El título puede conducir a la conclusión de que un servidor, economista charlatán de profesión y vocación, se cree mejor que un camarero. Desde luego no del que me sirve las cañitas en jarra helada al finalizar mi jornada laboral.
No pretende ser este post un alegato a la pedantería profesional o una sublimación de las virtudes intelectuales frente al trabajo manual. Admiro el esfuerzo, la dedicación y el sacrificio, en un peón de la construcción, en un camarero de chiringuito playero o en un economista rellenando declaraciones fiscales.
Tampoco es una queja porque muchos camareros cobren más que yo, lo cual es algo que marca el propio mercado y las propias capacidades. Y admito también que el valor añadido que puede aportar un economista que realiza una determinada función en una empresa puede ser menor que el valor añadido que suministra un determinado camarero a la cadena de valor.
Mi crítica tiene que ver con nuestro sistema educativo, valores sociales y empleos que proporciona nuestro tejido empresarial.
Un chico con 17 o 18 años no debería poder formularse la siguiente cuestión: ¿para qué estudiar una carrera, si al final cobraré menos que sirviendo copas? Mientras exista la posibilidad de hacerse esta pregunta, la economía no generará empleos y empresas intensivas en mano de obra cualificada, y seguiremos compitiendo en el terreno de la mano de obra menos cualificada, en el que los sueldos bajos se impondrán paulatinamente.
