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14 de noviembre de 2017

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El poder de las grandes compañías

Echando la vista atrás, no quedan tan lejos los tiempos en los que las grandes empresas comerciales de las Compañías de las Indias, las principales y más poderosas la holandesa, la británica y la francesa, tenían derechos de monopolio en las zonas geográficas de su influencia, con poderes para cobrar impuestos, firmar acuerdos comerciales, encarcelar a delincuentes y declarar guerras.

A día de hoy, el poder de las grandes compañías no es tanto, pero sí es cierto que el poder económico de las mismas no desdeña el de sus antepasadas. Tanto es así que muchas compañías multinacionales tienen más poder económico, más peso en medios de comunicación y más influencia internacional que muchos países, algunos de ellos desarrollados. Es por esto que puedan permitirse incluso enfrentamientos a gobiernos en concreto en defensa de sus intereses ya que muchas de estas empresas no temen otra cosa que a las variaciones que les puedan afectar en el contexto de un mercado globalizado. Así, no temen enfrentarse a un país en concreto para hacerse con un yacimiento de materias primas, por ejemplo, con tal de que no sea una de sus competidoras la que se le adelante.

Los gigantes empresariales de la actualidad cuentas con el poder de su peso económico: tanto su valor bursátil como su facturación llegan a superar el PIB de muchos de los países en los que operan.

Esto tiene mucha más relevancia cuando hablamos de países emergentes. El que una multinacional centre su mirada en un país para instalar una fábrica o una instalación de procesamiento de materias primas es un regalo envenenado para el país escogido. Por un lado, está claro que los ingresos derivados de la inversión no pueden sino mejorar la economía del país, pero por otro, los problemas derivados de tener un convidado tan poderoso pueden no ser precisamente lo mejor para el país afectado. Ya que esta compañía podría, desde interferir en el Gobierno del país para lograr mejores condiciones para sus intereses (o para empeorar las de tus competidores), hasta incluso propiciar la caída de cualquier gobierno, de modo que el país viviría en un estado permanente de guerra civil, que sólo serviría para que la empresa pudiera hacer lo que le viniera en gana jugando con los señores de la guerra a un “juego de tronos” en el que sólo ganaría ella, tal y como podría estar ocurriendo en países como la República Democrática del Congo con el coltán.

Por no hablar de los expolios realizados a las comunidades indígenas o la nula reglamentación medioambiental, que provoca auténticos desastres en los ecosistemas afectados y que, no por lejanos, no habremos de pagar todos algún día.

El caso es que para los países en general, para los que están en vías de desarrollo mucho más, cada vez es más complicado oponerse a los intereses de unas multinacionales cada vez mayores. De hecho, a gigantes como Microsoft o Alphabet (Google es su cara más conocida), sólo pueden oponerse países con un importante peso económico, como puede ser Estados Unidos, que casi siempre es donde se ubica la matriz de estas empresas, aunque cada vez menos, China, por la importancia tanto de su economía, como de su mercado, o la Unión Europea, siempre como Unión, su fuerza desaparece cuando se habla de los países individuales.

Y es que es complicado, para cualquier país, hacer frente a los intereses de una empresa cuya facturación anual es tan grande como tu PIB. Una empresa que, no solo puede presionarte a nivel a nivel interno, a través de políticos de partidos de la oposición, movilizando o amenazando a su plantilla laboral, o a través de otras empresas colaboradoras o asociadas, sino también a través de sus relaciones internacionales, de modo que sean otros países los que presionen en defensa de los intereses de la empresa.

Sin ir más lejos, y por poner un ejemplo, según Global Justice Now, si Apple fuera un país, tendría un tamaño similar al de la economía turca, holandesa o suiza. Con el agravante de que estas empresas son dominantes en lo referente a su sector: Google, por ejemplo, acapara el 88% de cuota del mercado de publicidad online. Facebook (incluido Instagram, Messenger y WhatsApp) controla más del 70% de las redes sociales en teléfonos móviles. Amazon tiene el 70% de cuota del mercado de los libros electrónicos y en EE UU absorbe un 50% del dinero gastado en comercio electrónico. Por no hablar de las empresas que no suelen salir en los medios de comunicación, tales como las que gestionan fondos de inversión, con un gran poder económico y prácticamente sin las inhibiciones que conlleva el vender un producto de amplia base social.

Lo que está claro es que es la era de los grandes imperios empresariales. El 10% de los grupos cotizados en Bolsa genera el 80% de todos los beneficios que se obtienen en el mundo, según The Mckinsey Global Institute. O bien la excusa de la globalización esconde un apetito voraz por el tamaño, o bien sólo las empresas con un determinado tamaño podrán hacer frente a los retos de la globalización. El caso es que el nivel de concentraciones empresariales, a raíz de la crisis, se ha multiplicado en los últimos años, bien sea por crecimiento orgánico, bien por adquisiciones de empresas competidoras. Y eso es un reto para los gobiernos, que lejos de distanciarse unos de otros, deben buscar vías para actuar de forma conjunta y coordinada si quieren mantener su capacidad de acción y de decisión frente a corporaciones cada vez más poderosas.

Escrito por Manuel González el 14 de noviembre de 2017 con 0 comentarios
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