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La triste historia de Kathleen Turner

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La industria del cine siempre ha mostrado una crueldad implacable. Con la misma velocidad en que te asciende a los cielos, Hollywood es capaz de condenarte al olvido absoluto. Da igual que tengas en tu filmografía películas del calibre de “Fuego en el Cuerpo”, “Tras el corazón verde”, “El honor de los Prizzi”, “Peggy Sue se casó” o “La guerra de los Rose”. Ya no se respeta nada, ni aunque te llames Kathleen Turner.

Pocas mujeres se han cruzado por el mundo con la endiablada belleza de Kathleen Turner. La rubia actriz irrumpía en pantalla allá por los años 80, convirtiéndose en uno de esos sex symbols cuyo atractivo iba mucho más allá del mero físico. La mezcla de inteligencia y talento venían a completar un cóctel perfecto. Cada gesto, cada mirada y cada sonrisa eran pura seducción, pero encima era una actriz inmensa. Ninguno habríamos esperado semejante alarde de injusticia por parte del mundo que la encumbro.

La vida de la estrella transcurría entre éxito y éxito. Poco podía esperar que, al cumplir los los cuarenta, su carrera quedaría condenada. Corría el años 1994 y las cosas no podían irle mejor. En la creta de la ola, a Turner le era diagnosticada una artritis reumatoidea. Dos años antes había sentido los primeros síntomas tras dar a luz. La actriz comenzaba a aumentar de peso debido a su enfermedad. Cuando los médicos le dijeron que nunca más podría volver a caminar, la enorme actriz no se resignaba.

“Cada mes de octubre, durante doce años, tuve que someterme a una operación. Pero el dolor no me detiene. Tengo una buena tolerancia”, afirma una Kathleen Turner que, a sus 61 años, sigue actuando y afrontando cada pequeño proyecto con la misma ilusión que el primer día.

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