Ser avalista de los hijos, de una pareja o de un tercero es un acto de fe. No de fe cristiana, pero sin duda de fe patrimonial.
Muchos padres han avalado a sus hijos, que compraban su primera vivienda junto a su pareja; en muchos casos parejas jóvenes y recientes. Un acto de bondad y confianza, dirán unos. Jugar a la ruleta rusa con la economía familiar, diría yo.
Avalar un préstamo hipotecario es poner a disposición del acreedor todo nuestro patrimonio presente y futuro, sin por ello adquirir ningún derecho en absoluto. Ni de propiedad ni de otro tipo. Lo único que podemos exigir al banco es que nos tenga informados de la situación de pago de la hipoteca, poco más.
Si la figura en si ya es exigente, las entidades financieras la endurecen aún más incluyendo en las escrituras el aval solidario, con renuncia a los beneficios de orden, división y excusión. En román paladín, nos colocamos en una situación frente al banco idéntica a la del deudor principal, renunciando al derecho que tendríamos como avalistas a señalar bienes del deudor para que se dirigieran primero contra éstos, o que la deuda se dividiera en tantas partes como obligados al pago hubiere.
Leer más