El petróleo vive su peor semana en años. Este viernes, el precio del barril se ha hundido más de un 7%, sumando así un retroceso superior al 13% en solo cuatro días. Ni el Brent ni el West Texas Intermediate (WTI) se han librado de la sacudida. Ambos han caído a niveles que no se veían desde 2021, y el motivo no es uno solo, sino una tormenta perfecta de factores geopolíticos y decisiones inesperadas desde el corazón del mercado energético.

Por un lado, la reactivación del enfrentamiento comercial entre Estados Unidos y China ha encendido las alarmas sobre una posible desaceleración del crecimiento global. Washington impuso nuevos aranceles a productos chinos, y Pekín ha respondido con medidas similares. Este cruce de sanciones no solo enfría el comercio internacional, sino que también genera dudas sobre el futuro de la demanda de materias primas, petróleo incluido.

El Brent, referencia en Europa, llegó a marcar los 64,78 dólares el barril, su valor más bajo desde mayo de 2021. En el caso del WTI, el crudo estadounidense cayó hasta los 62,09 dólares, una cifra que no se veía desde el verano de ese mismo año. Para los inversores, estas cifras son un recordatorio de que los mercados pueden girar con velocidad cuando se combinan incertidumbre política y cambios bruscos en la oferta.

Y ahí entra en juego la OPEP+. Este jueves, el cártel liderado por Arabia Saudí y Rusia anunció, por sorpresa, que incrementará su producción a partir de mayo. Pero no de forma gradual, como se esperaba, sino triplicando el volumen inicialmente previsto. En concreto, se añadirá al mercado un ajuste de 411.000 barriles diarios, equivalente a tres subidas mensuales concentradas en una sola.

El anuncio llegó tras una reunión virtual entre los principales productores del cártel —entre ellos Irak, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Kazajistán, Argelia y Omán—, quienes justificaron el cambio por la “solidez de los fundamentos del mercado” y unas “perspectivas positivas”. Sin embargo, la reacción del mercado fue la contraria: los precios se desplomaron ante el temor a un exceso de oferta.

Desde ING Research, el analista Warren Patterson resume la situación con claridad: “El mercado está digiriendo al mismo tiempo un posible golpe a la demanda y un aumento inesperado en la oferta. La caída del precio era casi inevitable”.

A este cóctel se suma la postura más dura del presidente estadounidense respecto a países como Irán y Venezuela. La administración de Donald Trump ha endurecido las sanciones y amenaza con aplicar aranceles secundarios a quienes compren petróleo de estos países. También hay presión sobre Arabia Saudí para que aumente la producción y ayude a contener los precios. De hecho, durante el Foro Económico Mundial en Davos, en enero, Trump pidió públicamente a Riad y a la OPEP que actuaran para frenar el encarecimiento del crudo y, de paso, facilitar una política monetaria más laxa por parte de la Reserva Federal.

Todo apunta a que ese mensaje ha calado. La decisión saudí de abrir el grifo podría estar influida por este nuevo equilibrio de poder, en el que la política energética vuelve a cruzarse con la diplomacia internacional.