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En el salón
Por Cecilia Absatz No hay nada más melancólico que la nostalgia por el pasado. Es preferible tratar de montarse al galope de los días, que -dicho sea de paso- parecen correr cada vez más rápido. Cambian las modas, que arrasan y se esfuman como los tornados. La tecnología prospera a tal punto que comienza a tocarse con la magia, y la medicina hace milagros que podrían figurar en los misales. El mundo de hoy será más peligroso, pero resulta mucho más interesante que la apacible aldea que atesora la memoria en el altillo. El presente avanza con el pulso inquieto, por momentos irritante, de una película experimental que abusa de la cámara en mano. Está lleno de sonido y de furia, como el cuento de un idiota. Es responsabilidad de cada uno, entonces, encontrar la felicidad y la belleza donde quiera y como pueda, pero hoy. Sin embargo, por momentos resulta inevitable añorar algunas cosas, tal vez triviales, como por ejemplo una buena conversación. No digo que haya desaparecido del todo, sólo que escasea. En otras épocas, cuando la vida social estaba menos contaminada por los apremios del presente, el arte de la conversación formaba parte del paquete básico de los buenos modales, junto con la puntualidad, el correcto uso de los cubiertos en la mesa y las leyes de precedencia a la hora de las presentaciones. Además de ser uno de los más grandes escritores de la historia, Marcel Proust es también un notable maestro: no sólo enseña cómo se escribe una novela (en El tiempo recobrado ); también describe con precisión los secretos, el humor y las leyes del comportamiento social de su tiempo, cuando la burguesía francesa comenzaba a mezclarse con la aristocracia. En una escena de El mundo de Guermantes , por ejemplo, una joven recién llegada al ambiente de los salones visita a Oriana y no la encuentra en casa. Como no tenía encima una tarjeta, rompe la solapa de un sobre que llevaba consigo y anota su nombre en el triangulito de papel. La duquesa, cuando recibe tan informal misiva, decide responder con un triángulo de papel gigantesco que arranca del envoltorio de un cuadro que acaba de traerle su amigo Carlos Swann. Los dos se ríen a carcajadas de la imprudencia de la chica. En las conversaciones narradas por Proust se cumplían las leyes clásicas que figuran en los manuales: no se hablaba de dinero en la mesa, ni del propio ni del ajeno, y -por supuesto- se evitaban los temas terrenales vinculados con el cuerpo y sus intimidades. Pero en clave más sutil regía una norma de oro: el protagonista de la conversación siempre era el otro. Las personas educadas evitaban hablar de sí mismas y en cambio manifestaban un inagotable interés por su interlocutor. El anfitrión manejaba los cruces con elegancia y evitaba los desmanes. Uno hablaba y los demás escuchaban. Escuchaban. Hoy, ochenta o noventa años más tarde, una conversación así es una gema difícil de encontrar. Las conversaciones de hoy suelen ser muy diferentes. Por lo pronto, resulta bastante difícil terminar una frase completa, con sujeto, verbo y predicado. Digamos que A comienza a decir algo y B, en cuanto detecta el tema mencionado, le termina la frase. El deporte de terminar la frase ajena está increíblemente extendido y podría significar varias cosas: un intento de empatía, del tipo "entiendo a la perfección lo que estás diciendo"; un ataque de impaciencia, o la sencilla incapacidad de callar durante un instante. El problema es que, muchas veces, el aporte de B no es en absoluto lo que A planeaba decir. El aporte de B es por lo general la formulación oficial, la opinión pública, la declaración "correcta" sobre cualquier tema que se trate. B entiende que la conversación es una especie de coro musical en el que cada uno dice lo que cree que debe decir, como si leyera una partitura, y debe decirlo encima del otro, en una especie de canon tonal. Más que escuchar lo que su interlocutor tiene para decir, considera su deber declarar su propia verdad, de cuyo interés no duda ni un instante. Lo dicho. Sonido y furia, como dijo el vate. |
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En el salón
Por Cecilia Absatz No hay nada más melancólico que la nostalgia por el pasado. Es preferible tratar de montarse al galope de los días, que -dicho sea de paso- parecen correr cada vez más rápido. Cambian las modas, que arrasan y se esfuman como los tornados. La tecnología prospera a tal punto que comienza a tocarse con la magia, y la medicina hace milagros que podrían figurar en los misales. El mundo de hoy será más peligroso, pero resulta mucho más interesante que la apacible aldea que atesora la memoria en el altillo. El presente avanza con el pulso inquieto, por momentos irritante, de una película experimental que abusa de la cámara en mano. Está lleno de sonido y de furia, como el cuento de un idiota. Es responsabilidad de cada uno, entonces, encontrar la felicidad y la belleza donde quiera y como pueda, pero hoy. Sin embargo, por momentos resulta inevitable añorar algunas cosas, tal vez triviales, como por ejemplo una buena conversación. No digo que haya desaparecido del todo, sólo que escasea. En otras épocas, cuando la vida social estaba menos contaminada por los apremios del presente, el arte de la conversación formaba parte del paquete básico de los buenos modales, junto con la puntualidad, el correcto uso de los cubiertos en la mesa y las leyes de precedencia a la hora de las presentaciones. Además de ser uno de los más grandes escritores de la historia, Marcel Proust es también un notable maestro: no sólo enseña cómo se escribe una novela (en El tiempo recobrado ); también describe con precisión los secretos, el humor y las leyes del comportamiento social de su tiempo, cuando la burguesía francesa comenzaba a mezclarse con la aristocracia. En una escena de El mundo de Guermantes , por ejemplo, una joven recién llegada al ambiente de los salones visita a Oriana y no la encuentra en casa. Como no tenía encima una tarjeta, rompe la solapa de un sobre que llevaba consigo y anota su nombre en el triangulito de papel. La duquesa, cuando recibe tan informal misiva, decide responder con un triángulo de papel gigantesco que arranca del envoltorio de un cuadro que acaba de traerle su amigo Carlos Swann. Los dos se ríen a carcajadas de la imprudencia de la chica. En las conversaciones narradas por Proust se cumplían las leyes clásicas que figuran en los manuales: no se hablaba de dinero en la mesa, ni del propio ni del ajeno, y -por supuesto- se evitaban los temas terrenales vinculados con el cuerpo y sus intimidades. Pero en clave más sutil regía una norma de oro: el protagonista de la conversación siempre era el otro. Las personas educadas evitaban hablar de sí mismas y en cambio manifestaban un inagotable interés por su interlocutor. El anfitrión manejaba los cruces con elegancia y evitaba los desmanes. Uno hablaba y los demás escuchaban. Escuchaban. Hoy, ochenta o noventa años más tarde, una conversación así es una gema difícil de encontrar. Las conversaciones de hoy suelen ser muy diferentes. Por lo pronto, resulta bastante difícil terminar una frase completa, con sujeto, verbo y predicado. Digamos que A comienza a decir algo y B, en cuanto detecta el tema mencionado, le termina la frase. El deporte de terminar la frase ajena está increíblemente extendido y podría significar varias cosas: un intento de empatía, del tipo "entiendo a la perfección lo que estás diciendo"; un ataque de impaciencia, o la sencilla incapacidad de callar durante un instante. El problema es que, muchas veces, el aporte de B no es en absoluto lo que A planeaba decir. El aporte de B es por lo general la formulación oficial, la opinión pública, la declaración "correcta" sobre cualquier tema que se trate. B entiende que la conversación es una especie de coro musical en el que cada uno dice lo que cree que debe decir, como si leyera una partitura, y debe decirlo encima del otro, en una especie de canon tonal. Más que escuchar lo que su interlocutor tiene para decir, considera su deber declarar su propia verdad, de cuyo interés no duda ni un instante. Lo dicho. Sonido y furia, como dijo el vate. La autora es periodista |
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ESPEJOS – NUESTRAS RELACIONES – DEEPAK CHOPRA
Todos somos extensiones del campo universal de energía, distintos puntos de vista de una entidad única. Esto implica ver todas las cosas del mundo, ver a todas las personas del mundo y darnos cuenta de que estamos mirando otra versión de nosotros. Tú y yo somos lo mismo. Todo es lo mismo. Todos somos espejos de los demás y debemos aprender a vernos en el reflejo de las demás personas. A esto se llama espejo de las relaciones. A través del espejo de una relación, descubro mi yo no circunscrito. Por esta razón, el desarrollo de las relaciones es la actividad más importante de mi vida. Todo lo que veo a mi alrededor es una expresión de mí mismo. Las relaciones son una herramienta para la evolución espiritual cuya meta última es la unidad en la conciencia. Todos somos inevitablemente parte de la misma conciencia universal, pero los verdaderos avances tienen lugar cuando empezamos a reconocer esa conexión en nuestra vida cotidiana. Las relaciones son una de las maneras más efectivas para alcanzar la unidad en la conciencia, porque siempre estamos envueltos en relaciones. Piensa en la red de relaciones que mantienes: padres, hijos, amigos, compañeros de trabajo, relaciones amorosas. Todas son, en esencia, experiencias espirituales. Cuando estás enamorado, romántica y profundamente enamorado, tienes una sensación de atemporalidad. En ese momento, estás en paz con la incertidumbre. Te sientes de maravilla, pero vulnerable; sientes cercanía pero también desprotección. Estás transformándote, cambiando, pero sin miedo. Te sientes maravillado. Ésa es una experiencia espiritual. A través del espejo de las relaciones, de cada una de ellas, descubrimos estados prolongados de conciencia. Tanto aquellos a quienes amamos como aquellos por quienes sentimos rechazo, son espejos de nosotros. ¿Hacia quiénes nos sentimos atraídos? Hacia las personas que tienen características similares a las nuestras, pero eso no es todo. Queremos estar en su compañía porque subconscientemente sentimos que al hacerlo, nosotros podemos manifestar más de esas características. Del mismo modo, sentimos rechazo hacia las personas que nos reflejan las características que negamos de nosotros. Si sientes una fuerte reacción negativa hacia alguien, puedes estar seguro de que tú y esa persona tienen características en común, características que no estás dispuesto a aceptar. Si las aceptaras, no te molestarían. Cuando reconocemos que podemos vernos en los demás, cada relación se convierte en una herramienta para evolución de nuestra conciencia. Gracias a esta evolución experimentamos estados extendidos de conciencia. La próxima vez que te sientas atraído por alguien, pregúntate qué te atrajo. ¿Su belleza, gracia, elegancia, autoridad, poder o inteligencia? Cualquier cosa que haya sido, sé consciente de que esa característica también florece en ti. Si prestas atención a esos sentimientos podrás iniciar el proceso de convertirte en ti más plenamente. Lo mismo se aplica a las personas hacia las que sientes rechazo. Al adoptar más plenamente tu verdadero yo, debes comprender y aceptar tus características menos atractivas. La naturaleza esencial del Universo es la coexistencia de valores opuestos. No puedes ser valeroso si no tienes a un cobarde en tu interior; no puedes ser generoso si no tienes a un tacaño; no puedes ser virtuoso si careces de la capacidad para actuar con maldad. Gastamos gran parte de nuestras vidas negando este lado oscuro y terminamos proyectando esas características oscuras en quienes nos rodean. ¿Has conocido personas que atraigan sistemáticamente a su vida a los sujetos equivocados? Normalmente, aquéllas no comprenden por qué les sucede esto una y otra vez, año tras año. No es que atraigan esa oscuridad; es que no están dispuestas a aprobarlas en sus propias vidas. Un encuentro con una persona que no te agrada es una oportunidad para aceptar la paradoja de la coexistencia de los opuestos; de descubrir una nueva faceta de ti. Es otro paso a favor del desarrollo de tu ser espiritual. Las personas más esclarecidas del mundo aceptan todo su potencial de luz y oscuridad. Cuando estás con alguien que reconoce y aprueba sus rasgos negativos, nunca te sientes juzgado. Esto sólo ocurre cuando las personas ven el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto, como características externas. Cuando estamos dispuestos a aceptar los lados luminoso y oscuro de nuestro ser, podemos empezar a curarnos y a curar nuestras relaciones. Todos somos multidimensionales, omnidimensionales. Todo lo que existe en algún lugar del mundo también existe en nosotros. Cuando aceptamos esos distintos aspectos de nuestro ser, reconocemos nuestra conexión con la conciencia universal y expandimos nuestra conciencia personal. Las características que distinguimos más claramente en los demás están presentes en nosotros. Cuando seamos capaces de ver en el espejo de las relaciones, podremos empezar a ver nuestro ser completo. Para esto es necesario estar en paz con nuestra ambigüedad, aceptar todos los aspectos de nosotros. Necesitamos reconocer, en un nivel profundo, que tener características negativas no significa que seamos imperfectos. Nadie tiene exclusivamente características positivas. La presencia de características negativas sólo significa que estamos completos; gracias a esa totalidad, podemos acceder más fácilmente a nuestro ser universal, no circunscrito. Una vez que puedas verte en los demás, será mucho más fácil establecer contacto con ellos y, a través de esa conexión, descubrir la conciencia de la unidad. Éste es el poder del espejo de las relaciones. Deepak Chopra, médico y escritor hindú. Deepak Chopra - Wikipedia, la enciclopedia libre |
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Carta de de una Psicóloga Chilena
Terremoto del Alma Se nos cayeron muros y casas completas. Muchas cosas materiales a las que les teníamos cariño desaparecieron ante nuestros ojos sin que nada pudiéramos hacer. Perdimos seres queridos y de un momento a otro nos sentimos solos y desamparados. Tanta importancia que le damos a la tecnología y nos costó días poder llegar a comunicarnos con zonas cercanas y lejanas. Volvimos a usar el lápiz y muchos de nosotros nos recriminamos por no sabernos los números de teléfono y por no tener batería para comunicarnos. Todo quedó a oscuras, todo quedó en silencio, como una invitación a mirar a lo mas profundo de nuestra alma. ¿Cuántos se dieron cuenta quienes eran los que amaban y descubrieron con sorpresa y tristeza que a lo mejor una relación estaba irremediablemente rota? Claramente no todos contábamos con radios a pilas, velas y todo lo que se nos dice que debemos tener en caso de estas situaciones. Muchos edificios no tenían cargados los sistemas de luz de emergencia, como que pensábamos que nunca íbamos a tener que ocuparlos. Tuvimos miedo, pena, rabia, nos sentimos frágiles, pequeños y vulnerables. Todo esto solo nos lleva a concluir que en esos minutos fuimos más que nunca verdaderamente humanos. Sin muletas, sin ataduras, sin dependencias. Desde nosotros tenían y debían salir todas las soluciones. Poco de lo de afuera nos servia. La oscuridad nos hacia mirar sombras, bosquejos, nos invitaba a escuchar latidos, ritmos respiratorios, abrazos... El glamour, las "fachas" y las ropas dejaron de importar. Perdimos pudores, nos volvimos simples, sensitivos, empáticos y cariñosos. Volvió el día y comenzamos a ver hacia afuera, todo lo cercano aparecía ante nuestros ojos y lo lejano se nos hacia inalcanzable. Sabíamos poco, muy poco de lo que pasaba. Evaluábamos la realidad de acuerdo a lo que nos pasó a nosotros, nos faltaba perspectiva. Había miedo, inseguridad, curiosidad. Ganas de movernos, ansiedad por hacerlo. No saber por donde empezar inundaba nuestras cabezas. Los más ansiosos, empezaron de inmediato, los más calmados muy de a poco. Algo nos decía que lo que había pasado era grave. La radio, hermoso medio, nunca paro. Lo poco que sabíamos era por ellos. Gente con temple y valentía que merece un premio por el coraje de dejar a los suyos por el mandato de servir a otros traspasando sus propios miedos. Mil gracias a todos ellos. El terremoto, fue como un gran colador que mostró lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Comenzaba el desafío de recuperar la sabiduría de los que no saben nada. Apareció una crisis de valores que tendremos que revisar cuando ya estemos en pie. Los chilenos tenemos que aprender mucho de la solidaridad, de esa que no tiene que ver con campañas, esa de todos los días. Nos falta respetarnos y tolerarnos más. Aceptar que en la empatía esta la verdadera solidaridad. Entender que donar cosas no implica hacer un orden de la casa y sacar lo que no nos sirve. El que haya llevado a la cruz roja un solo zapato en vez del par, es francamente digno de análisis. Y hay que sumar el hecho de que en una campaña solamente no se muestra nuestra capacidad para dar, eso es de todos los días. Aquí hubo saqueos con plata y sin plata. Ambos imperdonables y reflejo perfecto de todo lo anterior. Tal vez esto muestra nuestra falta de desarrollo espiritual y nuestro extremo apego a las cosas. Se nos cayeron las mascaras y los muros, aparecieron nuestras lagrimas, muchas veces expresadas en cuatro paredes. Aparecieron seres de luz haciendo campañas, ollas comunes y gestos de solidaridad que sin duda generaron una sonrisa en el rostro de DIOS. El terremoto del alma es el mas lento de sanar. No nos sirve para ello, el dinero, la tecnología y tantas otras cosas en las cuales nos apoyamos. Todo nos sirve y nos ayuda pero tendremos que levantarnos desde adentro para que lo que construyamos afuera sea de una solidez que el próximo temblor no sea capaz de destruir. Usemos el humor, la fe y los afectos, creo que con esto el camino se hará mas fácil para todos". |
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Busco mi chica ideal
Como les contaba antes: Busco a la la chica ideal. Bah, en realidad a MI chica ideal, como bien comentan Diego e Ileana, en mensajes de lo que escribí antes. Hay 2 formas de recorrer el camino de la búsqueda: sufriendo por no encontrarla, dando lástima y así espantando a las mujeres o pasándola bien, conociendo a las chicas que la vida me va poniendo en el camino. Si la cosa tiene que funcionar va a funcionar y si ella no es para mi y yo no soy para ella, quedará en una salida, en una peli juntos, en un cuarto de helado un martes a la noche charlando de nada mientras Ronalda lengüetea el telgopor. Había una propaganda de una gaseosa que decía “las mujeres huelen tu desesperación” y es tal cual! Por eso, hace que tiempo estoy tranquilo, que soy yo, que me muestro tal como soy. Si a las chicas le gusta genial y sino les gusta no hay drama, para qué forzar una situación? Prefiero saber desde un principio que la cosa no va, que perder 6 meses con una mina con la cual desde el vamos sabía que no iba a funcionar. Ya estoy grande para estas cosas y es una de las cosas que le agradezco a la experiencia. Y ojo, mi vida no fue siempre así. Hasta hace 3 años, estaba de novio con Pato, un bombón: era preciosa (es preciosa), super copada y además hacía la mejor chocotorta del planeta. Pero nos peleamos, ya sabrán porqué. Y con el tiempo sinceramente me acostumbré a estar soltero (aunque hay domingos a la tarde que asesinaría por hacer cucharita viendo un capítulo de Lost). Y si nunca me puse de novio de nuevo desde entonces, es porque realmente hasta ahora no encontré a otra chica con la cual me sienta tan bien como con ella. Que me banque, que me haga reir y obviamente que me guste mucho: no la voy a caretear, si la mujer con la que estoy no me gusta físicamente, la cosa no va. Ojo, no digo que tiene que ser alta o baja o flaca o gorda, digo que ME GUSTE, que me atraiga a mi, a Juanjo. Se que me voy a ganar un par de enemigos con esto último, pero como siempre, soy sincero. Los que vieron el primer capítulo, lo tienen bien claro…jeje Después me dirán que opinan. La seguimos la próxima. |
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LA ESCRITURA CURSIVA
Jaim Etcheverry (El autor es educador y ensayista ) ¿Cuánto hace que no experimentamos el placer de recibir una carta manuscrita en letra cursiva? La caligrafía es una habilidad humana en rápida extinción, porque ya casi no se enseña en las escuelas. Cuando se emplea una lapicera, en general se lo hace para escribir con letra de imprenta. Stefano Bartezzaghi y María Novella de Luca, periodistas italianos interesados en el tema, se preguntan si la preocupación por el ocaso de la escritura cursiva responde a la nostalgia o constituye una emergencia cultural. Muchos expertos se inclinan por la última alternativa. En Inglaterra se vuelve a usar la estilográfica para que los estudiantes aprendan la grafía. En Francia también se considera que no se debe prescindir de esa habilidad, pero allí el problema reside en que ya no la dominan ni los maestros. Aunque el mundo adulto no está aún preparado para recibir las nuevas inteligencias de los niños producto de la tecnología, la pérdida de la habilidad de la escritura cursiva explica trastornos del aprendizaje que advierten los maestros e inciden en el desempeño escolar. En la escritura cursiva, el hecho de que las letras estén unidas una a la otra por trazos permite que el pensamiento fluya con armonía de la mente a la hoja de papel. Al ligar las letras con la línea, quien escribe vincula los pensamientos traduciéndolos en palabras. Por su parte, el escribir en letra de imprenta, alternativa que se ha ido imponiendo, implica escindir lo que se piensa en letras, desguazarlo, anular el tiempo de la frase, interrumpir su ritmo y su respiración. Si bien ya resulta claro que las computadoras son un apéndice de nuestro ser, hay que advertir que favorecen un pensamiento binario, mientras que la escritura a mano es rica, diversa, individual, y nos diferencia a unos de otros. Habría que educar a los niños desde la infancia en comprender que la escritura responde a su voz interior y representa un ejercicio irrenunciable. Es ilógico suponer que la tendencia actual se revertirá, pero al menos los sistemas de escritura deberían convivir, precisamente por esa calidad que tiene la grafía de ser un lenguaje del alma que hace únicas a las personas. Su abandono convierte al mensaje en frío, casi descarnado, en oposición a la escritura cursiva, que es vehículo y fuente de emociones al revelar la personalidad, el estado de ánimo. Posiblemente sea esto lo que los jóvenes temen, y optan por esconderse en la homogeneización que posibilita el recurrir a la letra de imprenta. Porque, como lo destaca Umberto Eco, que interviene activamente en este debate, la escritura cursiva exige componer la frase mentalmente antes de escribirla, requisito que la computadora no sugiere. En todo caso, la resistencia que ofrecen la pluma y el papel impone una lentitud reflexiva. Muchos escritores, habituados a escribir en un teclado, desearían a veces volver a realizar incisiones en una tableta de arcilla, como los sumerios, para poder pensar con calma. Eco propone que, así como en la era del avión se siguen tripulando barcos a vela, sería auspicioso que los niños aprendieran caligrafía, para educarse en lo bello y para facilitar su desarrollo psicomotor. Como en tantos otros aspectos de la sociedad actual, surge aquí la centralidad del tiempo. Un artículo reciente en la revista Time, titulado Duelo por la muerte de la escritura a mano, señala que es ése un arte perdido, ya que, aunque los chicos lo aprenden con placer porque lo consideran un rito de pasaje, "nuestro objetivo es expresar el pensamiento lo más rápidamente posible. Hemos abandonado la belleza por la velocidad, la artesanía por la eficiencia. Y, sí -admite su autora, Claire Suddath-, tal vez seamos algo más perezosos. La escritura cursiva parece condenada a seguir el camino del latín: dentro de un tiempo, no la podremos leer". Abriendo una tímida ventana a la individualidad, aún firmamos a mano. Por poco tiempo. |
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Esas vidas desnudas
Por Arturo Pérez-Reverte Acaba de recordármelo una fotografía tomada tras el hundimiento de un edificio en Madrid: la huella de sus habitaciones y de las vidas que las poblaron, impresa en las paredes del edificio contiguo como en el corte vertical de una tarta de varios pisos, o esas antiguas casitas de muñecas que podían abrirse para ver el interior con muebles diminutos. Huellas de peldaños que ya no llevan a ninguna parte, fotografías enmarcadas, un sillón en precario equilibrio sobre una cornisa de suelo roto, un dibujo sujeto con chinches junto a una cama infantil, la pared del cuarto de un joven con diana de dardos en la pared, estante con libros y póster de grupo rockero... Restos de existencias arrancadas de allí por el azar, la desgracia, la mano oculta de un jugador desprovisto de sentimientos que mueve piezas en un tablero frío como el universo. Que mata, hiere, rompe, mutila, porque el bien y el mal se funden en su implacable simetría. En su terrible naturaleza. La imagen, que coin*cide con otras que llegaron hace poco de Haití, me transporta a tiempos y lugares donde esa clase de imágenes, por repetidas hasta la monotonía, ni siquiera eran noticia; sólo paisaje habitual a uno y otro lado de las calles por las que caminaba pisando cristales rotos, espantado no por el horror inmediato -a todo se hace uno con el hábito y la lucidez forzosa-, sino por la mano despiadada que había tajado sin que le temblara el pulso, con su cuchillo de carnicero cósmico, aquellos edificios y las vidas que contenían. La regla helada, impasible, que se advertía detrás de aquella desolación y aquel silencio. También está la melancolía. Otro recuerdo de los suscitados por esa fotografía tiene que ver con un antiguo edificio que durante muchos años fue escenario de mi infancia familiar, y que más tarde, derribado casi por completo, mantuvo demasiado tiempo alguno de sus muros desnudos impúdicamente expuesto a la mirada pública, con mi memoria impresa en él, visible cada vez que me detenía allí: huellas de muebles, apliques de lámparas y cuadros en las paredes, empapelado, azulejos de la cocina, restos de baldosas y escaleras. Rastros de un paisaje entrañable, de juegos infantiles, de calor y de cobijo. Del paraíso perdido del que tarde o temprano te expulsa el tiempo. Ante aquel triste aspecto de un lugar para mí tan amado y conocido, cuyo plano y detalles podía -todavía puedo- reconstruir minuciosamente en la memoria, llegué a experimentar, a veces, intensos sentimientos de nostalgia. De pérdida irreparable. Y si en mi caso el despojo se debía exclusivamente a la convicción del paso de los años y la ausencia paulatina e inevitable de seres queridos -nada especialmente dramático cuando se considera con arreglo al orden natural de las cosas-, imagino el desconsuelo de quienes contemplan las huellas de sus propias vidas en las paredes de antiguos hogares después de sucesos trágicos, pérdidas graves, golpes brutales de los que aniquilan cuanto el ser humano posee, o cree poseer. Esa es la razón de que las imágenes de esas existencias desnudas, los cortes verticales de edificios descubiertos de un día para otro por catástrofes naturales, guerras o siniestros azares del destino, me conmuevan especialmente. Me pongan -disimulen la mariconada- algo blandito por dentro. Más, incluso, que los cuerpos sepultados bajo los escombros. Hay en esas paredes algo que revela la parte indefensa, y tal vez la mejor, del ser humano. De cualquiera. De todos. A ver qué miserable o canalla entre los millones que adornan el paisaje, por mucho que lo sea, no tiene un rincón noble en alguna parte. Una retaguardia íntima, privada, hecha, incluso para los peores entre nosotros, de afectos, lecturas, músicas, sueños, amores, ternuras. La habitación de un hijo, el dormitorio de una madre con su crucifijo en la pared, el póster del Che, la foto de boda de los padres o los abuelos, el retrato de un niño que fue feliz o no lo fue, la cama donde se ama, se sueña o se tienen pesadillas, la estantería con libros que ayudan a vivir otras vidas, a planear futuros o a consolar pasados. Asomarme involuntariamente a esa parte al descubierto de cada uno de nosotros me conmueve e incomoda, pues hace vacilar la confortable certeza, tan útil en tiempos de crisis -y todos los tiempos lo son- de que el ser humano tiene siempre lo que se merece. Esa exhibición desconsiderada, impúdica, de tantas vidas desnudas, dispara también curiosos mecanismos de solidaridad frente al verdugo cósmico que juega con nosotros al ajedrez. Con fotografías como la que comento, con paisajes parecidos, o peores, que a mi pesar conservo en la memoria, me gustaría tener delante a ese jugador improbable y decirle: oye, desvergonzado hijo de la grandísima puta. A un ser humano se lo mata, si tales son las reglas. De acuerdo. Pero no se lo humilla. No se lo desnuda así, en público, en lo que es y lo que fue. El autor español, es periodista, escritor y miembro de la Real Academia Española |
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TULULO III
LO QUE HAY QUE OíR Por FRANCISCO GARCÍA PÉREZ La profesora echó un vistazo por el ventanuco desde el que se divisaba una esquina de La Caleta de Cádiz. Daba clase en un colegio de la provincia, y, aunque era sevillanacerrada, los gaditanos le encantaban. Encima de la mesa de su estudio, unos cien exámenes para corregir. No se dejó invadir por la pereza, se sirvió un té frío y se sentó a la tarea. Antes, una última ojeada a la luz inmensa sobre el mar. Los/ejercicios, 4° de la ESO, trataban sobre las lenguas peninsulares y alguna cuestión de cultura general que había conseguido ir metiendo con calzador a los chavales: un poco de arte, unas pinceladas de historia... Leyó el primero: «Los versos utilizados en España antes del Renacimiento eran, mayormente, el dodecaedro y el octoedro». ¡Virgen Santa del Rocío! Tachó la respuesta, pero incorporo un “jajaja” con el rotulador rojo en el margen. No se desmorono. En el tercero de los folios, se afirmaba literalmente: «El euskera es una lengua bilingüe». Se quitó las gafas, se masajeó las sienes: no podía ser cierto. Pero lo era, porque, según otro alumno: «El euskera se cree que llegó del Cáucaso [sic] con una' familia de inmigrantes». Y todo ello, claro, escrito en lo que quería ser un andaluz fonético. Por ejemplo: «El gallego es de origen griego derivado del latín», que aparecía como «er gayego' e dorihen jriego deribao der latín»... De pronto, una respuesta le hizo fijar su atención de modo especial: «TuIulo III». Allí estaba, como contestación a la pregunta numero 12. «Tululo lII». ¿TuluIo Tercero?, se preguntó, ¿pero cuando hable yo de un TuIulo Tercero? ¿Qué habrá entendido aquella alma cándida? Preocupada, repasó la lista de reyes, de papas... ¿TuIulo Tercero? ¿Acaso había querido decir TuIulo Tres? Es posible... pero ¿quién es Tululo Tres, en todo caso? Ya está, pensó, este elemento metió aquí a algún cantante de moda o algún personaje de «Gran hermano», a algún Camilo Sesto moderno, armándose un taco. Se preparó otro té, más frío aún. Sonrió recordando aquel gazapo de un periódico que puso como pie de foto «Inocencio Díez» bajo una reproducción del retrato velazqueño del Papa Inocencio X. Ahí fue cuando se le encendió la bombilla. Recordaba, en efecto, haber explicado algo de Pintores famosos en una de las clases. Recordó enseguida que había insistido mucho en que prestaran atención, que aquello iba a ser asimismo materia de examen, que guardaran silencio. Sí, incluso había llevado diapositivas al aula... La intuición le fue creciendo dentro como un irresistible golpe de mar. Algo tenía que ver el «Tululo lII» de los demonios con aquella jornada. Algo, pero qué. Agitada, fue en busca de la cartera donde guardaba las preguntas el, examen que había puesto. Encontró la de marras y aún quedó más perpleja. La había formulado así: «Escribe el nombre de algún pintor francés famoso». Y Tululo lll ¿qué tenía que ver con eso? Ella misma fue repasando en su memoria los artistas franceses: Monet, Manet, Pissarro... Sisley, Marisot... De Lacroix, Renoir... Cezanne, Gauguin... Cuando cayó en la cuenta, hubo de sentarse de golpe en el sofá. Aquella clase se le vino al punto, imagen tras imagen, palabra tras palabra: «A ver, niños, hoy vamos a estudiar a un pintor muy bohemio y muy bueno que se llama Toulouse Lautrec». Y, claro, ¿cómo pronuncia esa frase una sevillana adoptada por Cádiz? Muy sencillo: «Vamo a estudiá a un pintó mu bohemio y mu güeno que ze yama Tululotré» Y el niño, sabedor de Felipes IlI, de Carlos IlI, de Abderramanes IlI, de tanta gente que ha sido III en la historia, no tuvo duda al copiar en su cuaderno el nombre del artista: «Tululo lll». ¡Ole y ole, chaval! |
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Saber Valorarse
Un Discípulo se acercaba a su joven maestro con estas palabras: Aquí estoy, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. Como puedo mejorar? Que puedo hacer para que me valoren mas? El maestro sin mirarlo, le, dijo: -Cuanto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después...- y haciendo una pausa agrego- si quisieras ayudarme tu a mi, yo podría resolver este problema con mas rapidez y después tal vez te pueda ayudar. -E...encantado, maestro- titubeo el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado, y sus necesidades postergadas. -Bien, asintió el maestro. Se quito un anillo que llevaba en el dedo pequeño y dándoselo al muchacho, agrego- toma el caballo que esta allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por el la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Ve y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas. El joven tomo el anillo y partió. Apenas llego empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y solo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenia instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazo la oferta. Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado- más de cien personas- y abatido por su fracaso, monto su caballo y regreso. Cuanto hubiera deseado el joven tener el mismo esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado el mismo al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda. Entro en la habitación. -Maestro- dijo- lo siento, no se puede conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo. -Que importante lo que dijiste, joven amigo!- contesto sonriente el maestro-. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo ante de pedir nada por el No crees? Vuelve pues a montar y vete al joyero, porque. Quien mejor que el para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuanto te da por el. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo. El joven volvió a cabalgar. El joyero examino el anillo a la luz del candil con su lupa, lo peso y luego le dijo: -Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender YA, no puedo darle mas que 58 monedas de oro por su anillo. -58 MONEDAS!!!!!!!!!!!!!!!!! Exclamo el joven. Si, replico el joyero- yo se que con tiempo podríamos obtener por el cerca de 70 monedas, pero no se...si la venta es urgente... El joven corrió emocionado a la casa del maestro a contarle lo sucedido. -Siéntate- dijo el maestro después de escucharlo, y mientras se colocaba de nuevo su anillo en su dedo dijo- discípulo mío, tu eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, solo puede evaluarte verdaderamente un experto. Que haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor? |
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Daniel Samper Pizano es un abogado, periodista, cuentista, columnista y novelista colombiano, colaborador de varios medios escritos y televisivos. Hermano del ex presidente Ernesto Samper Pizano y miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, es columnista habitual del diario El Tiempo en la columna llamada "Cambalache”, ha colaborado en publicaciones como El Malpensante, Semana y Gatopardo, sus escritos se caracterizan por tener un amplio y agradable sentido del humor y crítica social...
Comparto con ustedes un formidable y agudo artículo sobre el "Jefe de la Familia" llamado Padre, Papá, Papi. Disfrútenlo PADRE, PAPÁ, PAPI Por Daniel Samper Pizano Hasta hace cosa de un siglo, los hijos acataban el cuarto mandamiento como si no fuera dictamen de Dios sino reglamento de la Federación de Fútbol. Imperaban normas estrictas de educación: nadie se sentaba a la mesa antes que el padre; nadie hablaba sin permiso del padre; nadie se levantaba si el padre no se había levantado; nadie repetía almuerzo, porque el padre solía dar buena cuenta de las bandejas: por algo era el padre... La madre ha constituido siempre el eje sentimental de la casa, pero el padre era la autoridad suprema. Cuando el padre miraba fijamente a la hija, esta abandonaba al novio, volvía a vestir falda larga y se metía de monja. A una orden suya, los hijos varones cortaban leña, alzaban bultos o se hacían matar en la guerra. - Padre: ¿quiere usted que cargue las piedras en el carro y le dé de beber al buey? ¡Qué berraquera era el padre! Todo empezó a cambiar hace unas siete décadas, cuando el padre dejó de ser el padre y se convirtió en el papá. El mero sustantivo era una derrota. Padre es palabra sólida, rocosa; papá es apelativo para oso de felpa o perro faldero. Demasiada confiancita. Además -segunda derrota- "papá" es una invitación al infame tuteo. Con el uso de "papá" el hijo se sintió autorizado para protestar, cosa que nunca había ocurrido cuando el padre era el padre: - ¡Pero, papá, me parece el colmo que no me prestes el carro...! A diferencia del padre, el papá era tolerante. Permitía al hijo que fumara en su presencia, en vez de arrancarle de una bofetada el cigarrillo y media jeta, como hacía el padre en circunstancias parecidas. Los hijos empezaron a llevar amigos a casa y a organizar bailoteos y bebetas, mientras papá y mamá se desvelaban y comentaban: - Bueno, tranquiliza saber que están tomándose unos traguitos en casa y no en quién-sabe-dónde. El papá marcó un acercamiento generacional muy importante, algo que el padre desaconsejaba por completo. Los hijos empezaron a comer en la sala mirando el televisor, mientras papá y mamá lo hacían solos en la mesa. Y a coger el teléfono sin permiso, y a sustraer billetes de la cartera de papá, y a usar sus mejores camisas. La hija, a salir con pretendientes sin chaperón y a exigirle al papá que no hiciera mala cara al insoportable novio y en vez de "señor González", como habría hecho el padre, lo llamara "Tato".. Papá seguía siendo la autoridad de la casa, pero bastante maltrecha. Nada comparable a la figura procera del padre. Era, en fin, un tipo querido, de lavar y planchar, a quien acudir en busca de consejo o plata prestada. Y entonces vino papi. Papi es invento reciente, de los últimos 20 o 30 años. Descendiente menguado y raquítico de padre y de papá, ya ni siquiera se le consulta o se le solicita, sino que se le notifica. - Papi, me llevo el carro, dame para gasolina... A papi lo sacan de todo. Le ordenan que se vaya a cine con mami cuando los niños tienen fiesta y que entren en silencio por la puerta de atrás. Tiene prohibido preguntar a la nena quién es ese tipo despeinado que desayuna descalzo en la cocina. A papi le quitan todo: la tarjeta de crédito, la ropa, el turno para ducharse, la rasuradora eléctrica, el computador, las llaves... Lo tutean, pero siempre en plan de regaño: - Tú sí eres la embarrada, ¿no papi? - ¡Papi, no me vuelvas a llamar "chiquita" delante de Jonathan Aquel respeto que inspiraba padre, con papá se transformó en confiancita y se ha vuelto franco abuso con papi: - Oye, papi, me estás dejando acabar el whisky, marica... No sé qué seguirá de papi hacia abajo. Supongo que la esclavitud o el destierro. Yo estoy aterrado porque, después de haber sido nieto de padre, hijo de papá y papi de hijos, mis nietas han empezado a llamarme "bebé". |
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