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Demasiado lejos de Mao

Marcos Aguinis

SHANGHAI.-Desde un piso alto del hotel contemplo la paulatina iluminación de la jungla de rascacielos que ahora enmarcan el histórico y novelesco paseo marítimo del Bund. Allí se han respetado los edificios levantados en los agitados siglos XIX y XX. Pero junto a esos bloques, e inmediatamente detrás, se han erigido enjambres llenos de departamentos y oficinas, cruzados por audaces autopistas en muchos niveles. La iluminación se convierte en una fiesta al anochecer, cuando anonada la incandescencia de los colores oro y sangre, verde y blanco, azul y violeta, cruzados por rayos láser y los movimientos de las fibras ópticas por entre los bloques de vidrio, acero y cemento. Eso resulta minúsculo cuando se asciende a la portentosa torre levantada por César Pelli, desde donde se ve la aguja insolente de la antena de televisión, que deja en ridículo a la torre de Babel. La visión futurista llega a su culminación cuando se da una vuelta en barco por las tranquilas aguas del río Huangpu, en medio de construcciones que compiten en imaginación y creatividad. Son una prueba de que esas cualidades, al liberarse, no tienen límite.

Shanghai, junto al río, se ha transformado en la ciudad más dinámica del país, aunque ya casi no queda ciudad china que no sea dinámica en algún sentido. Shanghai alberga 13 millones de habitantes y disfruta de una expansión económica, universitaria e industrial apabullante. El año próximo se realizará aquí una gran feria internacional que justifica la aparición de edificios que parecen esculturas mitológicas. Ya se pueden ver sus maquetas, así como la puntual fecha de terminación.

El despegue de Shanghai, sin embargo, es reciente en comparación con la antigua y hermosa capital Xi-an (con su cegador ejército de terracota, la acelerada construcción de autopistas y subtes, el cuidado de su patrimonio artístico y la creación de un monumental centro de alta tecnología) o con Pekín, con sus monumentos, hoteles, avenidas y centros comerciales, o con el bosque edilicio de Hong Kong. La diversidad de Shanghai satisface todos los gustos. Brindo un estrecho repaso.

Es asombroso el Museo de Ciencia y Tecnología, con alardes didácticos que enseñan al más ignorante. Cerca, brillan los enormes semihemisferios esmeralda del Museo de Arte Oriental, con enormes salas de teatro, ópera y conciertos. De allí es fácil el acceso a larguísimas avenidas bordeadas de parques, como un Champs Elyseés asiático, y que llevan a lagos y más parques. Próximo al paseo del Bund se conserva el casco histórico, con los jardines Yu y su polícromo bazar, la arquitectura original de centurias pasadas, una sucesión de patios antiguos, artísticos puentes y el famoso salón de té construido en el siglo XVIII por comerciantes de algodón con zigzags en ángulo recto, para que no ingresen los demonios. Tampoco faltan las orquestas callejeras, con instrumentos típicos, ejecutados por músicos vestidos con trajes de época.

Lejos de allí, relaja un paseo por la zona que fue una concesión a Francia tras la guerra del opio, donde abundan los consulados, restaurantes y cafés que parecen llegados de Europa. En los modernos, limpios y baratos taxis se arriba a la avenida Nanjing Pu, la más concurrida de la ciudad, que pronto me resultó asfixiante y no conseguí llegar a la vasta Plaza del Pueblo. Por desgracia, todo no se puede.

Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando a los judíos que huían de Alemania les cerraban los puertos del mundo sin clemencia alguna, Shanghai, entonces ocupada por los japoneses, les permitió ingresar sin dinero ni documentos. Son misteriosas las razones por las cuales Japón, que no tenía vínculos con los judíos, se empeñó en salvarles la vida y se negó a las demandas nazis de construir una cámara de gas para exterminar el gueto que se había formado en Shanghai. Del gueto no queda casi nada, sino testimonios de su precariedad. Es un capítulo que aún merece investigación.

China es un continente. Y su civilización puede considerarse ininterrumpida desde hace unos 6000 años, punteada por dinastías variadas en política, arte e invenciones. Predomina la etnia han, que algunos estiman en más del 90%. Pero medio cententar de otras etnias son celebradas como prueba de tolerancia y pluralismo. Ahora se temen secesiones y numerosos campesinos han son trasladados hacia el norte manchú, el oeste musulmán y el sur tibetano.


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