Todo es euforia y felicitaciones en lo tocante a economía en el ejecutivo de nuestro país en estos días. Hemos evitado el rescate del país, cerraremos el rescate bancario sin haberlo tenido que usar al límite y en condiciones muy favorables, nuestras exportaciones siguen creciendo, las previsiones de crecimiento de la economía repuntan al alza y todos los organismos internacionales se dedican a felicitarnos por lo bien que lo estamos haciendo. Esto sin duda debe ayudar a que las familias de nuestro país miren su nevera vacía, su tarjeta del paro y sus más que acuciantes deudas con otra cara: la cara del optimismo, la cara de pensar en el triunfo que se avecina y de las dificultades que pronto se dejarán atrás. Esto sólo indica que los actores económicos se olvidan de que la base de la riqueza de un país no son las grandes empresas, son los ciudadanos, que con una renta disponible aceptable tiran del consumo, generan ahorro y otorgan suficiente estabilidad política y social para que el conjunto del país disfrute de prosperidad.

Viendo la situación actual, soy de los que piensan que, aun en el mejor de los casos (y éste es el que dibujan estos políticos e indicadores económicos elaborados por los mismos), pasarán aun cuatro o cinco años antes de que el ciudadano medio puede empezar a sentir los efectos de estas supuestas mejoras. Años en los que las prestaciones, ayudas, subsidios y financiación de amigos y familias se agotarán, años en los que el mercado laboral se reactivará lentamente y, por tanto, años de penuria, escasez y miseria.

En el peor de los casos, situación que espero que no sea así, sólo vivimos una etapa intermedia en este proceso de crisis. Las medidas que se están tomando sólo son maquillaje y hemos pasado de la burbuja tecnológica (finales de los 90), a la inmobiliaria (origen de la situación en la que estamos) y de ahí ya se está inflando la burbuja definitiva, la que afecta a los activos de riesgo: materias primas, deuda soberana, bolsa, etc. y que, al estallido de ésta, a la fuerza el sistema capitalista se tendrá que reinventar o abandonar porque se habrá desmoronado.

Lo que sí está claro es que a las posiciones dominantes de la economía, grandes bancos y empresas, gobiernos e instituciones económicas internacionales, les sigue importando bien poco la base de su riqueza y prosperidad, es decir, las familias. Actúan como el granjero que para salvar su explotación dejase de abonar sus campos, de regar su huerto y de alimentar su ganado: evidentemente ahorrará y su situación económica mejorará pero habrá hipotecado su futuro y arruinado el de todos los que de él dependen.

En tiempos antiguos, una situación así se solucionaba dejando morir de hambre o directamente exterminando a una parte de la población con el fin de adecuar los recursos a las necesidades. Hasta hace no demasiado tiempo esto se maquillaba con una guerra, de modo que al fin de la misma se retomaba el equilibrio, con la ventaja adicional de que si la guerra resultaba favorable se obtenían recursos adicionales.

Por otro lado, nuestro gobierno sigue sin acometer las grandes reformas necesarias en nuestra economía. La reforma del mercado energético es una necesidad imperativa, nuestra producción energética sigue siendo cara, suponiendo un coste excesivo para familias y empresas. El mercado financiero sigue con el grifo del crédito cerrado, lo que lastra sobre todo a la pequeña empresa. Y los recortes en el aparato político del estado no han llegado: seguimos financiando demasiados políticos, demasiados organismos duplicados y demasiadas instituciones politizadas que olvidan su función pública para servir a su propio interés político, como pueden ser sindicatos, universidades, etc. Es incalculable el dinero que estos recortes pueden suponer para el estado, pero sea mucho o poco, lo que sí será un valor añadido es el impacto social de estas medidas, ya que estaríamos ante un gobierno que por fin estaría escuchando el sentir popular. A nosotros sólo nos queda aguantar y votar en las elecciones, la duda es ¿a quién?