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  #641  
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El misterio de esas cosas que tanto queremos

Es una casita con techo a dos aguas de tejas coloradas, con una ventana con cortinas primorosas que esconden, más que guardan, los secretos domésticos. Mide unos doce centímetros de alto, está hecha con un material basto que ni con todo su amor roza la cerámica, con su puerta abierta y una chimenea ahora inútil. Por la puerta abierta se colocaba el cigarrillo en descanso, por la chimenea salía el humo trenzado y azul del fumador. El cenicero perteneció a mi padre y es hoy uno de mis objetos más queridos y mejor conservados. Soportó y resistió a lo largo de más de setenta años, mudanzas, derrapes y patinadas, olvidos y rescates; eso que, con cierto decoro, llamamos las vueltas de la vida.

Es uno de los objetos que más quiero, que no son muchos, entre los que sobreviven un adoquín porteño y una baya de avellano que alcé de Santa Ágata, la casa de Giuseppe Verdi vecina a Parma. Los objetos que rodean la intimidad son una pasión acaso indefinida. Su sola presencia hace aflorar sentimientos ocultos, extraviados en el fárrago del vértigo. Incluso han escrito ya su propia historia, han hecho su propio camino. Tanto, que ya terminamos por no saber si de verdad son nuestros, o si ya nos hicieron suyos y de alguna forma moldean los nutridos recuerdos del pasado y las escasas certezas del futuro. ¿Cuáles son nuestros objetos íntimos ¿Qué hacer con ellos si es cierto que estamos hechos de ellos? Perdurarán acaso para sumarse a las pequeñas cosas que dejemos en consignación eterna y que acaso no alcancen nunca la entrañable jerarquía de la casita. El resto es misterio, que los objetos también tienen los suyos. Por Alberto Amato


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  #643  
Antiguo 18-nov-2017, 16:00
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  #644  
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Las frases que iluminaron viejas épocas

Charlaba con una compañera del diario y se me escapó, hablando de otra persona, un “tratala entre algodones”. Ella, casi 30 años menor que yo, me miró como quien pide a gritos una traducción. Estamos en problemas. Las frases populares, por viejas que sean, no pueden tener fecha de vencimiento. No se lo merecen: marcaron una época, grafican conceptos, promueven la imaginación. Si el otro, el que la escucha, quiere, se hacen entender, vamos.

Pero convengamos que estamos en una época delicada para el entendimiento coloquial entre los llamados millennials y los que pintamos arrugas. Eso sí: tuvimos que aprender de ellos, disimulando, el “¿cómo sería?”, por ejemplo. En cualquier momento puede pasar que uno diga que le duele el marote y que alguien le ofrezca una curita. O que tire un “Viva la Pepa” y lo malinterpreten.

Claro que hay que aggiornarse y no resistirse al avance del lenguaje, pero ¿qué daño pueden hacer frases como “ni chicha ni limonada”, “meter la pata” o “mojar la oreja”, desparramadas por ahí con más gracia que rigurosidad? Si uno jamás las oyó, con un poco de voluntad se puede deducir qué significan. Como eso de “me lo contó un pajarito” o “más vale tarde que nunca”. Son puñados de palabras combinadas, con algo de inocencia y mucho de “aquellos buenos viejos tiempos”.

Seguramente no faltará quien lea esto y diga que uno quedó anclado en el pasado. También estarán los que activen su memoria emotiva y regalen sus propios dichos. Los que me acusen de ser del año de Ñaupa que vayan, si quieren, a freír churros. ¿Habrá que traducir todo esto también? Por Silvina Lamazares


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  #645  
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  #646  
Antiguo 26-nov-2017, 00:18
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SEREMOS FELICIES DESPUÉS DE...

Nos pasamos todo el tiempo diciendo "seremos felices después de..."

Después de terminar la carrera, después de conseguir trabajo, después de casarnos, después de tener un hijo, después de tener una casa, después de...

Terminamos la carrera y decimos "la vida será mejor cuando consiga un trabajo". Tenemos el trabajo y seguimos diciendo "la vida será mejor después de tener los hijos"

Luego nos sentimos frustrados porque nuestros hijos no son lo suficientemente grandes y pensamos que seremos más felices cuando crezcan y dejen de ser niños. Después nos desesperamos porque son adolescentes, difíciles de tratarlos.

Pensamos: seremos más felices cuando salgan de esa etapa.

Luego decidimos que nuestra vida será completa cuando a nuestro esposo o esposa le vaya mejor, cundo tengamos un mejor coche, cundo nos podamos ir de vacaciones, cuando consigamos el ascenso, cuando nos retiremos.

Lo cierto es que no hay mejor momento para ser felices que ahora mismo. Si no es ahora, ¿cuándo?

El mejor momento para ser felices y disfrutar de la vida es ahora. Nos pasamos poniendo todo nuestro esfuerzo por terminar la carrera, trabajamos duro para tener lo suficiente, cuidamos nuestros hijos con desvelo y sin darnos cuenta hemos llegado a la vejez, con dolores aquí y allá, pero no hemos disfrutado lo suficiente de la vida.

Así que deja de esperar hasta que termines la universidad, hasta que te enamores, hasta que encuentres trabajo, hasta que te cases, hasta que tengas hijos, hasta que se vayan de casa, hasta que te divorcies, hasta que pierdas esos kilos demás, hasta el viernes por la noche o hasta el domingo por la mañana, hasta la primavera, el verano, el otoño o el invierno, o hasta que te mueras.


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  #647  
Antiguo 28-nov-2017, 07:44
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  #648  
Antiguo 03-dic-2017, 14:36
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Rutinas que confirman la vida

Cuando lo único permanente es el cambio, cuando la novedad se impone sólo porque es novedosa (si se permite la redundancia), casi nada permanece. Desaparecen también las referencias y las señales que, tanto en los caminos como en la vida, cumplen una importante función orientadora. En los tiempos líquidos, que tan bien definió el sociólogo polaco Zygmunt Bauman (1925-2017), no hay oportunidad para la consolidación de ideas, relaciones o proyectos que permanezcan en el tiempo, que creen memoria e historia, que trasciendan. Todo se licúa y se disuelve en la correntada. Una rutina es entonces una herejía, porque equivale a repetición, a retorno, a permanencia. Termina convirtiéndose en sinónimo de aburrimiento. Y en la versión 3.0 de los pecados originales figura el aburrimiento.

Pero el sol sale cada día, la luna llena se ve cada veintiocho días, cada 21 de septiembre se inicia la primavera (o el otoño), las mareas suben y bajan con puntualidad desde hace millones de años, todas las noches dormimos y todas las mañanas despertamos, generalmente en la misma cama, además el tren o subte que esperamos siempre llega y siempre nos transporta, retornamos a nuestros lugares favoritos y siguen ahí, cada vez que tocamos el interruptor se enciende la luz. Nadie diría que algo de esto es aburrido. Son rutinas. Repeticiones. Cosas que hacemos o cosas que esperamos y cuya verificación nos tranquiliza. Porque las rutinas no inmovilizan el tiempo, sino que certifican los rumbos, nos aseguran que seguimos vivos.

A mediados del siglo XVI, se incorporó a nuestro idioma la palabra "rutina", tomada del francés routine, que a su vez viene del latín route (ruta). La rutina es eso, una hoja de ruta. En su ensayo Ya no es como antes, en el que estudia los cambios en las formas del amor, el psicoanalista italiano Massimo Recalcati dice que el amor se revela nuevo en la eterna repetición de sí mismo, como ocurre con la naturaleza a través de sus ciclos. Las rutinas pueden ser repeticiones mecánicas o pueden ser rituales que preñamos de contenido a través de gestos, actos y palabras que se repiten. Depende de cómo se viven.

La rutina de llegar a casa y saber que encontraremos a nuestro ser o nuestros seres queridos, que nos contaremos las peripecias del día, la rutina de la cena o el encuentro mensual o quincenal con los amigos, la rutina de celebrar el cumpleaños, la rutina de planear y organizar las vacaciones, todas las rutinas pueden ser vividas como epifanías, pequeñas celebraciones de la continuidad de la vida, de los vínculos, de los caminos elegidos. Rituales existenciales. "No hay nada malo en los rituales; de hecho, se inventaron para hacer más llevaderos los momentos difíciles, delicados", escribe el premio Nobel de Literatura sudafricano J.M. Coetzee en su novela Desgracia.

Darse cuenta de esto tiene un requisito previo: el de vivir despierto, abandonar el automatismo de la velocidad, de la carrera urgente hacia ninguna parte. Para que una rutina se establezca como ritual existencial se necesita paciencia, presencia, compromiso, cooperación, contacto, atención. Mudarse del tiempo como flecha al tiempo como espiral, que pasa una y otra vez por los mismos lugares, que nunca son los mismos porque cambia la distancia y la altura. Como cambiamos todos, aunque seamos los mismos. Razón por la que el poeta granadino Luis García Montero, marido de la novelista Almudena Grandes, pudo escribir: "Son extrañamente hermosos todavía, estos labios de hace ahora tres años y pareciera inédito el gesto de tu beso, este llegar aquí cada vez más tranquilo, con la serenidad del que tiene por cómplice a la vida y su rutina". Amén. Por Sergio Sinay


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  #649  
Antiguo 07-dic-2017, 06:44
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El último “Leonardo” o la liquidez en los mercados
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Antiguo 07-dic-2017, 14:34
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Tener a mano un comodín, por si acaso

Me encantan los comodines. Me gusta esa cosa que tienen los comodines de ser todo lo que no son. Pueden ser un tres de bastos o un rey de oros, la carta que nos faltaba para la canasta o el tercer elemento para ganar algo en un tragamonedas de barrio.

La vida está llena de comodines. Nuestros hijos son lo que no fuimos, o serán iguales, o distintos; pero seguro que serán los comodines de nuestra madurez en la que los veremos haciendo lo que nunca nos animamos, lo que no supimos, lo que jamás pudimos … y será casi como si fuéramos nosotros mismos.

¡Una amante! Qué hermoso comodín que nos regala Dios cuando a nuestras orillas llega un amor de amigos, de compinches, de atorrantes. Y también está el amor esa carta mágica que nos tiñe la vida y nos cambia de manera inesperada. ¡Qué comodín, Señor! Feliz de aquel a quien le caiga.

¿Y el comodín de la vocación? Una carta extraña que muchos tienen y no se animan a jugarla. Pero juéguenla, no lo duden; no se trata de una carta que todos tengan.

Y luego está el comodín de la simpatía, que seguramente sabrá jugar mejor el que no tenga el de la belleza o el de la perspicacia o el de la audacia o el de la seducción. Venga usted a mi casa y traiga sus comodines, yo le ofreceré los míos.

Eso sí, no hablemos de dinero; ante ese comodín, por alguna misteriosa razón, el juego se termina.


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