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Ben Bernanke sigue atrayendo críticas debido a la decisión de iniciar una segunda ronda de expansión monetaria cuantitativa (conocida popularmente como QE2). El presidente de la Fed se encontró ayer con una carta abierta publicada en The Wall Street Journal y firmada por algo más de veinte economistas y personalidades cercanas al partido Republicano que le piden que "reconsidere y cancele" este estímulo monetario. Douglas Holtz-Eakin, ex director de la Oficina Presupuestaria del Congreso, John Taylor, secretario del Tesoro con la Administración de George Bush, Peter Wallison, abogado de la Casa Blanca durante la época de Ronald Reagan, Charles Calomiris, profesor de Columbia firman una carta que también cuenta con la rúbrica de el historiador y autor Niall Ferguson y los periodistas William Kristol (Weekly Standard) y Amity Shlaes autora de un libro en el que critica el New Deal. Los críticos aseguran que la acción de la Fed, que se traduce en una inyección de liquidez a través de compra de bonos del Tesoro con dinero que esta agencia imprime, no es "ni necesario ni aconsejable" y advierten que puede tener efectos sobre la divisa y la inflación sin lograr el objetivo de mejorar el mercado laboral. Los firmantes dicen que la solución a la crisis pasa por una mejora en la fiscalidad y las políticas de gasto y regulatorias no por un mayor estímulo monetario. Son tesis similares a las de los legisladores republicanos que quieren reducir el gasto y mantener los recortes fiscales de Bush. La Fed contestó recordando el doble mandato que tiene, asegurar la estabilidad de precios y la promoción del empleo, y explicando que dada la falta de inflación y el alto paro, se ha tomado la decisión a la que le obliga su misión. No obstante, la Fed explica que se ha comprometido a revisar este programa de QE2 para adaptarlo a las circunstancias económicas. Rapapolvo El rapapolvo a Ben Bernanke llega poco después de haber oído también críticas desde Alemania, China y otros países del G-20 además de la plana mayor del influyente Tea Party. La propia Sarah Palin le pidió la semana pasada el fin de la
__________________ !! Te tengo en mi punto de mira!! , !!...mira un punto!! JI!, JI!, JI!.
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Hace ochenta años, en el otoño de 1930, Joseph Stalin implementó una política que cambió el curso de la historia, y derivó en decenas de millones de muertes a lo largo de décadas y en todo el mundo. En una campaña violenta y masiva de “colectivización”, puso la agricultura soviética bajo control estatal. Stalin persiguió la colectivización a pesar de la resistencia generalizada que se había producido cuando las autoridades soviéticas habían intentando introducir por primera vez la política la primavera anterior. El liderazgo soviético entonces había recurrido a ataques con disparos y deportaciones al Gulag para adelantarse a una oposición. Sin embargo, los ciudadanos soviéticos ofrecieron una resistencia masiva; los nómadas kazajos huyeron a China; los agricultores ucranianos, a Polonia. En el otoño, los asesinatos y las deportaciones se reanudaron, complementados por la coerción económica. A los agricultores individuales se los gravó hasta que aceptaron la colectivización y a las granjas colectivas se las autorizó a apropiarse de los granos de semillas de los agricultores individuales, utilizados para sembrar la cosecha del año siguiente. Una vez que se colectivizó el sector agrícola de la URSS, comenzó el hambre. Al despojar a los campesinos de su tierra y convertirlos en empleados estatales de facto, la agricultura colectiva le permitió a Moscú controlar a la gente así como a su producción. Sin embargo, control no es creación. Resultó imposible convertir a los nómadas del Asia Central en agricultores productivos en una sola temporada de siembra. A partir de 1930, aproximadamente 1,3 millón de personas sufrían hambruna en Kazajstán mientras sus magras cosechas eran requisadas según directivas centrales. En Ucrania, la cosecha fracasó en 1931, por múltiples razones: mal tiempo, pestes, escasez de fuerza de tracción animal porque los campesinos mataban a su ganado antes que perderlo a manos del colectivo, falta de tractores, los asesinatos y la deportación de los mejores agricultores y la interrupción de la siembra y la cosecha causada por la propia colectivización. “¿Cómo podemos esperar construir la economía socialista”, preguntó un campesino ucraniano, “cuando estamos todos condenados al hambre?” Ahora sabemos, después de 20 años de análisis de documentos soviéticos, que en 1932 Stalin hábilmente transformó el hambre como consecuencia de la colectivización en Ucrania en una campaña deliberada de hambruna con motivos políticos. Stalin presentó el fracaso de la cosecha como una señal de la resistencia nacional ucraniana, que más que concesiones requería firmeza. A medida que la hambruna se propagaba ese verano, Stalin refinó su explicación: el hambre era sabotaje, los activistas comunistas locales eran los saboteadores, protegidos por autoridades superiores, y todos estaban pagados por espías extranjeros. En el otoño de 1932, el Kremlin emitió una serie de decretos que garantizaban la muerte masiva. Uno de ellos les recortaba todos los suministros a las comunidades que no cumplían con sus cuotas de granos. Mientras tanto, los comunistas se apropiaban de todos los alimentos a su alcance, como recordó un campesino, “hasta el último granito”, y a principios de 1933 las fronteras de la Ucrania soviética se sellaron para que la gente que pasaba hambre no pudiera buscar ayuda. Los campesinos moribundos recogían las cosechas de primavera bajo torres de vigilancia. Más de cinco millones de personas se murieron de hambre o de enfermedades relacionadas con el hambre en la URSS a principios de los años 1930, 3,3 millones de ellas en Ucrania, de las cuales unos 3 millones habrían sobrevivido si Stalin hubiera interrumpido simplemente las requisiciones y las exportaciones durante unos meses y le hubiera otorgado a la gente acceso a las tiendas de granos. Estos episodios siguen en el centro de la política de Europa del Este hasta el día de hoy. Cada noviembre, los ucranianos rinden homenaje a las víctimas de 1933. Pero Viktor Yanukovich, el actual presidente ucraniano, niega el sufrimiento especial del pueblo ucraniano –un asentimiento de la narrativa histórica oficial de Rusia, que intenta desdibujar los males particulares de la colectivización para que parezca una tragedia tan vaga que no tenga ni perpetradores ni víctimas evidentes. Rafal Lemkin, el abogado judío polaco que acuñó el concepto de “genocidio” e inventó el término, no habría estado de acuerdo: catalogó a la hambruna ucraniana como un caso clásico de genocidio soviético. Como Lemkin bien sabía, tras la hambruna llegó el terror: los campesinos que sobrevivieron al hambre y al Gulag se convirtieron en las próximas víctimas de Stalin. El Gran Terror de 1937-1938 comenzó con una campaña de asesinatos –dirigidos principalmente contra los campesinos- que se adjudicó 386.798 vidas en toda la Unión Soviética –de las cuales una cantidad desproporcionada ocurrieron en Ucrania. La colectivización dejó una huella profunda. Cuando la Alemania nazi invadió la zona occidental de la Unión Soviética, los alemanes mantuvieron las granjas colectivas intactas, a las que vieron como el instrumento que les permitiría desviar los alimentos ucranianos para sus propios fines, y hacer morir de hambre a quienes quisieran. Después de que Mao hizo su revolución en1948, los comunistas chinos siguieron el modelo estalinista de desarrollo. Esto implicó que unos 30 millones de chinos se murieron de hambre en 1958-1961, en una hambruna similar a la de la Unión Soviética. La colectivización maoísta también fue seguida por campañas masivas de asesinatos. Incluso hoy, la agricultura colectiva es la base del poder tiránico en Corea del Norte, donde cientos de miles de personas padecieron hambre en los años 1990. Y en Bielorrusia, la última dictadura de Europa, la agricultura colectiva nunca se discontinuó, y un ex director de granjas colectivas, Aleksandr Lukashenko, gobierna el país. Lukashenko se postula para un cuarto mandato presidencial consecutivo en diciembre. Al controlar la tierra, también controla los votos. Ochenta años después de la campaña de colectivización, el mundo de Stalin sigue con nosotros. Timothy Snyder es profesor de Historia en la Universidad de Yale. Su libro más reciente es Bloodlands: Europe Between Hitler and Stalin. |
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Aunque lo escribí y publiqué hace 6 meses creo es de actualidad Euribor - Vuelvo a ser Euroescéptico |
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El capitalismo ha muerto. Larga vida al capitalismo Por Gary Hamel Soy un capitalista por convicción y por profesión. Creo que el mejor sistema económico es el que premia la capacidad de emprender y la toma de riesgo, maximiza las opciones para el consumidor, usa los mercados para asignar recursos escasos y minimiza la carga de las regulaciones sobre las empresas. Si hay una receta mejor para crear prosperidad, no la he visto. Entonces, ¿porqué menos de cuatro de diez consumidores en el mundo desarrollado creen que las grandes corporaciones hacen una contribución "un poco" o "generalmente" positiva a la sociedad? (según un estudio de 2007 elaborado por McKinsey & Company). ¿Porqué solamente un 19% de los estadounidenses les dicen a los encuestadores que tienen "mucha" o "bastante" confianza en las grandes empresas? (en la encuesta de Gallup de este año sólo el Congreso obtuvo una calificación peor). Parece que la mayoría de nosotros prevé que las grandes empresas se comporten mal: que dañen el medio ambiente, exploten a los empleados y engañen a los consumidores. Cuando se trata de irresponsabilidad inefectiva, las grandes compañías parecen estar en la misma liga que Tiger Woods y Lindsay Lohan. [Dolar] Algunos culpan a Wall Street por este estado de cosas. En marzo de 2009, el Financial Times sostuvo que la "crisis de crédito destruyó la fe en la ideología de libre mercado que ha dominado el pensamiento occidental durante una década" En todo el mundo, expertos que hablaban mucho y políticos grandilocuentes argumentaron que hacía falta un nuevo modelo de capitalismo, uno que permitiera que los ejecutivos fueran todavía más controlados por legisladores y burócratas. Los estatistas vieron en la calamidad una oportunidad de las que se ven una sola vez en la vida para ampliar sus feudos regulatorios y avanzaron rápidamente para hacerlo. Aunque uno nunca debe subestimar la capacidad de los financistas atontados por el riesgo de sembrar el caos, la amenaza real para el capitalismo no es la astucia financiera liberada. Es, en cambio, la falta de voluntad de los ejecutivos para confrontar las expectativas cambiantes de sus accionistas. En años recientes, los consumidores y los ciudadanos se han sentido cada vez más descontentos con el contrato implícito que gobierna los derechos y obligaciones de los actores económicos más importantes de la sociedad: las grandes corporaciones. Para muchos, el acuerdo parece sesgado: funcionó bien para los presidentes ejecutivos de las empresas y los accionistas, pero no tan bien para todos los demás. No hace falta leer Adbusters para preguntarse a qué intereses responden realmente las grandes empresas. Cuando se trata de los "libres mercados", hay mucho para ser cínico. Si los individuos en todo el mundo han perdido la fe en las empresas, es porque las empresas, de muchas formas, abusaron de esa fe. En ese sentido, la amenaza para el capitalismo es más prosaica y también más profunda que la que suponen los banqueros bandidos. Es más prosaica porque el peligro viene no de los planes esotéricos de algún científico sino de las lentamente crecientes frustraciones y ansiedades de personas "comunes"; y más profundas porque el problema es verdaderamente existencial. Y amenaza con cargar a cada compañía grande con el tipo de limitaciones regulatorias que alguna vez se reservaron para las plantas nucleares. Ninguna amable operación de relaciones públicas que diga "esto es cuánto nos preocupamos" va a evitar ese peligro. Algunos pueden lamentarse porque el capitalismo (ampliamente definido) no tiene nada que lo desafíe en forma creíble, pero no lo tiene. Como la democracia, es el peor sistema de gobierno con excepción de todos los demás, y es por eso que cada uno de nosotros se juega algo en hacerlo mejor. Si no lo hacemos, el creciente descontento con las empresas va a alentar a todos aquellos que creen que los presidentes ejecutivos deben responder en primer y último lugar a los empleados públicos; a aquellos que están ansiosos por sustituir la mano invisible del mercado con la mano de hierro del Estado. Este no es un desenlace al que la mayoría de nosotros le daría la bienvenida. Aunque apretar el chaleco de fuerza de las regulaciones aún más nos protegería de los peores excesos del capitalismo, también nos quitaría sus bondades. Así que debemos tener la esperanza de que los ejecutivos enfrenten el hecho de que ha ocurrido una revolución irreversible de las expectativas. Millones de consumidores y ciudadanos ya están convencidos de un hecho que muchos jefes de empresas todavía son renuentes a admitir: el legado del modelo de producción económica que impulsó la economía "moderna" en los últimos cien años está por terminarse. Como una pieza de un motor dañado, se mantiene unida con un cable y cinta aisladora, se rompe con frecuencia y ensucia el aire con humos dañinos. Aunque estamos agradecidos de que alguien haya inventado esta máquina ruidosa y salvaje hace más de un siglo, también estaremos contentos cuando finalmente sea llevada a un depósito de chatarra y sustituida por algo un poco menos amenazante. Sabemos que el futuro no puede ser una extrapolación del pasado. Como bisnietos de la revolución industrial, hemos aprendido, finalmente, que la búsqueda descuidada e interminable de algo más es insostenible y, al final no nos satisface. Nuestro planeta, nuestra seguridad, nuestro sentido de la ecuanimidad y nuestras propias almas piden algo mejor, algo diferente. Así que ansiamos una forma más amable de capitalismo, que nos vea como algo más que simples "consumidores", una que entienda la diferencia entre maximizar el consumo y maximizar la felicidad, una que no sacrifique el futuro por el presente y que vea nuestro planeta como algo sagrado. Entonces, ¿qué se interpone en el camino de la creación de un tipo de capitalismo consciente, que rinda cuentas y sostenible, un sistema que en el largo plazo sea realmente habitable? |
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//Es, pienso, una mezcla de profundas creencias respecto a para qué sirven las empresas, a qué intereses responden y cómo crean valor. Muchas de esas creencias son casi canónicas (al menos entre los presidentes ejecutivos de una generación en particular y de determinada inclinación ideológica). También son narcisistas y arcaicas. Entre las más tóxicas se encuentran…. 1. El objetivo supremo de una empresa es ganar dinero (más que mejorar el bienestar humano de maneras económicamente eficientes). 2. Los líderes corporativos sólo pueden responder por los efectos inmediatos de sus acciones (y no por las consecuencias de segundo y tercer orden que pueda tener su obsesiva búsqueda del crecimiento y la rentabilidad). 3. Los ejecutivos deberían ser evaluados y compensados según las ganancias de corto plazo (más que en base a la creación de valor a largo plazo, tanto financiero como social). 4. La manera de establecer las credenciales sociales de una empresa es a través de una noble declaración sobre su misión, de productos verdes y de un amplio presupuesto para responsabilidad social corporativa (en lugar de un compromiso inmodificable y sacrificado con hacer lo correcto). 5. La justificación primaria para "hacer el bien" es que ayuda a que a la compañía "le vaya bien". (Lo que esto implica: una compañía debe hacer el bien cuando haya ventajas y un poco menos cuando no las haya). 6. Los consumidores se preocupan mucho por el valor que obtienen con su dinero de lo que se preocupan por los valores que fueron honrados (o corrompidos) en la fabricación y venta de un producto. 7. Los "clientes" de una empresa son los que compran sus servicios (más que todos aquellos cuyas vidas son impactadas por sus acciones). 8. Es legítimo que una compañía haga dinero explotando la ignorancia de los consumidores, exagerando los beneficios de un producto y limitando las opciones de los compradores. 9. El poder del mercado y la influencia política son formas aceptables de contrarrestar una tecnología perjudicial o de bloquear un competidor no convencional. 10. Los negocios tienen que ver con la ventaja, el enfoque, la diferenciación, la superioridad y la excelencia (y no con el amor, la alegría, el honor, la belleza y la justicia). Quizás estas convicciones auto complacientes eran menos objetables hace 57 años cuando el entonces presidente ejecutivo de General Motors (GM), Charles Wilson, proclamó que "lo que es bueno para GM es bueno para Estados Unidos". Pero ahora son discordantes y peligrosos. No es bueno simular que las percepciones no cambiaron o que los críticos del capitalismo están simplemente desorientados. Hay cada vez más consenso sobre que un consumismo creciente devalúa los valores humanos; que el crecimiento descontrolado pone en peligro el planeta; que un poder empresarial sin control subvierte la democracia; y que es tan probable que los presidentes ejecutivos miopes y atontados por las ganancias destruyan valor como que lo creen. Soy un ardiente partidario del capitalismo, pero también entiendo que mientras los individuos tienen derechos inalienables, dados por Dios, las compañías no los tienen. La sociedad puede pedirles lo que quiera a las corporaciones. Por eso las creencias autocomplacientes también son, al final, auto-limitantes. Por supuesto, como consumidores y ciudadanos, debemos reconocer que las compañías no pueden curar cada enfermedad social o brindar cada beneficio social. También debemos enfrentar nuestra propia esquizofrenia. No podemos esperar que las compañías se comporten responsablemente si nosotros despreocupadamente abandonamos nuestros propios principios por ahorrar un billete. En cuanto a los ejecutivos: si siente que su industria todavía está muy poco regulada, si secretamente ansía que los grilletes regulatorios sean todavía más opresivos, si piensa que la ley Sarbanes-Oxley (aprobada en 2002, que apunta a proteger a los inversionistas y evitar fraudes), la Ley de protección de los pacientes y de atención médica accesible, la Ley para restaurar la estabilidad financiera estadounidense y Basilea III (conjunto de normas que apuntan a consolidar las finanzas de los bancos) no van lo suficiente lejos, entonces simplemente continúe haciendo lo que está haciendo. Si, por otro lado, ha tenido suficiente con la santurronería de los políticos y con los burócratas entrometidos, entonces debe enfrentar un hecho simple: en los próximos años, una compañía podrá preservar sus libertades solamente si adopta un nuevo y más esclarecido punto de vista respecto a sus responsabilidades. Muchos presidentes ejecutivos ya se resignaron a esta nueva realidad y un puñado le diola bienvenida. Hay otros, sin embargo, que todavía se aferran a la creencia de que una compañía es primero y por sobre todo una entidad económica más que una social. Tarde o temprano, ellos descubrirán que se enfrentan a la misma difícil opción que todos los adolescentes: conduce con responsabilidad o pierde tu licencia. Por el bien del capitalismo, espero que eso ocurra pronto. Entonces, querido lector, dos preguntas: ¿hay otras creencias que le parezca que representan una amenaza para el capitalismo? Y más en general: ¿qué piensa que se necesita hacer para rehabilitar la manchada reputación del capitalismo? Y finalmente, una recomendación realmente importante. Si está ansioso por investigar más profundamente estas cuestiones, ordene el nuevo libro de Umair Haque: "El nuevo manifiesto capitalista: construyendo un negocio perjudicialmente mejor", para el cual escribí un corto prólogo. Umair, que escribe con ingenio y pasión poco comunes, saca una serie de lecciones esenciales de compañías que ya adoptaron el desafío de reinventar el capitalismo. El "Nuevo manifiesto capitalista" será lanzado en enero y espero que sea uno de los libros de los que más se hable en 2011. Fuente: El capitalismo ha muerto. Larga vida al capitalismo - WSJ.com |
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