El crecimiento lento y una escasez de activos seguros han llevado a los principales bancos centrales a mantener políticas monetarias que incluyen tipos de interés a corto plazo cerca o por debajo de cero. El objetivo es animar a las empresas y los consumidores para pedir prestado y gastar para que sean los catalizadores de la economía.

Sin embargo, estas políticas han reducido los rendimientos de los bonos, han distorsionado las curvas de rendimiento, han cambiado la composición de los balances de los bancos centrales hacia activos de mayor riesgo y se incentiva a los ahorradores en la búsqueda del riesgo.

La persistencia de un bajo crecimiento y una falta de inflación también han llevado a los inversores a preguntarse si dichas políticas serán efectivas. Por lo que existen tres escenarios para las tipos cercanos a cero que los inversores pueden quedar expuestos en un futuro no muy lejano tras las políticas monetarias desarrolladas.

En primer lugar, un escenario interesante sería que los tipos de interés ultra bajos provocaran una crisis bancaria en Europa y Japón, lo que a su vez llevaría a los ahorradores a pagar para mantener el dinero en sus cuentas. A esto hay que sumar una recesión deflacionaria que se propagaría al resto del mundo. Y la preocupación recaería sobre el sector bancario por el aumento del riesgo sistémico que conlleva. Esto nos llevaría  a unas curvas de bonos aplanadas a nivel mundial, llevando a los rendimientos por debajo de cero en todos los vencimientos en Europa y Japón.

El segundo escenario a valorar serían las tensiones inflacionistas. Un período prolongado de flexibilización monetaria y una acumulación de la deuda pública de los combustibles llevaría al alza a las expectativas de inflación de los Estados Unidos, Europa y Japón. Una inflación significativa tiene un impacto adverso sobre el crecimiento que se propaga al resto del mundo. En este entorno, los inversores de renta fija en mercados desarrollados serían con diferencia los grandes perjudicados .

En último lugar, el tercer escenario, y quizá el más idílico, sería que la política monetaria llevada a cabo nos ofreciera un crecimiento sostenible. Los tipos bajos llevarían a un aumento del gasto de los consumidores y las empresas. La acumulación de activos de riesgo en los balances de los bancos centrales, junto con las inversiones respaldadas por el gobierno en infraestructura y energías alternativas crearían incentivos para la asunción de riesgos por parte de inversores. El retorno del crecimiento combinado con una inflación benigna permitiría en última instancia normalizar la política monetaria.