Fiel a las promesas que le llevaron a ganar la presidencia de su país, Donald Trump ha comenzado a cumplir a rajatabla los puntos marcados en su agenda. Para empezar el anuncio de un aumento significativo de los aranceles a las importaciones, anuncio que ven con preocupación sobre todo China, México, Japón y Alemania, que son los países responsables de gran parte del déficit comercial de Estados Unidos. Entre enero y noviembre de 2016, el déficit comercial de EEUU con China era de 319.300 millones de dólares, con Japón alcanzó los 62.400 millones, con Alemania los 59.600 millones y con México 58.800 millones de dólares, según el US Census Bureau. Y según las opiniones del presidente electo y su equipo económico, este déficit comercial es una de las causas de la destrucción de puestos de trabajo en Estados Unidos.

Este anuncio forma parte de su primera medida en firme: la retirada de EE UU del Acuerdo Transpacífico, un acuerdo con 11 países de la cuenca del Pacífico y que constituye un primer paso para luchar contra la deslocalización de la industria norteamericana. Dentro de este contexto se engloba el anuncio de la renegociación del tratado de libre comercio con Canadá y México (el acuerdo NAFTA, según sus siglas en inglés) y del que, por ahora, no contempla retirar a su país, tan sólo renegociar sus términos, al menos en lo que a México se refiere.

Pero es que es con ese país con el que de momento la parece tener tomada. No sólo desearía castigar las exportaciones de este país hacia estados Unidos, también desea cortar el río de inmigrantes, buena parte de ellos ilegales, que cruzan la frontera cada día en busca de un futuro mejor. Y aquí es donde nace la idea del muro.

Desde que los mexicanos lograran su independencia en 1821, las relaciones de estos dos vecinos han oscilado entre el conflicto y la colaboración, en función de las circunstancias. Han tenido guerras, desde El Álamo, que culminó con la anexión de Texas, pasando por la guerra de 1846 al 1848, que provocó la pérdida para los mexicanos de la mitad de su territorio, hasta la última en 1.914, con la conquista de Veracruz por parte del ejército estadounidense que provocó la caída del gobierno mexicano. A lo que se une en 1.916 la incursión de Pancho Villa, que estuvo de nuevo a punto de provocar otra guerra.

Sin embargo, la paz y la cooperación han sido una constante entre ambas naciones desde el final de la Revolución Mexicana. Es más, desde la entrada en vigor del tratado NAFTA en 1.994, México ha podido acceder sin trabas al mercado estadounidense, el mayor del mundo, lo que le ha permitido experimentar una transformación radical de su economía, ahora más orientada al exterior y a la venta de productos manufacturados, en lugar de bienes primarios.

Las exportaciones mexicanas pasaron en solo seis años de suponer el 16% del PIB real mexicano al 35,1%. En concreto, las ventas a Estados Unidos se han multiplicado por seis con el libre comercio, una transformación que ha llevado a reorientar el empleo hacia el comercio exterior. El cambio se ha dejado notar en el PIB mexicano, que en dos décadas aumentó más del doble.

Para Estados Unidos el resultado ha sido más agridulce. Las exportaciones a México se han cuadruplicado desde 1994 y este país es el segundo destino de sus productos, solo detrás de Canadá. En el lado negativo, hay estudios que indican que con el Nafta la industria automovilística estadounidense ha perdido 350.000 empleos desde 1.994, mientras que en el sector en México se han disparado de 120.000 a 550.000.

Y así las cosas, llega Donald Trump, con la promesa de repatriar la industria, de revertir la globalización y recuperar los empleos que se destruyeron en suelo patrio para crearse en el extranjero. Y como corolario de tal política, si el empleo ha de ser para los norteamericanos (referidos a los del norte) que no vengan los otros norteamericanos (es decir, esos mexicanos del sur), de forma ilegal, a quedarse con el empleo tirando además los salarios por los suelos.

Sin embargo, la idea de la construcción de un muro no es algo nuevo. De hecho, el muro de Trump, consistiría en terminar el que se inició en 1.994, bajo el gobierno de Clinton, en el marco de la Operación Guardián, y que se empezó a construir por el mismo motivo: contener la inmigración ilegal. Este muro consta ya de más de 1.000 kilómetros construidos, lo que supone la tercera parte de la longitud de la frontera entre ambos países.

El caso es que el quien ha de pagar el coste de tal obra, estimado entre 12.000 y 15.000 millones de dólares, es el principal motivo de la polémica actual. Y es que el presidente Trump ha decidido que México ha de pagar la factura. Trump ha precisado que la construcción del muro empezará en «meses» y que, aunque Estados Unidos adelantarán el dinero necesario para iniciar el proyecto, ese pago será «reembolsado por México», que se hará cargo del «cien por cien» del coste de la edificación. Además, según él esto mejorará las relaciones entre los dos países.

La respuesta mexicana, fue clara: en una aparición televisiva su presidente rechazó la idea de pagar ningún muro y canceló la reunión prevista con su homólogo del norte.

Las armas de México contra las decisiones de su vecino del norte son varias, pero probablemente insuficientes:

Por un lado, México es el segundo cliente de Estados Unidos, por detrás de Canadá, a pesar del déficit de Estados Unidos de 60.000 millones de dólares con México. Las compras mexicanas ascienden a 230.000 millones de dólares anuales, con el consiguiente efecto sobre el empleo.

Por otro lado, México es el principal aliado de Estados Unidos en la lucha contra el narcotráfico y, aunque muy mejorable, en política inmigratoria.

Además, el empeoramiento de la relación con Estados Unidos podría acercar a México hacia China, lo que podría alterar el equilibrio político-económico de la zona.

Por último, y la razón más obvia, si penalizas con aranceles, sancionas a las empresas que inviertan en tu casa de tu vecino y permites que la crisis le empobrezca, tienes un problema a la puerta de tu casa, lo que puede dar lugar a una ola migratoria aun mayor que la que ahora pueda haber. Y puede que tu muro no sea lo suficientemente alto, lo pague quien lo pague.