercado laboral y las necesidades del mismo a las que se tendrán que enfrentar sus alumnos al término de sus estudios. Así, a pesar de los enormes medios desplegados para desarrollar nuestra Universidad (En 1975, había en España 28 universidades; en 2007 ya eran 77 (de ellas, 50 públicas) con 132 campus universitarios, de modo que existen tantos campus como institutos de enseñanza media había en España a comienzos del siglo XX), ninguna de ellas se encuentra entre las 200 mejores del mundo. Esto ha convertido a la Universidad española en una inmensa agencia de colocación de profesores desmotivados y mal pagados, y en una inmensa fábrica de jóvenes condenados al paro, al subempleo o a la emigración.