Según la teoría económica clásica, cuando un país entra en crisis, una forma de incentivar la inversión y el consumo es inyectar dinero en su economía. De hecho, en la crisis de la que no todos ni en todas partes hemos acabado de recuperarnos, se han venido realizando por parte de casi todos los bancos centrales, inyecciones de liquidez sobre el sistema financiero. Con ello se perseguía estimular la economía, a la par que los tipos de interés negativos para los depósitos en los bancos centrales intentaban empujar al total de la masa monetaria a la inversión y consumo y no al ahorro.

Esto es lo que dice la teoría, pero la práctica ha demostrado que inyectar liquidez y tener tipos de interés negativos no actúa sobre la inversión de la manera esperada. Según Kenneth S. Rogoff, de la Universidad de Harvard, las inyecciones de liquidez no acaban de funcionar porque se desplaza masa monetaria a la parte no controlada de la economía. Es decir, a actividades ilegales o a actividades no productivas. Además de que mantener una gran masa monetaria de efectivo bloquea la política económica de tasas de interés negativo, dado que aquellos depositantes que se vean obligados a pagar por el dinero que dejan en los bancos preferirán mantenerlo en efectivo.

Es por esto que, tanto este autor como otros muchos, defienden que la economía debe bancarizarse, de tal modo, que el dinero en efectivo de la economía debe desaparecer, o quedar como algo simbólico, y que todas las transacciones económicas deban realizarse electrónicamente.

Esto significa que todos los individuos de la sociedad deban tener una cuenta corriente y una tarjeta bancaria, al menos. Con ello se conseguiría que todas las transacciones deban realizarse por medios electrónicos, lo que conllevaría la desaparición, en teoría, de la economía sumergida y el mercado negro. Aunque también significaría una pérdida de privacidad, ya que, a partir de ese momento, va a existir un registro financiero completo que va a permitir reproducir nuestra vida, nuestros hábitos de consumo y nuestra ubicación geográfica con bastante exactitud. Además de que nos empuja a una dependencia tecnológica sin precedentes.

El ejemplo de país en el que la bancarización aparece como un fenómeno imparable es Suecia, país que cuenta con unas inmejorables infraestructuras tecnológicas. Este país es uno de los sitios en los que se utiliza menos dinero en efectivo del mundo. En el año 2016, solo el 1% de los pagos en Suecia se hicieron con monedas o billetes, y expertos esperan que para 2020 esta cifra haya bajado al 0,5%. Además, es legal que las tiendas no acepten pagos en metálico, y de las 1.600 sucursales bancarias existentes en su territorio, 900 no negocian en efectivo.

Pero esta reducción del uso de efectivo no ha gustado a todo el mundo, hasta el punto de que exista un movimiento a favor de que el dinero en efectivo siga existiendo, ya que, incluso en Suecia, existe un 10% de la población que no está bancarizada, como por ejemplo un buen número de ancianos. Y es que, la abolición del dinero en efectivo sería dramático para los más acuciados por la exclusión y la precariedad. Aunque el sistema pueda tener puntos muy positivos, no todo el mundo está en disposición de una cuenta en el banco o Internet.

En el caso de nuestro país, como casi siempre, el proceso de bancarización no se está llevando a cabo tras meticulosos estudios de viabilidad, con una implantación por fases meticulosamente programadas. Se está llevando a cabo por dos motivos principales:

Por un lado, un amplio espectro de la sociedad (joven y urbana, principalmente) ha descubierto las bondades de las plataformas de las compras por internet, de las transacciones electrónicas, de los pagos a través de pasarelas y a través del móvil (lo que es una vuelta de tuerca a la tarjeta bancaria) y de las ventajas que estos sistemas les ofrecen.

Por otro lado, los bancos, después de la profunda crisis financiera pasada, han descubierto que deben concentrarse y eliminar oficinas bancarias redundantes o poco rentables. Esto ha supuesto en los últimos 10 años el cierre casi un 44% de las oficinas bancarias, lo que significa cerca de 20.000 sucursales menos.

Esto significa que, en la famosa España vacía, de la que tanto se habló en las pasadas elecciones, el 2% de la población se ha quedado sin acceso a una oficina bancaria, porcentaje que se estima que llegará al 5% para el año 2.025. Y esto, a pesar de los esfuerzos de las entidades bancarias por ofrecer cajeros automáticos volantes, oficinas móviles y otras soluciones que no han logrado superar el problema de acceso al dinero en efectivo en una población eminentemente rural que languidece año tras año en el espacio de la España vacía.

La economía de tres millones de personas y la de miles de pequeños negocios en el ámbito rural se basa en el dinero en efectivo. Los problemas de tipo social y económico de esta falta de acceso al efectivo se van a agudizar en determinados territorios y sus consecuencias van a ser impactantes en el conjunto nacional, agravando la brecha geográfica y la desigualdad económica y de oportunidades, en el empeño del Estado de promocionar el cartel de los medios electrónicos de pago.

Impedir o dificultar el acceso al dinero no va a hacer otra cosa que fomentar un reparto injusto de la riqueza, generando la quiebra de la igualdad de oportunidades, sin olvidar la exclusión de las personas por encima de los 60 años que se va a producir justo a nuestro lado, sin necesidad de irse a ningún pueblo aislado.