Según una reciente noticia, hasta un 23% de la inversión realizada por capital riesgo en el panorama digital español ha sido para startups con especialización en la inteligencia artificial. Pese a que estaríamos hablando de una cifra relevante (717 de 3.100 millones de euros), es muy probable que a nadie sorprenda el dato. En todo caso, muchos lo pueden ver como algo menor de lo que imaginaban, teniendo en cuenta el auge de esta herramienta y lo prometedor de sus posibilidades.

Era esperable que una buena parte de los inversores pusieran su radar en la IA; después de todo, ha pasado a estar en el centro del debate a diferentes niveles, ya sea tecnológico, empresarial o incluso, social. En este último apartado, es público y notorio el intento de dilucidar, por parte de un gran número de expertos, el impacto que podría tener sobre los puestos de trabajo de las compañías y el mercado laboral en conjunto. 

A priori, la automatización de tareas y la irrupción de la IA agéntica (capaz de trabajar en resultados planificados), se antoja muy atractiva para la reducción de costes y fallos humanos, así como para optimizar la producción. Este activo, junto con el miedo a “perder el tren” de la competitividad actual, podrían ser dos razones de peso para que un buen número de inversores quieran participar de las nuevas empresas tecnológicas que cimentan, parte o totalmente, su actividad en la inteligencia artificial.    

Acerca de si, finalmente, este recurso tecnológico será el relevo de una parte sensible de los profesionales, existen serias dudas en la actualidad. Y el escenario, más que en un proceso de adaptación, parece estar dedicándose a avanzar a base de prueba y error. Mientras que algunas de las más populares Big Tech copan titulares con sus reestructuraciones y despidos, también se está descubriendo que el coste (no sólo económico) de esta transición podría ser más alto de lo esperado. 

La ecuación que mide el encaje de la IA en el nuevo universo productivo es compleja y, además del arrojo y la iniciativa, participan otros elementos como la mesura. Utilizarla como un complemento a la actividad, que evolucione productos y servicios, además de suavizar los precios a los consumidores (al disminuir costes estructurales), es un beneficio innegable para las diferentes empresas. 

En estos días, es fácil encontrar este tipo de aplicación en sectores muy diversos. Con mayor claridad se observa en entornos digitalizados; el diseño de los más innovadores juegos de casino online o los últimos superventas en videojuegos ya incorporan la inteligencia artificial en varias fases de su desarrollo. Algo similar ocurre con las plataformas de streaming o las redes sociales y el uso de la IA para las sugerencias a suscriptores y la presentación de opciones de búsqueda.

Otra cuestión, y no es baladí, es que toda la base de la actividad o un porcentaje muy elevado de la misma esté sustentada en el aprovechamiento de esta tecnología para servir al cliente. Desde una perspectiva más superficial, no parece una mala idea lanzar una plataforma que, a través de la inteligencia artificial, pueda ofrecer lo que antes se realizaba de forma tradicional. Resulta, en apariencia, un verdadero avance que agiliza la prestación, optimiza resultados y es más competitiva económicamente. 

No faltan casos, en el presente, de este tipo de nuevas organizaciones; en muchos casos, startups. Sin embargo, este afloramiento esconde algunos contratiempos que, tal vez, no se estén teniendo en cuenta. Y, en gran medida, tienen que ver con el propio avance y desarrollo de este recurso técnico. Igual que es difícil imaginar su potencial, no lo es menos saber qué escenarios presenta a medio plazo. 

Una nueva compañía digital puede idear un servicio extraordinariamente novedoso que saque partido de la IA y atraiga una notable cantidad de inversión. Pero, ¿qué impide a diferentes potenciales clientes adoptar, ellos mismos, esta tecnología y absorber este servicio en su propia estructura? Máxime, cuando la accesibilidad a este recurso es cada vez mayor.  

De esta forma, ese negocio emergente ya habría reducido enormemente su valor y su utilidad pasaría a ser considerada como discutible. La inteligencia artificial ayuda a potenciar nuevos proyectos, casi, de manera exponencial; pero ocurre con todas las partes implicadas, por lo que rebaja, en muchas compañías, la necesidad de empresas externas para determinados servicios. Y es algo que podría influir en el valor de las startups y nuevos emprendedores en el mercado de los próximos años.