Pobre Madrid. Se lleva la mayoría de las protestas, manifestaciones, cortes de tráfico, marchas, acampadas, etc. sin que ni siquiera se le compense con unas olimpiadas, o siquiera un miserable Eurovegas. Ahora le ha tocado a la “Marcha por la Dignidad”, en la que descontentos por los recortes sociales, el paro acuciante y la falta de recursos han acudido caminando desde diversos puntos de España para confluir en la capital. De todas partes se han oído opiniones, quejas, mensajes de apoyo y bastantes tonterías, como la del profesor Javier Díaz-Giménez, que en el Foro Económico de El Norte, en el análisis de la economía española, en medio de algunas buenas ideas, se le ocurrió decir que «Quizá una de las razones de que en España el número de desempleados sea muy superior al de otras economías similares, como Italia, es que en España se vive demasiado bien estando parado»

Según el INE los hogares españoles con dificultades en llegar a fin de mes siguen aumentando a pesar de los brotes verdes, de hecho casi el 40% de los hogares españoles pasan serias dificultades para llenar la nevera, pagar alquiler o hipoteca o los recibos de luz, agua, etc., los que lo pueden hacer.

Aunque sea cierto que efectivamente hay signos de que la crisis se está dejando atrás, no es menos cierto que la recuperación apunta que será lenta. Mi pregunta entonces es ¿hay algún plan para garantizar la subsistencia a la enorme masa de parados, sobre todo a los que llevan tanto tiempo que ya han perdido todo tipo de ayuda o prestación?

Según también fuentes del INE, cerramos el 2013 con casi 2 millones de parados que ya no recibían ningún tipo de subsidio, es decir, el 40% de los parados en España ya no cobra del paro nada, y esta cifra irá en aumento este año. Es evidente que sobreviven, y que de alguna manera logran salir adelante mes a mes. Las familias de estos parados están siendo un soporte fundamental (pobres ancianos pensionistas), los comedores sociales no descansan, los contenedores de nuestras calles están más que rebuscados, la labor de Cáritas y otras instituciones benéficas está siendo intensa y los servicios sociales de los ayuntamientos también arriman el hombro lo que pueden.

Pero la parte del león parece que está en otra parte: en el espectacular aumento de la economía sumergida que se está dando desde el principio de la crisis. Se estima que el volumen de crecimiento de la misma ha sido de 60.000 millones de euros en estos años, hasta llegar a los 253.135 millones. Un 24,6% del PIB, según concluye un estudio elaborado por el Sindicato de técnicos del Ministerio de Hacienda. Está claro que esta cifra también crecerá al tiempo que disminuyen las prestaciones sociales.

El Gobierno por su parte, enredado en sus cuestiones macroeconómicas, más preocupado de lo que diga Europa sobre el déficit y, sobre todo, en sanear el sistema financiero, mira para otro lado en lo que al paro, prestaciones y derechos sociales se refiere. ¿La razón? Posiblemente no tenga ni idea de lo que hacer. Piensan que si logran hacer que la economía crezca de nuevo, todos los problemas desaparecerán por sí solos. Sobre el papel, el planteamiento es correcto, pero el problema es cronológico: mientras la economía crece o no, y hasta que crezca lo suficiente para reducir significativamente el paro, habrá muchas familias cuya desesperación alcance cotas decimonónicas.

Por otro lado, lo innegable es que los recursos que se diluyan en la economía sumergida, desaparecen para la economía real: menos impuestos, menos contratos y cotizaciones; con la injusticia social que esto genera, ya que las personas y empresas que cumplen con sus obligaciones son las que sostienen unos servicios más caros por la insolidaridad de los demás.

Las causas de este aumento son también bastante evidentes, y aunque parte de éstas son inevitables, una actuación del Gobierno en este sentido, sin duda hubiese ayudado. En primer lugar está la propia crisis: trabajos y trabajadores que ya no parecen ser útiles en la economía real, demuestran su competencia en la economía sumergida: me despidieron como operario de una fábrica, ya no me contratan en ningún sitio, pero sigo sabiendo hacer mi trabajo, por lo que lo hago quizás para la misma empresa que me despidió, pero en negro. Por otro lado, el aumento impositivo debido al ansia recaudatoria, ha empujado a empresas cuya actividad estaba en el filo de la rentabilidad, al más rentable, aunque peligroso, mundo de la economía sumergida en un intento desesperado de aguantar hasta tiempos mejores. Otro motivo es la larga tradición extraperlista de buena parte de nuestro “cultivado” empresariado; aunque alguno se rasgue las vestiduras, en los tiempos de bonanza, e incluso ahora, somos el país europeo donde los billetes de 500 euros más alegremente han circulado, lo que es un claro indicativo del nivel de negocio oculto de un país. Es ahora, en los tiempos en los que salarios y derechos de los trabajadores están disminuyendo, en los que la tentación de dar un paso más y convertir en sumergidas actividades empresariales es tangible; como muestra un botón: la temporada pasada en Baleares fue la mejor en mucho tiempo, sin embargo no hubo un aumento acorde de la ocupación y sí de horas o días extras trabajados y pagados en negro, o incluso ni siquiera pagados a los trabajadores; quejarse o denunciar ni se plantea: con tanta gente en la cola del paro…