Tema: Filosofando
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En el salón
Por Cecilia Absatz

No hay nada más melancólico que la nostalgia por el pasado. Es preferible tratar de montarse al galope de los días, que -dicho sea de paso- parecen correr cada vez más rápido. Cambian las modas, que arrasan y se esfuman como los tornados. La tecnología prospera a tal punto que comienza a tocarse con la magia, y la medicina hace milagros que podrían figurar en los misales. El mundo de hoy será más peligroso, pero resulta mucho más interesante que la apacible aldea que atesora la memoria en el altillo.

El presente avanza con el pulso inquieto, por momentos irritante, de una película experimental que abusa de la cámara en mano. Está lleno de sonido y de furia, como el cuento de un idiota. Es responsabilidad de cada uno, entonces, encontrar la felicidad y la belleza donde quiera y como pueda, pero hoy. Sin embargo, por momentos resulta inevitable añorar algunas cosas, tal vez triviales, como por ejemplo una buena conversación. No digo que haya desaparecido del todo, sólo que escasea. En otras épocas, cuando la vida social estaba menos contaminada por los apremios del presente, el arte de la conversación formaba parte del paquete básico de los buenos modales, junto con la puntualidad, el correcto uso de los cubiertos en la mesa y las leyes de precedencia a la hora de las presentaciones.

Además de ser uno de los más grandes escritores de la historia, Marcel Proust es también un notable maestro: no sólo enseña cómo se escribe una novela (en El tiempo recobrado ); también describe con precisión los secretos, el humor y las leyes del comportamiento social de su tiempo, cuando la burguesía francesa comenzaba a mezclarse con la aristocracia. En una escena de El mundo de Guermantes , por ejemplo, una joven recién llegada al ambiente de los salones visita a Oriana y no la encuentra en casa. Como no tenía encima una tarjeta, rompe la solapa de un sobre que llevaba consigo y anota su nombre en el triangulito de papel. La duquesa, cuando recibe tan informal misiva, decide responder con un triángulo de papel gigantesco que arranca del envoltorio de un cuadro que acaba de traerle su amigo Carlos Swann. Los dos se ríen a carcajadas de la imprudencia de la chica.

En las conversaciones narradas por Proust se cumplían las leyes clásicas que figuran en los manuales: no se hablaba de dinero en la mesa, ni del propio ni del ajeno, y -por supuesto- se evitaban los temas terrenales vinculados con el cuerpo y sus intimidades. Pero en clave más sutil regía una norma de oro: el protagonista de la conversación siempre era el otro. Las personas educadas evitaban hablar de sí mismas y en cambio manifestaban un inagotable interés por su interlocutor. El anfitrión manejaba los cruces con elegancia y evitaba los desmanes. Uno hablaba y los demás escuchaban. Escuchaban. Hoy, ochenta o noventa años más tarde, una conversación así es una gema difícil de encontrar.

Las conversaciones de hoy suelen ser muy diferentes. Por lo pronto, resulta bastante difícil terminar una frase completa, con sujeto, verbo y predicado. Digamos que A comienza a decir algo y B, en cuanto detecta el tema mencionado, le termina la frase. El deporte de terminar la frase ajena está increíblemente extendido y podría significar varias cosas: un intento de empatía, del tipo "entiendo a la perfección lo que estás diciendo"; un ataque de impaciencia, o la sencilla incapacidad de callar durante un instante. El problema es que, muchas veces, el aporte de B no es en absoluto lo que A planeaba decir. El aporte de B es por lo general la formulación oficial, la opinión pública, la declaración "correcta" sobre cualquier tema que se trate. B entiende que la conversación es una especie de coro musical en el que cada uno dice lo que cree que debe decir, como si leyera una partitura, y debe decirlo encima del otro, en una especie de canon tonal. Más que escuchar lo que su interlocutor tiene para decir, considera su deber declarar su propia verdad, de cuyo interés no duda ni un instante. Lo dicho. Sonido y furia, como dijo el vate.

La autora es periodista


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