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| Amores contrariados Por Cecilia Absatz La película Red social narra con minucioso detalle el origen de Facebook, el fenómeno comunicacional más asombroso de la era tecnológica, que ya es bastante asombrosa de por sí. Los que nacimos con anterioridad tuvimos que aprender a usar la computadora como segundo idioma, pero hoy ya viene incorporada al genoma humano: los niños la manejan quizás antes de caminar. Alguien señaló una vez que la computación terminó con la batalla del hombre contra la máquina, ese mudo diálogo que vemos a veces al costado de la carretera, ante un auto detenido con el capó abierto. Acá se trata del hombre contra sí mismo, porque todas las respuestas están en la computadora. En este territorio, como en cualquier otro, aparece esa forma peculiar de la inteligencia humana que desde el origen de los tiempos ha podido ver más allá, cualquiera sea el idioma que maneje. Y en este caso, ese poder casi sobrenatural puede esconder también la más exquisita revancha de los seres muy inteligentes, que tan a menudo son desdichados. La película muestra a Mark Zuckerberg, el creador de Facebook, como un joven que habla con formidable rapidez, y aun así no alcanza, se nota, la velocidad de su pensamiento. Su estilo, filoso y mental, aplasta como un camión todo resto de talento para el contacto humano. Y en una universidad como Harvard -o cualquier otra, si vamos al caso- las reglas sociales tienen fuerza de ley; los grupos funcionan como castas y el acceso a las zonas de privilegio se convierte en un tema crucial. Este es el relato oculto de la película, que en principio describe las batallas legales iniciadas contra Zuckerberg, sobre un libro -no autorizado- de Ben Mezrich, otro egresado suma cum laude de Harvard. El guión cinematográfico es de Aaron Sorkin, el creador e inspirado guionista de la notable serie de televisión The West Wing, que a lo largo de ocho temporadas narró la vida y obra de un presidente y su equipo en un gobierno demócrata de los Estados Unidos. Entre los que demandan a Zuckerberg por sus derechos de autoría están los hermanos Winklevoss, dos gemelos rubios y bellos, de estatura colosal y dinero antiguo, que naturalmente son remeros, el deporte más prestigioso de esa universidad. Dice Zuckerberg en una de las audiencias: "Ellos no me están demandando por el robo de la propiedad intelectual. Me demandan porque por primera vez en su vida las cosas no les salieron como ellos esperaban". El otro demandante es Eduardo Saverin, el mejor amigo de Zuckerberg y cofundador de Facebook, que se somete a las más humillantes torturas para ser aceptado por uno de los clubes del Parnaso estudiantil. Zuckerberg no respeta a nadie y se ríe en la cara de profesores y abogados. El navega en una dimensión diferente, con otros códigos y otras reglas. La única persona que despierta su interés es Sean Parker, el creador de Napster. Parker cursó apenas unos años en la escuela primaria, y poco después jaqueó entera a la industria discográfica con un sistema que permitía el acceso gratuito a cualquier archivo musical y su libre intercambio entre los aficionados. Facebook tiene hoy cientos de millones de adeptos en todo el mundo. Por lo que se puede inferir, es la herramienta del día para ejercitar una vida social activa y multitudinaria, una interrogación del pasado, una versión digital del paseo por la plaza del pueblo, hoy planetaria, y hasta el uso de un "muro" que podría evocar aquel donde se colgaban los exvotos. Detrás del relato oficial de la película, que muchos resienten como antisocial y despectiva, hay una bella historia de amores contrariados. Un amor contrariado, como se ve, puede generar la desgarrada letra de un tango, o un invento que hoy se cotiza en muchos millones de dólares. La autora es periodista |
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| DIALOGO INTERNO Usted se ha puesto a pensar... ¿Cómo es su diálogo interno? ¿Qué dice su mente a diario? ¿Cuál es el contenido de sus pensamientos?. Con esta reflexión comenzó su charla el médico indio Deepak Chopra, que el sábado 5 de septiembre en la tarde dictó una conferencia de dos horas en el Centro de Eventos Valle del Pacífico, en el marco de la feria Exposer , de Coomeva, en la ciudad de Cali, Colombia. El autor de más de 50 best sellers de sanación y espiritualidad explicó cómo nuestro sistema inmunológico es susceptible a esa conversación o diálogo interior que nos acompaña en todo momento. “Si nuestros pensamientos son caóticos, el cuerpo reaccionará de igual manera; si los pensamientos son de alegría y armonía, el cuerpo responderá en consecuencia y el sistema inmunológico estará mejor preparado contra la enfermedad”, dijo. Chopra, un médico endocrinólgo que desde hace más de 30 años está dedicado a estrechar los lazos entre la medicina occidental y la sabiduría oriental que entiende al ser humano como un todo: mente-alma-cuerpo, y no como una máquina que hay qué reparar, explicó su visión del cuerpo: “Durante siglos hemos creído que la mente está localizada en el cerebro. Sin embargo, lo que la ciencia moderna está demostrando es que la mente está presente en todas las células del cuerpo”, dijo. El cerpo físico -añadió- está atravesado por todas nuestras creencias y realidades interiores, por todo lo que comemos, leemos, pensamos, sentimos, imaginamos, etc. “Esto quiere decir que los pensamientos no sólo están en el cerebro sino que constantemente están afectando cada célula de nuestro cuerpo”, dijo. “Cuando meditamos, la química del cerebro cambia”. Deepak Chopra, médico y escritor A estrenar cuerpo Cuando observamos un río, parece que fuera siempre el mismo, pero en realidad es siempre distinto. Lo mismo ocurre con nuestro cuerpo según Deepak Chopra. “Creemos que habitamos el mismo cuerpo siempre, pero la realidad es que nuestras células son como un río que fluye, que está en constante renovación. El cuerpo en que vivimos hoy no es el mismo de hace una semana, de hace un mes o hace un año, porque las células viejas mueren y son reemplazadas por nuevas”. El 98% de los átomos de nuestro cuerpo –explica Chopra- se renuevan. Tenemos nueva piel cada mes. Tenemos nuevos átomos en nuestra estructura ósea cada tres meses. Y los átomos de nuestro ADN (carbono, hidrógeno...) cambian cada seis semanas. Así pues, en sólo 1 año hemos cambiado prácticamente todo nuestro cuerpo. Para Chopra, incluso nuestra genética puede cambiar. No estamos condenados a desarrollar enfermedades hereditarias, éstas son como interruptores que podemos encender o podemos mantener apagados para que no afecten de forma negativa nuestra vida. Tenemos voz y voto sobre nuestro bienestar total: “Está en nuestras manos transformar el contenido de nuestros pensamientos, podemos alimentarnos mejor, relacionarnos mejor con los demás, hacer felices a otras personas y tener hábitos de vida más sanos para que nuestras nuevas células tengan nueva y mejorada información”, expresó Chopra. Concluye que podemos vivir en un nuevo y mejorado cuerpo si así lo decidimos. Somos energía Las partículas del cosmos no son estáticas, hay infinitas posibilidades. Podemos cambiar la realidad con nuestra concienciaDeepak Chopra, médico y escritorCuando vamos al cine, en la pantalla vemos imágenes que parecen muy reales porque nuestro cerebro experimenta la continuidad. Pero , en realidad, esas imágenes son sólo fragmentos de luz en movimiento. Lo mismo ocurre con nuestro cuerpo: lo percibimos como un hecho físico, pero en realidad está compuesto por moléculas, las cuales están conformadas por átomos, y éstos a su vez están hechos de partículas sub atómicas que vibran a diferentes velocidades. Y si seguimos adentrándonos en las profundidades, lo que encontraremos es energía. Así pues, lo que creemos “material” no es físico, sino energía que percibimos de determinada forma por la configuración de nuestro cerebro. Chopra da otro ejemplo para explicar este fenómeno: “Si tomo una foto con mi celular y la envío a una persona que está en la China, lo que estoy enviando es energía e información, esa es la base de toda la tecnología de nuestra época: la constatación de que la energía y la información son reales, aunque no las veamos”. ¿Y esto cómo nos afecta? La mente consciente (a la que llegamos a través de la meditación) tiene acceso a la infinita energía creadora del cosmos. Si dirigimos nuestra intención hacia la paz, la salud, la abundancia, la generosidad, la compasión y la armonía, podremos transformar nuestras realidades físicas y espirituales, asegura el médico indio. La fórmula de la felicidad Creemos que cuando tengamos salud, éxito, dinero y amor, seremos felices. “Todo lo contrario: si somos felices, tomaremos buenas decisiones que nos conducirán al éxito; forjaremos excelentes relaciones interpersonales y seremos más saludables...”, dice Chopra. Si cambias tú, cambia tu mundo. El ‘mundo’ es la manifestación de nuestra conciencia colectiva. Podemos mejorarloDeepak Chopra, médico indioPor eso repitió la fórmula de la felicidad que le oyó un día al Dalai Lama: H=S+C+V. Donde H representa la felicidad, y es igual a S (puntos fijos) + C (condiciones de vida) + V (buenas elecciones). Vamos por partes: 1. Puntos fijos: Desde que somos niños, nuestros padres entrenan nuestros cerebro para ver problemas u oportunidades. Sin embargo, podemos cambiar nuestra programación mental, podemos aprender a pensar diferente con ayuda de la meditación (cuando meditamos la química del cerebro cambia) y con un cambio en nuestras creencias. Si nos repetimos “nunca seré exitoso”, “nunca voy a encontrar a alguien que me ame”, esos pensamientos limitantes se volverán realidad tarde o temprano, pero podemos cambiarlos. Lograrlo representa el 15% de la felicidad. 2. Condiciones de vida: tener buenas condiciones de vida materiales sólo incide el 10% en la felicidad. Por ejemplo, la gente de Colombia es más feliz que la de Estados Unidos , aunque este último tenga mejores condiciones de vida. 3. Buenas elecciones: el restante 75% de la felicidad tiene qué ver con las decisiones que tomamos. Si actuamos en sintonía con nuestra expresión creativa, si nuestras acciones tienen propósito, significado, y hacen a otros felices, caminaremos hacia la felicidad. “La receta de la felicidad” Al principio pensé que era una broma, pero poco a poco caí en la cuenta que hablaba en serio. Nos iba a dar la tan anhelada receta mediante la cual todos los seres humanos pueden ser felices. El auditorio estaba atento, al fin y al cabo esa era la razón por la cual muchos estaban ahí, una búsqueda espiritual cuyo objetivo final es precisamente la esquiva felicidad. El conferencista era Deepak Chopra, médico alternativo que ha logrado conjugar los principios de la ciencia moderna con la filosofía oriental en aras de la sanación mente–cuerpo. Estuvo dos días en Cali, en el marco del seminario Exposer junto con expertos nacionales e internacionales, reflexionando sobre el ser humano y la espiritualidad. Después de escuchar a la mayoría, la receta termina siendo muy similar. Según Chopra la felicidad equivale en un 50% a predisposiciones mentales, 10% a las condiciones de vida y 40% a decisiones voluntarias. La mente está predispuesta genética y ambientalmente desde la temprana infancia. Si nuestros padres fueron personas negativas o depresivas y ese fue el ejemplo en el hogar, seremos más propensos a repetir los mismos comportamientos. Por eso existen personas más positivas que encuentran oportunidades donde otras sólo ven obstáculos. La buena noticia es que por medio de la meditación y una reflexión profunda sobre nuestros limitantes mentales se puede superar esta predisposición. Por otra parte, las condiciones de vida no parecen ser tan determinantes para la felicidad. Es necesario tener la solvencia económica suficiente para vivir decentemente, pero tener mucho dinero no hace al ser humano más feliz sino esclavo de lo material. Y finalmente están las decisiones voluntarias, aquellas que traen placer y sólo brindan una sensación de felicidad pasajera, y otras que conllevan a la realización personal, bien sea porque se compaginan con el significado y propósito de nuestras vidas o son una manifestación de nuestra creatividad. Esto sin embargo no significa que somos felices solamente cuando hacemos lo que nos gusta, sino cuando nos gusta lo que hacemos. Pero Chopra es consciente que la fórmula no es tan sencilla, pues los seres humanos somos propensos a una infelicidad existencial; podemos estar bien pero nos preocupa que mañana no seamos felices. Vivir a consciencia, es decir, en el presente, sin añorar el pasado, ni preocuparnos por el futuro, es el camino para vencer esta condición humana. Igualmente es esencial un equilibrio entre los diferentes aspectos de nuestras vidas: profesional, social, financiero, emocional, comunitario, espiritual y físico. En el aspecto físico se encuentra la salud como factor fundamental. Según Chopra, nuestro sistema inmunológico escucha la mente constantemente y reacciona a las señales que ésta le manda. La mente no sólo se encuentra en el cerebro, sino en todas las células del cuerpo; cualquier pensamiento negativo las afectat y puede llevar a la enfermedad. Una mente positiva y la paz interior son entonces fundamentales para una buena salud. En últimas, somos los dueños de nuestra propia felicidad. Dependerá de cómo abordemos los acontecimientos que nos suceden en la vida, si les damos un matiz positivo o negativo y los transformarnos en vivencias enriquecedoras o en obstáculos inamovibles. La anhelada receta se encuentra dentro de nosotros mismos, en nuestra capacidad de ser felices en las circunstancias actuales, así éstas no sean las más propicias. |
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| Leer con luz de luna Por Arturo Pérez-Reverte Hace tiempo que me preguntan por el libro electrónico. Qué opino y cómo veo el futuro, la desaparición del papel, los formatos clásicos y demás. Siempre respondo lo mismo: me da igual, porque yo escribo lo que va dentro. Mi trabajo es ocuparme del contenido: contar historias y que la gente las lea. Del soporte se ocupan otros. Editores y gente así. Y, por supuesto, los lectores, que recurren al medio que estiman conveniente. Estoy convencido de que, en un mundo razonable, la oposición entre libro de papel y libro electrónico no debería plantearse nunca. Lo ideal es que el segundo complemente al primero, llevándolo donde aquél no puede llegar. Como herramienta eficaz de trabajo, por ejemplo. O facilitando el acceso a asuntos menos afortunados en librerías convencionales: teatro, poesía, autores sin respaldo editorial, literatura bloguera, descargas y otros experimentos interesantes que el concepto clásico no favorece demasiado. Pero no es eso lo que se plantea. Al hablar de libro de papel y libro electrónico, lo usual es oponerlos. Obligarte a elegir, como siempre. O conmigo o contra mí. Y no es ésa la cuestión. Creo. El libro electrónico es práctico y divertido. Hace posible viajar con cientos de libros encima, trabajar consultándolos con facilidad, aumentar el cuerpo de letra o leer sin otra luz que la propia pantalla. Incluso los hay con ruido de pasar páginas cuando se va de una a otra, "lo que no deja de ser una simpática gilipollez". Además, mientras lees puedes zapear a tu correo electrónico, escuchar música, ver imágenes y cosas así. Todo muy salpicadito, multimedia. Cuando lees, por ejemplo, "Tienen, por eso no lloran / de plomo las calaveras", puedes ilustrarlo con la foto de guardias civiles que hizo Robert Capa, escuchar a Estopa, ver cómo va el Barça-Osasuna y mandar un emilio a tu churri anunciando que le vas a sorber el tuétano. Y ahí surge uno de los problemas. No con la churri, ni con García Lorca. Ni siquiera con la Guardia Civil. Surge cuando, en vez del Romancero gitano, lo que trajinas es el Oráculo manual y arte de prudencia, de Gracián; Lord Jim o La Regenta. Entonces la atención necesaria se puede desparramar un poquito. Entre otras cosas. Porque leer no tiene nada que ver con eso. Me refiero a leer de verdad, en comunión estrecha con algo que educa tu espíritu, que te hace mejor y consciente de ti mismo. Que aporta lucidez, multiplica vidas, consuela del dolor, la soledad y el desamparo, aclara la compleja y turbia condición humana. Leer así requiere tiempo, serenidad concentrada, ritual. Cuando estás en ello, ni siquiera las bombas son capaces de romper el vínculo mágico. No hay comandante de avión que obligue a apagarlo para el aterrizaje, ni batería que te deje a medias; y si se funden los plomos, o como se diga ahora, el verdadero lector es capaz de seguir haciéndolo a la luz de una vela, de un encendedor, o a la luz de la luna llena reflejada en la arena de un desierto. Puestos a setas o a Rolex, aún hay más. He dicho que libro de papel y libro electrónico deberían ser complementarios; pero si me obligan a elegir, diré alto y claro que no hay color. Y que, llegado a ese extremo, la pantalla portátil me la refafinfla. Estoy harto de toparme con pantallas en todas partes, hasta en el bolsillo, y me niego a transformar mi biblioteca en un cibercafé. Con un libro electrónico, sea El Gatopardo o El perro de los Baskerville, no puedo anotar en sus márgenes, subrayar a lápiz, sobarlo con el uso, hacerlo envejecer a mi lado y entre mis manos, al ritmo de mi propia vida. No hay cuestas de Moyano, ni buquinistas del Sena, ni librerías como las de Luis Bardón, Guillermo Blázquez o Michele Polak, donde los libros electrónicos puedan ocupar sus venerables estantes y cajones. Nada decora como un buen y viejo libro una casa, o una vida. Ninguna pantalla táctil huele como un Tofiño, un Laborde o un Quijote de la Academia, ni tampoco como un Tintín, un Astérix o un Corto Maltés al abrirlos por primera vez. Ninguna conserva la arena de la playa o la mancha de sangre que permiten evocar, años después, un momento de felicidad o un momento de horror que jalonaron tu vida. Y déjenme añadir algo. Si los libros de papel, bolsillo incluido, han de acabar siendo patrimonio exclusivo de una casta lectora mal vista por elitista y bibliófila, reivindico sin complejos el privilegio de pertenecer a ella. Que se mueran los feos. Y los tontos. Tengo casi 30 mil libros en casa; suficientes para resistir hasta la última bala. Quien crea que esa trinchera extraordinaria, su confortable compañía, la felicidad inmensa de acariciar lomos de piel o cartoné y hojear páginas de papel pueden sustituirse por un chisme de plástico con un millón de libros electrónicos dentro, no tiene ni puta idea. Ni de qué es un lector, ni de qué es un libro. El autor español, es periodista, escritor y miembro de la Real Academia Española |
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| Aprender a escuchar Por Susi Mauer El lenguaje nos define y diferencia del resto de los animales. Como bien decía F. Dolto, "el bebe humano es un ser de lenguaje". La palabra, su materia prima, no habita solamente en el habla. El acto de hablar le da vida al lenguaje, lo hace viable, sonoro, lo lanza al terreno de la comunicación, del intercambio. Es en el encuentro con el otro donde la palabra conquista su verdadero sentido. Y si en el otro no se encuentra la actitud de escuchar, sólo habrá voces, palabras en riesgo de convertirse en ruido. Pese a tratarse de uno de los cinco sentidos, la audición no se conquista naturalmente. Se trata, sobre todo, de un entrenamiento que involucra la crianza, la convivencia y la comunicación. No nos escuchamos y, peor aún, no nos preocupamos demasiado por ello. Es éste el punto inquietante: la sordera de los oyentes. El acceso del niño al habla está mucho más jerarquizado como logro que el don de la escucha. Seguir de cerca el proceso de adquisición de la lengua es, sin duda, apasionante. Las primeras palabras conmocionan. Y de allí en más, las redes de esos monosílabos iniciales van tejiendo la malla del lenguaje. El habla del niño va ganando fluidez, pero no necesariamente sucede algo análogo con su posibilidad de escuchar. Los escenarios de la vida actual complejizaron más aún esta realidad. Vayamos a un ejemplo, el de la telefonía adherida al cuerpo. En la última década, el pulso urbano ha cambiado sus ruidos de fondo. Ya no sólo molestan los bocinazos impacientes o los caños de escape aturdidores. El ruido de los teléfonos celulares interrumpe irrespetuoso en todo momento, en cualquier lugar, sin pedir permiso, sin pudor que lo inhiba, sin algo que lo detenga. La tecnología ha ampliado enormemente los alcances de la comunicación, pero también, en cierto sentido, los ha subvertido. El uso indiscriminado, y hasta nocivo, de la telefonía móvil hace más difícil aún nuestra ya escasa posibilidad de escucharnos. Por supuesto que el riesgo no lo aporta la tecnología y sus alcances; tampoco, su uso. Lo importante es cómo decidimos demarcar, desde nosotros mismos, cuándo estamos dentro, o fuera, del "área de cobertura". Solemos ser bastante maleducados para usarlo, hasta grotescos en ocasiones, y vamos deslizándonos hacia una dependencia creciente que no contempla ni al entorno, ni al interlocutor que nos acompaña, ni tampoco a nosotros mismos. Los encuentros son interrumpidos en forma intermitente, perdiendo los diálogos fluidez y naturalidad. El gesto de bajar la vista mirando al propio ombligo para leer disimuladamente un mensaje, o tipear a toda velocidad una respuesta, se nos impuso como un tic nervioso (uno es consciente de lo que le ocurre, pero no puede evitarlo). Alarmas disonantes, ringtones, rebuznos en tono vibrador, suenan en escenarios insospechados: en medio de un concierto, dentro de un baño público, en una charla de amigos en el bar. En tal bullicio, perdemos registro de cuánto se perturba la comunicación humana. Como dice Santiago Kovadloff, "el ruido triunfa donde no deja oír... el ruido inhabilita siempre a su oyente". Decir y hablar son imprescindibles pero no suficientes para que la comunicación se entable. Escuchar es una manera de interesarse por el otro. Es registrar que hay otro a quien prestar atención, a quien ofrecer atención. Recién en ese encuentro el lenguaje se torna una experiencia de intercambio, una experiencia de convivencia. La autora es psicoanalista; autora, junto con Noemí May, del libro Desvelos de padres e hijos (Emecé) |
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| Un tiempo para el tiempo Por Sergio Sinay (Pregunta) Señor Sinay: busqué la definición de "tiempo" en el diccionario, y me aparecieron palabras tales como duración, edad, época. Pero no hay ninguna definición concreta sobre lo que el tiempo es. Podríamos decir que se ve tanto en el deterioro como en la mejora, en el crecimiento como en la vejez. Pero, ¿qué es el tiempo? Que existe, nadie lo puede negar. Entonces, ¿por qué no se puede definir? Dos cosas solamente tengo claras: que la vida está determinada por el tiempo, y que el tiempo implica vida. Maria Barraco (18 años) (Respuesta) Acaso nunca como en este momento del año la conciencia del tiempo esté tan presente en nosotros. Como dice nuestra amiga María, cada quien a su manera percibe que vivimos en el tiempo, que éste es uno de nuestros dos grandes condicionantes iniciales (el otro es el espacio) y advertimos que así como nos marca un límite, también él mismo es vida. "El tiempo es la duración de todo o, dicho de otra forma, la continuación indefinida del universo, que sigue siendo el mismo aunque no deje de cambiar de infinitas maneras." Así lo define André Comte-Sponville en su Diccionario de filosofía. ¿Pero basta con una definición del tiempo para que sepamos qué es? Nada hay tan inasible como el tiempo. A pesar de los calendarios, los relojes, los cronómetros, nada se resiste tanto a la medición, a esos procedimientos mediante los cuales los humanos creemos controlar lo que nos intimida o desconcierta. Se cuenta de un hombre que habló con Dios y le preguntó qué era para El un millón de años. "Para mí es un segundo de tu tiempo", le respondió Dios. ¿Y un millón de dólares? "Lo que para vos significan diez centavos", fue ahora la respuesta. "¿Podrías darme, entonces, esos diez centavos?", preguntó a continuación el hombre. "Con todo gusto. Sólo tendrás que esperar un segundo". ¿Qué es, entonces, el tiempo para cada quien? La respuesta depende de urgencias, de esperanzas, de procesos, de actitudes ante la vida. En la existencia vacía de quien no encuentra un para qué, una razón que lo oriente, cada minuto es un siglo de tedio vital. En la de quien vive para completar una obra, para impulsar una causa, para honrar un amor, para ayudar a otras vidas, para sembrar una semilla que florecerá cuando quizás él no esté, cada segundo está preñado de sentido, y en un segundo se concentra la eternidad. En La rueda de la vida, su emocionante autobiografía, la doctora Elisabeth Kübler-Ross (médica suiza que dedicó su tiempo a ayudar a las personas a morir con sentido y dignidad), dice que en nuestra existencia encarnamos a cuatro animales: el ratón (infancia), animado y movedizo; el oso (primera madurez), que hiberna y recuerda al ratón con ternura; el búfalo (madurez mayor), que recorre paciente la pradera y va despojándose de carga inútil; y el águila (vejez), que sobrevuela el mundo desde lo alto, ve a todos y los anima a mirar hacia donde ella está. Es una metáfora, por supuesto, y de ésta se deduce que quienes, sin oponerse al tiempo, cumplen con ese ciclo, completan una vida que quizá contiene en sí misma una respuesta. Los filósofos estoicos, influyentes en la Grecia del siglo III a.C. y para quienes la libertad y la armonía eran posibles si se dejaban de lado las tentaciones mundanas, veían el tiempo en dos dimensiones. Una (aion), en la que se integran pasado, presente y futuro, y otra (chronos), que es el transcurrir concreto del presente en el que estamos. ¿Nos deja esto en paz, calma nuestra necesidad de saber qué es ese misterio, el tiempo, del que estamos hechos? ¿Acaso hay algo específico y demostrable en este concepto? Si el pasado ya no es, si el futuro aún no es y si el presente resulta el punto fugaz en el cual el futuro se hace pasado, ¿qué es el tiempo? ¿Qué es en estos días especiales, cuando un ciclo se cierra y otro se abre y cuando, más que nunca, el tiempo se muestra inasible y nos dice que es inútil ponerle cifras? No es dinero, no se lo puede ahorrar y la velocidad de su paso no depende nosotros. Como su estimado socio, el espacio, el tiempo nos recuerda que somos seres limitados y nos alienta a hacer de esa limitación una razón para la búsqueda (y el encuentro) de aquello que le dé un sentido a nuestro transcurrir y al paso de él por nosotros. Posiblemente el tiempo sea, después de todo, esta pregunta: ¿qué vas a hacer mientras estés aquí, cuál será tu huella, la que marques en tu momento y quede indeleblemente impresa en todos los instantes que se sucedan de ahí en más? |
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| Alegoria Judia Cuenta una antigua alegoría Judía, que una vez un hombre muy rico fue a pedirle un consejo a un rabino. El rabino lo tomó de la mano, lo acercó a la ventana y le dijo: "Mira"....... El rico miró por la ventana a la calle. El rabino le preguntó ¿qué ves?. El hombre le respondió: "veo gente". El rabino volvió a tomarlo de la mano y lo llevó ante un espejo y le dijo: "qué ves ahora"? El rico le respondió: "Ahora me veo yo". El rabino le contestó: "¿Entiendes?"..... En la ventana hay vidrio y en el espejo hay vidrio. Pero el vidrio del espejo tiene un poco de plata. Y cuando hay un poco de plata uno deja de ver a la gente y comienza a verse solo a sí mismo. |
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SE TU EL CAMBIO QUE QUIERAS VER EN EL MUNDO" ---GANDHI Finalmente, la ciencia va descubriendo lo que poetas y filósofos y maestros espirituales ya veían. Espero que lo disfruten!!!!!!!!!! No dejen de ver el video en YouTube. Vivir es un asunto urgente PINCHA AQUÍ; YouTube - Vivir es un asunto urgente MARIO ALONSO PUIG, CIRUJANO "Lo que el corazón quiere, la mente se lo muestra" Hasta ahora lo decían los iluminados, los meditadores y los sabios; ahora también lo dice la ciencia: son nuestros pensamientos los que en gran medida han creado y crean continuamente nuestro mundo. "Hoy sabemos que la confianza en uno mismo, el entusiasmo y la ilusión tienen la capacidad de favorecer las funciones superiores del cerebro. La zona prefrontal del cerebro, el lugar donde tiene lugar el pensamiento más avanzado, donde se inventa nuestro futuro, donde valoramos alternativas y estrategias para solucionar los problemas y tomar decisiones, está tremendamente influida por el sistema límbico, que es nuestro cerebro emocional. Por eso, lo que el corazón quiere sentir, la mente se lo acaba mostrando". Hay que entrenar esa mente. Tengo 48 años. Nací y vivo en Madrid. Estoy casado y tengo tres niños. Soy cirujano general y del aparato digestivo en el Hospital de Madrid. Hay que ejercitar y desarrollar la flexibilidad y la tolerancia. Se puede ser muy firme con las conductas y amable con las personas. -Más de 25 años ejerciendo de cirujano. ¿Conclusión? -Puedo atestiguar que una persona ilusionada, comprometida y que confía en sí misma puede ir mucho más allá de lo que cabría esperar por su trayectoria. -¿Psiconeuroinmunobiología? -Sí, es la ciencia que estudia la conexión que existe entre el pensamiento, la palabra, la mentalidad y la fisiología del ser humano. Una conexión que desafía el paradigma tradicional. El pensamiento y la palabra son una forma de energía vital que tiene la capacidad (y ha sido demostrado de forma sostenible) de interactuar con el organismo y producir cambios físicos muy profundos. -¿De qué se trata? -Se ha demostrado en diversos estudios que un minuto entreteniendo un pensamiento negativo deja el sistema inmunitario en una situación delicada durante seis horas. El distrés, esa sensación de agobio permanente, produce cambios muy sorprendentes en el funcionamiento del cerebro y en la constelación hormonal. -¿Qué tipo de cambios? -Tiene la capacidad de lesionar neuronas de la memoria y del aprendizaje localizadas en el hipocampo. Y afecta a nuestra capacidad intelectual porque deja sin riego sanguíneo aquellas zonas del cerebro más necesarias para tomar decisiones adecuadas. -¿Tenemos recursos para combatir al enemigo interior, o eso es cosa de sabios? -Un valioso recurso contra la preocupación es llevar la atención a la respiración abdominal, que tiene por sí sola la capacidad de producir cambios en el cerebro. Favorece la secreción de hormonas como la serotonina y la endorfina y mejora la sintonía de ritmos cerebrales entre los dos hemisferios. -¿Cambiar la mente a través del cuerpo? -Sí. Hay que sacar el foco de atención de esos pensamientos que nos están alterando, provocando desánimo, ira o preocupación, y que hacen que nuestras decisiones partan desde un punto de vista inadecuado. Es más inteligente, no más razonable, llevar el foco de atención a la respiración, que tiene la capacidad de serenar nuestro estado mental. -¿Dice que no hay que ser razonable? -Siempre encontraremos razones para justificar nuestro mal humor, estrés o tristeza, y esa es una línea determinada de pensamiento. Pero cuando nos basamos en cómo queremos vivir, por ejemplo sin tristeza, aparece otra línea. Son más importantes el qué y el porqué que el cómo. Lo que el corazón quiere sentir, la mente se lo acaba mostrando. -Exagera. -Cuando nuestro cerebro da un significado a algo, nosotros lo vivimos como la absoluta realidad, sin ser conscientes de que sólo es una interpretación de la realidad. -Más recursos... -La palabra es una forma de energía vital. Se ha podido fotografiar con tomografía de emisión de positrones cómo las personas que decidieron hablarse a sí mismas de una manera más positiva, específicamente personas con transtornos psiquiátricos, consiguieron remodelar físicamente su estructura cerebral, precisamente los circuitos que les generaban estas enfermedades. -¿Podemos cambiar nuestro cerebro con buenas palabras? -Santiago Ramon y Cajal, premio Nobel de Medicina en 1906, dijo una frase tremendamente potente que en su momento pensamos que era metáforica. Ahora sabemos que es literal: "Todo ser humano, si se lo propone, puede ser escultor de su propio cerebro". -¿Seguro que no exagera? -No. Según cómo nos hablamos a nosotros mismos moldeamos nuestras emociones, que cambian nuestras percepciones. La transformación del observador (nosotros) altera el proceso observado. No vemos el mundo que es, vemos el mundo que somos. -¿Hablamos de filosofía o de ciencia? -Las palabras por sí solas activan los núcleos amigdalinos. Pueden activar, por ejemplo, los núcleos del miedo que transforman las hormonas y los procesos mentales. Científicos de Harward han demostrado que cuando la persona consigue reducir esa cacofonía interior y entrar en el silencio, las migrañas y el dolor coronario pueden reducirse un 80%. -¿Cuál es el efecto de las palabras no dichas? -Solemos confundir nuestros puntos de vista con la verdad, y eso se transmite: la percepción va más allá de la razón. Según estudios de Albert Merhabian, de la Universidad de California (UCLA), el 93% del impacto de una comunicación va por debajo de la conciencia. -¿Por qué nos cuesta tanto cambiar? -El miedo nos impide salir de la zona de confort, tendemos a la seguridad de lo conocido, y esa actitud nos impide realizarnos. Para crecer hay que salir de esa zona. -La mayor parte de los actos de nuestra vida se rigen por el inconsciente. -Reaccionamos según unos automatismos que hemos ido incorporando. Pensamos que la espontaneidad es un valor; pero para que haya espontaneidad primero ha de haber preparación, sino sólo hay automatismos. Cada vez estoy más convencido del poder que tiene el entrenamiento de la mente. -Deme alguna pista. -Cambie hábitos de pensamiento y entrene su integridad honrando su propia palabra. Cuando decimos "voy a hacer esto" y no lo hacemos alteramos físicamente nuestro cerebro. El mayor potencial es la conciencia. -Ver lo que hay y aceptarlo. -Si nos aceptamos por lo que somos y por lo que no somos, podemos cambiar. Lo que se resiste persiste. La aceptación es el núcleo de la transformación. Sin fe en uno mismo hay temor, el temor produce violencia, la violencia produce destrucción, por eso, la fe interna supera la destrucción. |
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-Nicolas Tenzer es presidente del Centre d’étude et de réflexion pour l’action politique (CERAP) y director de la revista Le Banquet- Tocqueville concebía a la democracia no sólo como un régimen político sino, sobre todo, como un régimen intelectual que da forma a las costumbres de la sociedad en general, y de ese modo le dio una dimensión psicológica y sociológica. Tocqueville argumentaba que los regímenes democráticos determinan nuestros pensamientos, deseos y pasiones. Así como había un hombre renacentista y, en el siglo XX, un homo sovieticus, "el hombre democrático" es una variedad del ser humano. Para Tocqueville, los efectos sistémicos de la democracia podían llevar a los ciudadanos a privarse de su pensamiento razonado. Solamente podían aparentar que juzgaban los eventos y los valores por sí solos; en realidad, meramente copiaban las opiniones toscas y simplificadas de las masas. En efecto, lo que Tocqueville llamó el dominio del "poder social" sobre la opinión es probablemente más fuerte en los regímenes democráticos -punto de vista que predice el crecimiento de la demagogia en la época moderna y la manipulación de los medios de comunicación. Tocqueville creía que esta tendencia no tenía limitaciones efectivas de largo plazo. Ni las democracias locales, ni las sociedades pequeñas, ni los controles y equilibrios gubernamentales, ni los derechos civiles pueden prevenir la decadencia del pensamiento crítico que la democracia parece ocasionar. Las escuelas tienen el poder de ser poco más que enclaves en medio de la fuerza corrosiva de las influencias sociales sobre el funcionamiento de la mente. De igual manera, si bien Tocqueville pensaba que buscar la virtud como se hizo en la antigüedad o tener una creencia religiosa en algunas ocasiones podía elevar el alma, también entraba en conflicto con el ideal democrático si se prescribía oficialmente en la vida pública. En este sentido, los herederos intelectuales de Tocqueville incluyen a los teóricos neomarxistas de la Escuela de Frankfurt, así como a Hannah Arendt. Todos ellos temían sobre todo a la desintegración de la razón en las sociedades modernas. En efecto, el filósofo francés Marcel Gauchet intituló un libro reciente La democracia contra sí misma. El estilo de vida democrático, como argumentan estos escritores, tiende a destruir el pensamiento original y a suprimir la "alta" cultura, lo que da como resultado una mediocridad que hace a los ciudadanos vulnerables ante los enemigos de la democracia. Pero, mientras que la historia está repleta de regímenes asesinos alabados por masas intimidadas y engañadas, el gran riesgo para los países democráticos es que sus ciudadanos caigan en la apatía y en la visión de corto plazo en aras de la satisfacción inmediata. El pasado -a pesar de los rituales que buscan conmemorar momentos históricos- se borra debido a la adicción por lo nuevo y reciente. Incluso, la clase dirigente supuestamente bien educada está sujeta a este encanto. El problema esencial de la mente democrática es su falta de conciencia histórica. ¿Los defectos de la democracia, realmente significan, como Tocqueville argumentaba, que el pesimismo resignado es el único camino -realista pero insostenible- que tenemos? Yo no lo creo. Hay maneras de luchar en contra de lo que podría llamarse la creciente "estupidez democrática" de hoy. La primera defensa es presionar por un sistema educativo que realmente forme mentes críticas, a saber, por medio de las materias descuidadas en gran medida (actualmente) de la literatura, la historia y la filosofía. Si se quiere formar a la ciudadanía informada y crítica que la democracia necesita, nuestras escuelas deben dejar de plegarse a las modas pasajeras más recientes y empezar a mejorar las capacidades analíticas de los estudiantes. El impedimento más grande para esa educación son los medios masivos de comunicación, con su tendencia a cultivar la superficialidad y la diversión. Actualmente mucha gente pasa más tiempo de su vida viendo la televisión que en los salones de clase. La pasividad que fomentan los medios es el polo opuesto de la participación activa que los ciudadanos democráticos necesitan. Pero es difícil imaginar que los medios masivos de comunicación (a excepción de los periódicos de calidad) se conviertan, por su propia voluntad, en instrumentos de una educación que fortalezca las capacidades críticas de los ciudadanos. Esta preocupación sobre los medios masivos de comunicación no es mero desprecio elitista hacia la cultura popular. La cuestión no es sólo de popularidad -después de todo, Mozart era popular en sus tiempos y las obras teatrales de Shakespeare atraían tanto a los pobres como a los ricos- sino del rechazo de la cultura masiva a desafiar y provocar. El resultado de ese fracaso es una indiferencia generalizada y una pasividad del público. En efecto, durante largo tiempo ha estado en auge una cultura globalizada de los medios que es incapaz de infundir la capacidad del pensamiento crítico o de crear sentimientos elevados. Es una cultura que, debido a su descuido, amenaza la libertad democrática porque no puede crear ningún sentido del deber -a la sociedad, a la historia, a la comunidad. ¿Es muy tarde para hacer algo acerca de una cultura que apaga tanto el espíritu? Tocqueville despreciaba a las élites de su tiempo por su complacencia de cara a la fuerza de desarraigo de la democracia masiva. ¿Acaso servirá también la miopía de nuestros líderes como agente de su profecía inquietante? |
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