Cuando yo era niño se soñaba con que a estas alturas del siglo XXI ya estaríamos colonizando el Sistema Solar pero a día de hoy y para un futuro próximo parece que la Tierra y sus recursos es todo lo que tenemos. Esto nos lleva a preguntarnos por los límites del crecimiento, un tema muy interesante aunque no es nada nuevo ya que es una inquietud lógica de la Humanidad el temer el fin de lo que nos ofrece un ecosistema limitado como es nuestro planeta. De hecho, las ideas de Malthus que ya advertían de esto fueron publicadas en 1798. En su obra “Ensayo sobre el principio de la población” expresó que la población suele aumentar en progresión geométrica (1, 2, 4, 8, 16, 32, etc.) en periodos anuales, de tal modo que se dobla cada veinticinco años mientras que la comida lo hace en progresión aritmética por lo que llegaría un momento en el que se acabarían los alimentos.

Obviamente, Malthus no tuvo en cuenta ni el progreso agrícola ni los diferentes factores que pueden influir en el crecimiento demográfico. Además, era una persona con unas ideas un tanto extrañas, por un lado por su condición de clérigo estaba en contra de la anticoncepción y el aborto pero como estaba convencido de la necesidad de limitar la población, defendía no mejorar las condiciones sociales de los pobres por parte del estado para que así tuvieran menos hijos, así como propugnaba que se retrasara en lo posible la edad del matrimonio. El otro día leí una noticia que dice que el Gobierno de Ruanda prevé aplicar la vasectomía  a 700.000 varones con el objetivo de poner coto al aumento de la población en un país de –supuestos- escasos recursos. Al ser una medida voluntaria lógicamente sólo se la auto-aplicarán los más pobres, lo que sigue dando vigencia a los planteamientos de Malthus.

Dejando a un lado el espinoso tema del control de la natalidad, que ha variado de las hambrunas y las guerras de tiempos pasados a la “voluntariedad” habitual en las sociedades más modernas, lo cierto es que hasta ahora la economía no ha parado de demostrarnos que es capaz de generar más y más crecimiento a pesar del aumento de población y de la finitud de los recursos. El problema es el reparto ya que La codicia pone a prueba los límites físicos del planeta pero contra lo que pudiera parecer, las cifras indican que, aunque el ritmo sea lento, el hambre en el mundo se está reduciendo. Y parece que sí es posible que haya suficiente alimento para todos incluso aunque seamos varios miles de millones de personas más a finales de este siglo pero, ¿Será posible mantener la “calidad de vida” -en el sentido occidental que todos conocemos-? Simplemente la legítima aspiración de un tercio de la población mundial (indios y chinos) por alcanzar nuestro status de “consumidores” está encendiendo todas las alarmas.

El quid de la cuestión es que las sociedades no se han conformado nunca, fieles reflejos del espíritu humano de sus componentes jamás han decidido voluntariamente frenar su desarrollo, incluso luchando contra convencionalismos muy arraigados. Cuando la evolución científica ha ofrecido una nueva herramienta, la hemos acabado utilizando fuera “buena” o “mala” para el planeta o incluso para nosotros mismos (prueba de ello es el desarrollo de la tecnología armamentística). Evidentemente, si todos queremos más y partimos de lo mismo, sólo nos queda mejorar la productividad de lo que disponemos. Ese proceso ya se inició y ha ido desde reciclar la basura a la ingeniería genética (por ejemplo los polémicos transgénicos) pasando por el uso de mejores fertilizantes etc.. Pero nos queda la duda de si la ciencia podrá ir más rápido que el aumento de la población mundial. La versión optimista es que normalmente un encarecimiento de precios como el actual suele ser un importante incentivo para nuevos logros que seguro aparecerán (mejores aleaciones, cultivos agrícolas marinos, motores más eficaces aún…) y que seguramente a los agoreros les ocurra como a Malthus y menosprecien la capacidad del hombre de superar los problemas. La versión negativa es que los años corren en nuestra contra y no vamos a llegar a tiempo al actual ritmo de consumo insostenible. El principal ejemplo es el petróleo: ¿Se encontrará un combustible que pueda hacer despegar a un avión antes de que éste se acabe? O sin irnos tan al futuro, ¿Será rentable volar al precio que costará extraer el crudo dentro de 50 años, cuando el tráfico aéreo indio y chino sea similar al de los EUA?

Son preguntas sin respuestas absolutas a día de hoy si bien la tendencia actual parece ofrecernos un futuro en el que europeos y norteamericanos frenaremos nuestro consumo  -pero no de forma voluntaria por ecologismo, seguramente obligados por los precios y quizás por un menor crecimiento económico- mientras chinos, brasileños, indios etc. lo aumentarán. Difícil aventurar más y mucho menos adivinar el impacto ecológico de todo esto, más cuando una gran parte de la población se niega a ver los problemas que no le son inmediatos y cercanos, ¿Cómo si no entender la burbuja inmobiliaria en California cuando antes o después habrá un terremoto aún más devastador que el de Japón que puede sumerja una gran parte del estado en el océano Pacífico? Por eso voy a terminar con unas palabras de Christian de Duve, nonagenario bioquímico inglés Nóbel de medicina en el año 1974 que cree que la selección natural terminará por destruirnos. ¿Por qué?:

Porque no cuenta con capacidad de previsión. La selección natural ha dado como resultado rasgos codificados en nuestros genes, como el egoísmo grupal, que resultaron de utilidad a nuestros ancestros bajo las condiciones en que ellos vivieron, pero que se han convertido en algo perjudicial para nosotros en la actualidad. Para que la selección natural nos pudiera ayudar a preservar nuestros recursos naturales, deberíamos haber desarrollado rasgos que nos permitieran sacrificar el presente por el bien del futuro. Hace falta sabiduría para sacrificar algo que supone una ventaja inmediata, a cambio de algo que será importante en el futuro, y la selección natural no hace eso. Solo “ve” lo que sucede en la actualidad. No se preocupa por tus nietos, o por los nietos de tus nietos.